La moronga: Los pseudónimos

La moronga es el blog de La Murci y forma parte de los Blogs EP

Texto de 05/12/19

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El otro día que iba aleteando por la calle —porque a veces me animo a dejar mi cueva— me di cuenta de que en la parte trasera de un camión, si recuerdo bien, anunciaban una película con la siguiente frase: “Es lo mejor que verán tus ojos”. No pude creerlo. Quiero decir: a todas luces era falso. Es imposible que una película determinada alcance el estatuto de “lo mejor que verán mis ojos”. Y lo digo yo, que prácticamente estoy ciega (leo con lupa y sonar, ¿no les dije?). ¿Quién era el autor de dicha frase? Álvaro Cueva, decía. Obviamente se trata de pseudónimo, pensé, nadie se atrevería a decir algo así y encima acompañarlo por su nombre verdadero y, peor aún, permitir que se use como parte de una campaña promocional para una película equis (olvidé ya de cuál se trataba, tal vez ni era una película sino una serie de tele). Huyendo de vuelta a la seguridad de mi letrada cueva me puse a pensar en las raras políticas que bullen por debajo de un pseudónimo. En el caso citado, me parece, opera una lógica similar a la del vergonzoso y multi-usado Alan Smithee, quien ha aparecido ya varias veces en los créditos de películas como director (más de sesenta, contando las veces que ha sido usado en televisión). Es una tranza curiosa porque ya de entrada sabemos que no hay director que haya filmado tantas películas o series y, de paso, que se trata de una obra que ahuyentó a su director verdadero.

Pero no todo el anonimato que se esconde detrás de un nombre funciona por el arrepentimiento o la culpa. Se los digo yo, que estoy rodeada de libros escritos por pseudónimos, heterónimos o ya de plano firmado por anónimos. Hay pseudónimos casi tan famosos como los de sus autores, como Bernardo Soares, y a veces hasta más, como el de Gabriel Zaid. La fuerza política del anonimato volvió en este siglo, como pudimos ver en algunos grupos franceses (oh la lá), como el Comité Invisible, y sus seguidores alrededor del mundo. Y como un fantasma, también en este siglo las hermanas escritoras anónimas o pseudónimas se desenmascararon, y ¡de qué manera amigas! Me pongo, emocionada, a pensar en esto mientras hojeo Seudónimos, anagramas e iniciales de escritores mexicanos antiguos y modernos, un libro compilado por Juana Manrique de Lara y Guadalupe Monroy Baigen (profesoras de la Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archivistas de la Secretaría de Educación Pública). Yo tengo la segunda edición, de 1954, corregida y aumentada. Parece uno de esos listados que siempre está correteando Tom Cruise en sus películas de misiones difíciles de conseguir: ya saben, los que dan cuenta de dónde o quiénes son ciertos espías o agentes dobles. También aquí se incluyen cantidad de casos. Por ejemplo, “El Durangueño”, en realidad era Francisco Estrada. “El Editor de la Sofocada Voz de la Patria” en realidad se llamaba Carlos Bustamante. Eustaquio O’Gorman sí era un nombre real, pero se escondía tras la máscara de “Eco”. ¿“Graciela”? Rafaela Ávila. ¿“Luisa María Ross”? Es el nombre verdadero de “El Paje Marelí”.

En la introducción, Ramón Gómez de la Serna: “Siempre hemos envidiado a ‘Azorín’ su seudónimo rotundo, jovial y misterioso. Nos hemos imaginado que ‘Azorín’ vive más desenvuelto y como más aligerado gracias a su seudónimo”. ¿Será? Pensando en otra de las raras sendas que han agarrado el pseudónimo, el heterónimo y el anonimato en nuestro siglo, ya lo dudo. Quiero decir: ¿realmente imaginamos que los trolls son joviales? Me cuesta trabajo que alguien que se la pasa peleando a escondidas en redes —digamos alguien que firme, no sé, como “El Tumba Zonzos” o “Americanista69”— sea realmente alguien feliz. O tal vez creen que son felices, encajando en esa vieja y clásica categoría del tonto que cree que es feliz, sin serlo.

Hay otro caso también muy propio de nuestro tiempo, quiero decir, de su tiempo, humanos, que vale la pena mencionar: es la proliferación de escritores o autores que sí se atreven a firmar ciertos libros, ¡con sus nombres verdaderos! O peor, opiniones en columnas y hasta en Twitter. Francamente, a muchos les convendría estar ocultos detrás de un nombre ingenioso. Pero bueno: la verdad a mí estas cuestiones ni me vienen ni me van, porque por un lado la mayoría de los libros que me acompañan en mi librería (que esquiva la novedad) o sí son de autores que ya sabemos quiénes son, o fueron escritos bajo pseudónimos por buenas razones —como prueba que hayan superado al implacable flujo del tiempo. Además, yo siempre he dado la cara y he firmado con mi nombre, la Murciélaga, o la Murci, o la Murz, en redes y en donde quieran. Pero da para pensar. 

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