Mi gato se enamoró en la ventana triste

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 03/02/21

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Aunque en la única ventanita de mi sala entran a mediodía unas buenas ráfagas de luz natural bajo las que estiro las piernas y me echo unas plácidas siestas de pandemia, más vale no asomarse por ahí. O quien lo haga que no pretenda ver los Pirineos nevados tras una pátina solar que acaricia lagunas cristalinas donde juguetean con mariposas amarillas los osos pardos. No, lo que se ve es algo más nuestro, una belleza más de la Ciudad de México. 

Lo que desde la ventana se divisa es más o menos esto: un viejísimo tinaco de concreto —parecido a un hipopótamo anciano— del edificio de al lado. Las lúgubres paredes del cubo interior del edificio desgastadas por 70 años, con pintura enmohecida, llorosa, descascarada. Tenebrosas y cenicientas, las antiguas cortinas con encaje y puntilla de una vecina de abajo que debió ser joven cuando iniciaba la Segunda Guerra. Las cañerías del agua que descienden desde la azotea, oxidadas y aparatosas como una antigua refinería abandonada. Y la ventana del departamento de enfrente, casi siempre en penumbras y donde habitan una chica y su novio.

Mi gato Bialy es el único ser vivo al que le gustaba ver durante horas por esa ventana. A ella saltaba desde un esquinero para acomodar sus patas y a través del cristal contemplar por horas el afligido paisaje, como un poeta castigado en una celda. Y si digo horas es horas, siete, ocho al día, e incluso se dormía con los cachetes pegados al vidrio para luego despertar y seguir viendo. “¿Qué tanto observa?”, me preguntaba intrigado. Pues el tinaco, las cañerías, un pedazo de cielo, no mucho más.

“Tienes un gatito, ¿verdad?”. “Sí”. “¿Ya te diste cuenta? Se acomoda en tu ventana, mi gata en la mía, y los dos se miran”.

Como hace poco redecoraba mi nuevo hogar del tamaño de un nido, me propuse: debo disimular esa vista. Por todo lo que está pasando en el mundo creo que a mi ánimo debo reacomodarlo con color. De ahí que la solución ha sido, por ejemplo, colocar en medio de mi conservador futón café un cojín turquesa fluorescente. Enmarqué dibujos de mi hija para rejuvenecer la sala con sirenas, barcos, islas desiertas con palmeras de follaje resplandeciente, además de astronautas que en cohetes de llamaradas rosas alcanzan misteriosos planetas verdes y azules. Y bajo el vidrio de la breve mesa de centro acabo de poner montones de fotos multicromáticas de viajes de mi adolescencia.

Pero la ventana seguía ahí, deprimida. Y entonces, de pronto, descubrí en Amazon algo de nombre glamoroso: Stylemaster Elegance Voile Rod Pocket Panel, 60 by 63-Inch, Cobalt. Aunque sonaba a un objeto para una residencia de Beverly Hills, en realidad era un pedazo de tela azul, una sencillísima cortina translúcida que encajaba perfecto en mi ventana, y a un precio absurdo: 85 pesos con 43 centavos. Como si Jeff Bezos, CEO de Amazon, hubiera dicho: “A ese güey déjaselo en cuatro dólares para que se anime; luego tira un rollo bien triste sobre la ventana de su nuevo depa”. 

Bezos me mandó al día siguiente la cortina (gracias, Jeff), la coloqué en el cortinero ante la vigilante mirada del animal y una espléndida luz azul bañó al departamento de una atmósfera submarina (casi flotaban peces brillantes en mi sala).

Al rato fui a mi cuarto y al trabajar en la computadora oí unos maullidos que eran rugidos. Furioso, Bialy se tiraba encima de la cortina, la apresaba, le encajaba sus garras. Él o yo, pensé. Debía enfriar con carácter el temperamento de mi felino inflexible. “La cortina se queda aunque la despedace”, me juré.

Pasaron un día, dos, tres, y aunque seguía trepando hasta la ventana, era claro que la tela azul lastimaba su contemplación poética, y por eso me reclamaba: a sus ataques los cambió por llanto.

Pero en esta época la suerte de los gatos ya la quisiéramos los humanos. En las escaleras me encontré a mi joven vecina de enfrente, que bajo su cubrebocas me preguntó: “Tienes un gatito, ¿verdad?”. “Sí”. “¿Ya te diste cuenta? Se acomoda en tu ventana, mi gata en la mía, y los dos se miran”.

Al fin, lo entendí todo: mi gato poeta no veía absorto al tinaco ni los tubos oxidados, sino a una elegante gatita gris. Aunque de vez en cuando me da culpa porque Bialy está esterilizado y jamás conocerá algo de lo mejor de la vida, sólo por las noches cierro la cortina: el día entero la tiene abierta. No seré yo quien por una luz azul frustre su amor. EP

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