La noche que Kobe abrazaba a su hija

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 29/01/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

“Nació en Filadelfia”, pensé, y en seguida escribí en el buscador de Twitter la combinación @eagles + Kobe. Solo quería ver al maravilloso basquetbolista que un planeta llora con el jersey verde de las Águilas de Filadelfia, y acaso una foto festejando el increíble título que mi equipo ganó en el Super Bowl de hace dos años contra Patriotas, los poderosos de siempre en la NFL.

Pero no lo vi en una foto con su jersey, ni en el estadio de Minneapolis con cadenas doradas y gafas oscuras de superstar frente al equipo de sus amores robando flashes. Descubrí un video simple, casero: en playera blanca y bermudas, frente a una pantalla ordinaria y en un cuarto con cobijas revueltas, Vanessa, su esposa, graba a Kobe, el adorado “Black Mamba” de la NBA, sosteniendo a su hija de un año, Bianka, con su brazo izquierdo. La carga justo en el instante que guardaremos siempre los que adoramos a las Águilas de Filadelfia, un equipo estrechado por una ciudad negra y obrera. 

En la última jugada del partido, con 9 segundos en el cronómetro, Tom Brady suelta desde su campo una parábola infinita, un misil interplanetario, con la misión de que en la última jugada del duelo dos manos emerjan y se consume otro habitual milagro de Patriotas que les abra la victoria. Brady es capaz de hacerlo.

El brazo derecho del quarterback va hacia adelante, la bola serrucha el aire en esos segundos que definirán si nuevamente sufriremos, o reiremos campeones por primera vez desde 1960. Escucho la voz de Kobe decir “no, no, no, no, no, no” en su cuarto. La espera de generaciones reducida a ese lapso brevísimo, la posible conjura contra casi seis décadas de frustraciones, una década por cada “no” que el basquetbolista reza mirando la pantalla sin soltar a su nena, sin ponerla en la cama, sin apoyarla en el piso. Pese a la angustia, el drama, la historia, la agonía, la euforia, todo lo que concentra esa sola jugada, acerca a la chiquita a su cuerpo. Bianka se chupa el dedo, él la sostiene sin pausa. La ama, es su amuleto. 

El ovoide vuela 57 yardas, llega a la zona de anotación, y flotando golpea a varios jugadores. Nadie la atrapa. Cae a la hierba, bendita hierba que besa a la pelota y luego la raspa molesta, la desprecia con esos rebotes que gritan “pase incompleto”. Y en la habitación en penumbras lo que oímos es un “Oh, my God” ronco, una exhalación desesperada. Ahora sí, Kobe se levanta de la cama, y repite un “Oh, my God” aliviado: celebra después del trance terrible. Bajito, como para no intimidar a la nena, suelta un “Yes, we won, we won the fucking Super Bowl” agudo, descompuesto, liberado. Ya de pie sube y baja las piernas como si estuviera entrenando, aún su hija en brazos. Kobe repite “is it, is it, is it, is it”. Cuatro veces dice lo mismo, eso que más que una frase es un pellizco por si lo que está viviendo es un sueño. Pero esto real, ¡el partido se acabó!

Salta toda Filadelfia y salta Kobe con ella sobre su pecho, y gritando para dentro corre en su recámara, va y viene uno de los más grandes jugadores de básquet del planeta. No corre sobre la duela ni salta para retacar la pelota naranja en la cesta sino porque sus siempre perdedoras Águilas ahora son campeonas. La pequeña de mallas rosas va de este a oeste en la recámara, sobre la cima de ese 1.98 metros de papá, que agita el puño, zarandea el brazo que marcó en su vida 33 mil 643 puntos. Oímos la risa de su mujer Vanessa que no deja de grabarlos en el cuarto desordenado. Y Kobe brinca, grita, gruñe, suelta un “yeaaah”, y otro, y ahora da palmaditas a su hija, le levanta el brazo, y profiere aullidos como un lobo, y ríe más, y se carcajea y se agarra la cabeza y quizá llora porque ya no alcanzamos a interpretar los ruidos distorsionados que está pariendo la alegría.

La nena sigue ahí, en el regazo del hombre que era padre siempre, bajo cualquier circunstancia, hasta que su éxtasis no puede más y golpea con fuerza sus muslos de atleta, quizá para que el dolor le reitere que no hay sueño. Dócil sobre ese trasatlántico moreno que se agita, al fin la nena balbucea algo. Su esposa la dice, “don’t scare her, baby” y por última vez lo observamos uniéndola contra su cuerpo.

Veía hace dos días a ese padre amoroso, libre, protector, y más tarde oía a LeBron James, el hombre que —justo una noche antes de la caída del helicóptero donde “Mamba” murió con su hija Gianna— rompió el record de Kobe Bryant como tercer puesto de todos los tiempos en puntos de la NBA. Superó a su amigo-hermano Kobe usando unos tenis que, marcados con un plumón, decían esa misma noche: “Mamba 4 Life” (Mamba para siempre). ‘Acabo con tu record pero te reconozco eterno’.

La noche del sábado pasado en que LeBron James jugó para Lakers contra 76ers en Filadelfia (vaya coincidencia), aún Kobe y su hija vivían. En el vestidor, LeBron recordó ante un reportero un día de hace casi dos décadas, cuando él era un jugador escolar y Kobe un consagrado de la NBA. “Admiraba lo que lograba: ganar campeonatos tan temprano en su carrera y  aprender de sus derrotas”. 

Por esas fechas, en 2001, Kobe visitó un campamento de jóvenes basquetbolistas en Hasbrouck Heights, New Jersey, el ABCD Camp. “Llegó a hablar a los chicos; yo era uno de ellos —dijo LeBron—. Oía y solo intentaba absorber todo. Recuerdo algo que dijo: si quieres ser un grande tienes que trabajar para ello. No hay sustituto del trabajo”.

Al año, el pequeño LeBron, aún amateur, se acercó a su ídolo —otra vez en Filadelfia— una noche antes del juego de Estrellas del 2002 que Kobe estaba por protagonizar. “Me regaló sus zapatos y los usé al día siguiente: los zapatos de Kobe, rojos, azules y blancos. Yo calzaba del 15, el del 14, y me los puse”. Con el dolor de los dedos de sus pies debió ver cómo el estrella que le había hecho el regalo era nombrado Jugador Más Valioso.

El reportero hizo una pregunta más a LeBron sobre su amigo Kobe, que en ese exacto momento seguramente estaba en casa para a la mañana siguiente volar a la ciudad de Calabasas, cerca de donde jugaría su hija. Aun transpirando por el partido histórico recién concluido, LeBron eligió con cuidado el inicio de su respuesta. Dejó para después los elogios a Kobe por su inconcebible destreza deportiva y lo primero que contestó fue “había que ver su ética de trabajo”. 

Ética en el juego y en la vida, aunque estuviera en una final de campeonato o festejando una alegría como niño, sin dejar de abrazar a su hija. EP

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