Las reencarnaciones

Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 11/05/20

Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Hace unas semanas, hablaba con mi tutor de la maestría para ponernos al día. Segura de que perdería el semestre y los estudios completos después de la operación y mi inclemente retraso en todo, lo llamé para decirle vencida que no lo estaba logrando. Pero mi tutor lo tomó con calma, me dijo que todo tenía solución y me preguntó con quién estaba pasando la cuarentena.

—Con dos gatos y con mi pareja —le contesté— ¿Y tú?

—Yo no tengo gatos, pero me gustaría tener una mascota. Mi pareja tiene un perro, pero no la he visto. Un perro sí tendría.

De ahí comencé a hablar sobre mis gatos y cómo los adopté. Le dije que a Parvana, la primera en llegar, la vi por primera vez en una foto en Facebook que mi amiga Mer compartió un día cualquiera. Había considerado adoptar un gato, pero no había encontrado el correcto, supongo. Las cosas llegan a su tiempo, luego dicen. Y cuando vi esa foto, vi en el rostro de Parvana a la gatita que tuve cuando era niña: eran idénticas.

—Parecía una reencarnación de mi gata de niña —le conté a mi tutor— y eso me hizo convencerme de que la tenía que adoptar.

—Lo dirás de broma, pero si lo pensaste en ese momento y eso te hizo tomar la decisión, seguro es su reencarnación.

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En la serie Love de Netflix, la protagonista Mickey Dobbs tiene un gato que se llama Granpa porque está segura de que es la reencarnación de su abuelo.

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A las pocas semanas de que adopté a Parvana me pareció lógico que esta vez debía tener dos gatos en vez de uno. La vida es mejor en hermandad, pensé. Y me di a la tarea de estar alerta para adoptar a un gato que también estuviera buscándome, tanto como yo a él.

Encontré a Aparicio en una veterinaria cerca de mi casa. Era un gato negro que maullaba a todo pulmón, puesto bajo el rayo del sol, en octubre.

—La gente agarra los gatos negros en octubre y hace con ellos brujerías —me dijo el veterinario, mientras comía unos tacos de canasta sobre la mesa de cirugías.

Me lo llevé conmigo a mi estudio. Se escondió por días, al grado de que pensamos que ya se había escapado, y al quinto día, apareció adentro del motor del refrigerador, cobijado por la oscuridad y camuflado por su propia sombra.

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Amigas muy cercanas me cuidaban a mis gatos cuando salía de viaje. Andrea subía a acariciarlos y darles de comer cuando éramos vecinas; se rio cuando le dije que si podía verlos dos veces al día. No dijo que no, dijo que me entendía y que le daba risa. Me mandaba fotos de ellos a veces y mi corazón descansaba.

Kari se quedó a vivir con ellos y les hizo videos graciosos que me mandaba por las noches.

Estelí vive cerca de donde vivía yo antes, a dos cuadras, y ella se encargó de mis gatos más veces que nadie. En estos días de cuarentena a veces me manda un mensaje para preguntarme cómo estoy yo, cómo están los gatos. Y yo me enternezco y le mando fotos de lo que estén haciendo Parvana y Aparicio en ese momento. Estelí ha tenido gatos antes, y aunque en su edificio no la dejan, ella querría adoptar uno. Así que la última vez que me mensajeó, le dije que sabía de alguien que tenía constantemente gatos en adopción, que ya se animara.

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Conocí a Isolda porque es la hermana de Idalia, mi querida rata. Isolda es mucho más chica que nosotras y es veterinaria. Ha rescatado muchos gatos, los opera y les busca un buen hogar.

Encontró por ejemplo a Kiki, que es el diminutivo de Kimberly, la gata de Idalia. Una gatita feral que, aunque lleva más de dos años con Idalia, no se deja tocar ni por ella. Coexisten en la misma casa desde hace tiempo y a veces, cuando Idalia se queda dormida, despierta y tiene a Kiki cerquita de ella; pero si la ve, huye.

Le pregunté a Isolda si no tenía gatitos en adopción, para ver si Estelí adoptaba de una vez uno. Me dijo que sólo le quedaban dos y que venían juntas, porque son madre e hija y no las han querido separar; se quieren demasiado.

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La primera gatita que tuve la encontré en mi unidad habitacional. Nunca habría pensado tener un gato porque siempre había tenido perros. Pero los policías querían echar a la gata naranja, que era la madre, y a todos sus gatitos a la calle, y entonces les buscamos hogar a cada uno. Quedó una al final que estaba toda enferma y con los ojos llenos de lagañas, medio podridos. Ningún niño quiso adoptarla, obviamente. Así que me la llevé yo y mi mamá aceptó que nos la quedáramos. 

La gata naranja maullaba dolida por toda la unidad. Mi mamá entonces la llevó unos días a vivir con nosotros para que siguiera amamantando a su gatita. Luego se fue, no sé cómo. Últimamente me acuerdo de eso y no entiendo por qué no la adoptamos también. Hay días que me parece insoportable la idea de la gata naranja sola en la calle, sin sus hijos.

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Las gatitas que tiene Isolda en adopción se llaman: Esperancita y su hija. Así se refiere a ellas y sus nombres juntos me recuerdan a cuando de niña veía El capitán cavernícola e hijo. Isolda me manda primero una foto y veo a la hija: una gata blanca medio siamesa, hermosa, con los ojos azules. Me dan ganas de adoptarla yo. ¿La gata madre será naranja? En eso me llega la segunda foto y es un gato minúsculo todo despeinado.

—Isolda, ¿la primera gata es la mamá? Está pequeñísima.

—Sí, Esperancita tiene menos de un año. Y la hija pocos meses. Se quieren mucho, no las quiero separar.

Le reenvío las fotos a Estelí, pero no se anima. Podrían echarla del edificio en este momento y no se quiere arriesgar. Luego ya no hablamos más del tema. Y pienso que yo podría adoptarlas, pero luego me desdigo en mi mente; tener cuatro gatos ya serían muchos gatos. Tal vez las podría adoptar mi mamá.

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En los días de cuarentena no he vivido muchas cosas, pero he empezado a soñar sueños muy completos cada noche. He ido a África dos veces con mi tío el Niño. Y he platicado con mi abuelo sobre recuerdos de cuando tenía cinco años que ya no recordaba que tenía, mientras acariciábamos una camada de perros recién nacidos que hoy ya murieron. 

He tratado de hacer las paces con una vieja amiga que me dolió mucho perder. En mi sueño de anoche ella llegaba con una colcha de regalo, con dibujos de aves negras sobre fondos amarillos y verdes; no todos los pájaros estaban ahí: ¿Por qué no se los pusiste?, le preguntaba. Y ella decía que los había tirado a la basura. Y luego me pedía que le diera las servilletas de tela que me había dado mi abuela, así que corría a la cocina de mi departamento de la infancia y mi abuela estaba ahí, viva y todo, y me decía que le diera cuatro y yo me quedara con las demás. 

La otra vez soñé que mi mamá quería alcanzar unas macetas de vidrio afuera de una editorial que lleva mi apellido, en una plaza donde atardecía y todos teníamos que adoptar plantas. Como mi mamá no las alcanzaba, se convertía en una gata naranja y empezaba a trepar ágilmente hasta llegar a la de más arriba, y yo la acariciaba y su pelaje era muy suavecito y sus ojos se veían felices y me reconocían.

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No pude ver a mi mamá el Día de las Madres, pero le compré el libro de cocina francesa de Julia Child por Amazon y justo le llegó el sábado en la noche, la víspera de su día. 

Ella pasó con nosotros los primeros días de la cuarentena, y luego se fue a su casa. En su casa sólo vive ella y sus muchas plantas. No me imagino cómo es vivir sin nadie que se mueva, que maúlle o con quien compartas la comida y la cama, gatos o personas. 

El otro día le mandé un mensaje y se tardó mucho en contestarme. Luego me llegó una foto de ella envuelta en una pashmina y con un tapabocas, y un texto al pie que decía: Fui al súper. No se le veían más que los ojos y aún así reconocí la cara de travesura en su mirada riéndose. La quería regañar por salir, pero me dio más gusto verla feliz. 

*

Hoy le llamé a mi mamá y se sentía triste. Me contó que estaba pensando en mi abuelo, en su hermano Pancho, en mi tío Tolín. Puros fantasmas. Le dije que la podía ir a ver y que podíamos platicar a través de su ventana de la cocina. Me dijo que mejor ella venía, porque quería acariciar a los gatitos. Y entonces le conté de Esperancita y su hija, y le mandé las mismas fotos que había recibido de Isolda semana atrás.

—¡Qué bonitas las dos! Y qué chistoso que la mamá tiene los ojos azules y la hija, verdes —me dijo enamorándose.

—Como tú y yo —le dije riéndome, porque es cierto—. Piénsalo un rato y te llamo en cinco horas a ver qué decidiste.

La llamé mucho antes que eso y me dijo que ya sabía cómo se iba a llamar la hija.

—¿Cómo?

—Marilola, como mi amiga.

Mañana a mediodía Isolda le llevará las gatitas a mi mamá.

—Ya sé lo que ha de estar sintiendo tu primo de que su hijo está por nacer. EP

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