Vicios

La moronga es el blog de La Murci y forma parte de los Blogs EP

Texto de 05/03/20

La moronga es el blog de La Murci y forma parte de los Blogs EP

Empezar un libro. Empezar otro. Empezar otro y acordarse de que no hemos terminado de leer el primero, así que lo retomamos, y se nos ocurre que tal vez ya es un buen momento para ir a comprar algunos más. ¿Cómo es que se materializan estas ideas en el cerebro? No lo sé pero el caso es que allí están.

Entonces nos ponemos pantalones o lo que haga falta y vamos a la librería más cercana y nos acordamos de que no es tan buena, así que vamos a una un poco más lejana pero mejor, y gastamos el dinero que habíamos apartado para hacer el mandado. ¿Y qué? Luego ni volvemos a encontrar los libros y en cambio el yogurt no parece que vaya a escasear pronto. O nos decimos: bueno, en todo caso ya me caerá más dinero. O argumentamos, internamente, porque finalmente estas discusiones no se nos ocurre entablarlas con nadie más: peor de los casos, ¡vendo alguno de los libros! Y entonces, tómala, llega el superyó con su típica actitud Marie Kondo y empezamos a peinar y escrutar la biblioteca, para descubrir que esa senda ya la hemos recorrido varias veces y a estas alturas ya hay muy pocos libros que no sean una especie de tesoro auténtico o al menos emocional, y pues no hay mucho que estemos dispuestos a vender.

Total que en esas andamos cuando se descubre un nuevo vicio: un amigo está buscando, digamos, un libro en particular. Es un libro cuya trama o forma es tan específica para su estado emocional (digamos que se acaba de separar y necesita, necesita, leer Fuegos de Yourcenar; o que está gastando un dineral en la construcción de una casa, y debe, debe, leer Corrección de Bernhard). Comprendemos al amigo, ¡también nosotros somos enemigos de la vida y amantes de la vida leída o interpretada a través de los libros! Nos gustaría ayudar a la amistad en cuestión pero por supuesto no tenemos el libro.

¿O sí? Hace mucho que uno ha ido acumulando libros y no sería raro que se nos haya pasado por alto alguno. Así que vamos y revisamos y ¡ahí está el libro que necesita nuestro amigo! Por supuesto, se lo podemos prestar. No se diga más. Tomamos el libro, lo metemos al morral, agarramos el metro rumbo a la cita en la que entregaremos el título… y entonces, se nos ocurre abrirlo. Y empezar a leerlo. Y ya no llegamos a la cita. ¡También vamos a leer este libro! ¡Crece la columna junto a la cama en la que diario nos tiramos a intentar leer! Y es que, si se lo prestáramos, ¿cuándo nos lo va a regresar? ¿Y si de plano no lo regresa? Al menos leerlo de una vez. Ya conocemos cómo está la cuestión respecto a los préstamos de libros. Así que cada tanto, desde entonces, la persona a quien le habíamos prometido el libro, vuelve a preguntarnos. Y es hora de apechugar y confesar que lo estamos leyendo, pero pronto se lo pasamos. Y así se pasa la vida.

Hay peores vicios, y sólo en lo que se refiere a los libros. Hay subrayadores compulsivos de libros. Hay quienes no pueden evacuar sin un libro de aforismos en las manos. Hay ladrones que sólo roban libros. Y si se trata de grados materiales, hay quienes de plano queman libros, o quienes los poseen pero no los leen. Y aquí, me temo, el asunto se muerde la cola. Pero tal vez el peor vicio que producen los libros, como veo ahora, es que una puede ponerse a escribir para evitar la tarea de leer. Y así nos va. EP

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