Messi, la pandemia universal y el viejo mundo

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 12/08/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Como si desde su celda uno trepara a la ventanita con barrotes para ver, más allá de la cárcel, las montañas lejanas, algún edificio, un pedazo de cielo, un auto en una calle gris, todo ese mundo en libertad que por ser prisioneros se nos ha ido, el viernes esperaba la 1 pm para poner el on en el control y ver a Messi, que esa tarde era en realidad el espléndido paisaje de lo cotidiano en un viejo mundo que se nos fue para siempre, el embajador de un pasado feliz.

El partido de la Champions League del Barcelona Vs. Nápoles era a las 2, pero encendí la pantalla a la 1 pm para ver antes todo lo que pudiera: los comentarios de La Reimers y Biscayart, el repaso estadístico que avisó que desde hacía 35 partidos el equipo catalán no perdía en casa en esa competición, y sobre todo a Lio: quería auscultarlo como cardiólogo, reconocer en los pequeños gestos del argentino lo que experimenta en un estadio donde cada 15 días lo miran 99 mil 354 mil personas con la curiosidad de quien presencia fenómenos inconcebibles al microscopio, pero que ahora se descubre en un estadio desolado. ¿Cómo vive un futbolista que se alimenta de la gente, su asombro, sus gritos, ovaciones y aplausos, el vacío de gradas infinitas disimulado por lonas gigantes que en catalán dicen “Més que un club”? ¿Cómo digiere la nada?

Messi salió a hacer los ejercicios pre competitivos 20 minutos antes del duelo de Octavos de Final, movió los brazos, trotó y de pronto le salió un gesto raro: entre sus compañeros que aflojaban músculos, él, con las dos manos en puños, se tomó la camiseta de entrenamiento celeste, la jaló fuerte hacia adelante y apretó la cara, como si ensayara el festejo de gol. 

El hermoso cielo del atardecer de Barcelona se abría turquesa con jirones de nubes azules, cuando Lio fue a vestidores a ponerse la blaugrana. Volvió minutos más tarde por un túnel forrado de un mural con los colores del equipo y una frase, “Força Barça”, un silencioso grito escrito a falta de gritos pulmonares de su gente.

Al pisar el césped y correr hacia el centro del campo, su boca formó una O. ¿Aspiraba aire? ¿Simulaba la O de los goles que su equipo requería? Hizo la fila para el himno de la Champions, y mientras lo oíamos se miró barbado a sí mismo en la pantalla gigante del Camp Nou. Cuando vio que la megapantalla lo descubría viéndose, desvió tímido los ojos. Luego fue al centro de la cancha: en ronda, bajo un aire fúnebre impropio para un estadio, el equipo de Cataluña y el italiano guardaron silencio. La tv nos lo explicó con esta frase: “We are observing a moment of silence in memory of all victims of the COVID-19 pandemic.” Brazos cruzados atrás, Lio dirigió miradas a sus compañeros, fue saltando de un jugador a otro como si quisiera reconocer sus sentimientos y así entender los propios.

Tocó poco la pelota los primeros minutos: Nápoles asumía la iniciativa para superar la ventaja del 1-1 en la ida con el doble valor que tenía para Barcelona el gol de visita, y entonces la prestó poco. En los primeros minutos lo que sí vimos fue su figura agachada atándose las agujetas de los botines con su número 10, coloridos como un carnaval. Preparaba el calzado hacia el combate: el cowboy enfundaba el revólver. También su partido iba a tener muchísimos colores. 

Al minuto 9 le bloquearon un remate al arco, y al fin sonrió. Por primera vez se olvidaba de pandemias, lutos, tribunas desérticas, para sonreír porque algo no le había salido (también por eso deberíamos sonreír).

Y entonces, luego de un tiro de esquina, vio de lejos el cabezazo espectacular de Lenglet que dio ventaja al Barcelona. Aunque no tuvo nada que ver en la jugada de gol, abrió generoso los brazos cuando la pelota entró en la red y aún flotaba en el arco. De inmediato, se unió a abrazar a la bolita humana. 

Desde que el árbitro reanudó las acciones su mirada cambió: como niño avispado corrió más, intentó más robar el balón, sacó un hambre de infancia a sus 33 años. Ante tanto coraje no hay defensa. Tomó por la derecha del área el pase que le envió su hermano Suárez, y eludió rivales, como en un campo minado donde debiera sortear el peligro de la interminable metralla subterránea con pasitos delicados y cortos. Dejó atrás a 1, 2, 3, 4, 5 enemigos, cayó y perdió la pelota, se levantó y la recuperó, y cuando ya había dejado atrás medio pelotón rival tuvo la desgracia de perder el equilibrio y volver a derrumbarse. No importó: desde el piso, completamente recostado en la hierba, con el cuerpo torcido estiró la zurda y la puso donde el guante de Ospina, que alcanzó a rozarla, fue insuficiente. Gritó el gol con todo el poder de su tórax, cortó corriendo el aire silencioso, dio un salto y dio un golpazo al viento con su brazo. 

No fue un grito de gol ordinario: Messi recobraba la alegría en una época en que a todos nos es difícil tenerla. Por un instante el mundo volvía a ser lo que era, o por lo menos su mundo (y entonces también el de los que lo seguimos semana a semana). La cámara acudió a su rostro: “Vamoooooo”, exclamó con voz argentina. Y ver que alguien grita “Vamooooo” en estos oscuros días de virus no es insignificante.

Poquito después la mató con el pecho en el área, y con un toque suave, como quien desliza la última capita de betún al pastel, volvió a anotar. Pero esta vez el VAR, que dota de una justicia a veces cruel (no siempre) a un deporte que va perdiendo los emotivos caprichos del ojo humano, detectó algo raro. Los espectadores vimos y vimos la jugada y no hallamos la falta. En la línea central Messi esperaba el dictamen del video con las pupilas fijas en el árbitro turco Çakir. “Mano”, señaló al fin el juez: gol invalidado. El contacto de su brazo izquierdo debió ser ligerito, imperceptible como el roce de un ala de mariposa. La humanidad merecía ese gol. Pero si hoy hay regocijos, son mesurados: estamos en pandemia.

Cierto, aunque la voracidad alegre del jugador rosarino está inmune. Lio sonrió resignado, y poco después, el zaguero Koulibaly lo quiso dejar atrás con un regate en su área. Error. Messi estiró su pierna izquierda con furia y le robó la pelota. El senegalés, involuntariamente, dio una patada descomunal al sudamericano y lo mandó a la lona. Lo vimos sobre el pasto en minutos espesos en que recibió aerosoles calmantes, tactos de guantes médicos. La impaciencia nos invadía igual que al técnico Setién, que en el banco trituraba sus uñas. Sin Messi nada es igual.

Al fin, el mediocampista se levantó cojeando. Herido, pero vivo, estaba el mártir. Arrodillado y otra vez atando sus zapatos que no lo dejaban en paz, vio cómo Suárez hacía el penal que con su arrojo sin edad acababa de provocar.

En el segundo tiempo, Messi bajó a ayudar a su zaga que encaró tempestades, y se le complicó mucho ser defensa. Lo único necesario era el fin del partido, y con su peloteo sabio aceleró al tiempo. El Barcelona ya está en Cuartos y eso le hace bien al futbol, pero mejor nos hace saber que en pandemia universal Messi sigue, como si nada, dándonos la misma felicidad que en los tiempos del viejo mundo. Por la ventanita de la celda vemos la maravilla. EP

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