La moronga: Fantasmas de fin de año

La moronga es el blog de La Murci y forma parte de los Blogs EP

Texto de 12/12/19

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Que si alguien se robó un libro, que si quemaron otros, que si una editorial triturará una colección de obras completas, que si una pintura escandaliza tanto o más como una pieza de arte contemporáneo: las pataletas de los últimos días me hacen pensar en las de un animal moribundo, ¿pero de qué animal se trata? Este lento siglo, al menos, ha anunciado la muerte de una idea: la de la autonomía de las artes. Tal vez se trate de eso, no lo sé. Igual, me divierte que vuelvan a brotar por aquí y por allá los sacralizadores de los libros y las artes, y por otro, los iconoclastas selectivos. Hay una frase de Brodsky. Dice que hay peores cosas que se puede hacer con un libro además de quemarlo, como no leerlo. Pero también, como han visto varias amigas mías, es cierto que con ciertos libros puede ser peor leerlos que quemarlos. Lo bueno es que a mí nadie me pide posicionarme sobre estas cosas, ¡son de suma importancia! Yo me limito a rodearme de algunos buenos libros, a comerme los bichitos que les hacen daño, y tomarme unos bloody maries para hacer como que no escucho el lento desenroscar del mundo. 

Mientras, en Twitter me preguntan si no tengo una Biblia de Gutenberg a la venta.

Es difícil no opinar. En nuestro tiempo es el único lenguaje que parece conocer el intelecto. Ese y el silencio, que es más elocuente. Pero, confieso, yo no tengo tan buen uso de la boca. A veces creo que los malos libros, pero también los buenos, hay que leerlos dos veces: los segundos para reconocerlos, los primeros para desenmascararlos. Hasta en mi cueva tengo un nicho de libros infames, fíjense. ¿Con la idea de que alguien los encontrará no tan infames como yo? No lo sé, pero allí está.

Lo que realmente me desquicia de estos ciclos noticiosos es que no van a tardar en llegar nuevos, levantándose sobre las ruinas de los pasados. Se nos olvidará que se quemaron o salvaron libros porque a la vuelta de la esquina ya se están formando las listas de los títulos más vendidos, o los libros más recomendados, y hasta de los “mejores” libros publicados durante 2019. Amigos, amigas, esos libros no existen. O existen pero sólo son eso. A veces me tiro en mi sarcófago y veo al techo de mi cueva y pienso en el milagroso antídoto que es la librería de viejo para tiempos como estos. Esas terribles listas van a perder los dientes muy pronto, y esos premolares los van a encontrar, muy probablemente, en mis estantes. Eso si es que llegan, todavía, a interesarles.

Van a decir que no tiene mucho que ver pero ahora quiero contar una anécdota. El otro día iba aleteando, ya noche, de incógnito, rumbo a la Cineteca Nacional. Hay un callejón allí, entre el pueblo de Xoco y la repugnante torre Mitikah, en el que un muchacho se pone a vender libros. Bueno, ese día había un muchacho. Me detuve a ver los libros que vendía, ¡y todos eran muy buenos! Tuve la impresión de que era un estudiante de letras, porque estaba leyendo unas copias fotostáticas, esa universidad desconocida. Le pregunté por un título, es decir, por su precio. Me lo dio, le agradecí, y le dije que tenía que checar porque tal vez ya lo tenía en mi guarida. Y más tarde regresé a mi madriguera y, en efecto, ya lo tenía. Le mandé decir y a su vez él me dijo que no había problema, que así pasaba. Creo que estoy sensible porque el intercambio me conmovió. ¿Qué fuerzas operan en la oscuridad, o a la sombra de un desastroso desarrollo inmobiliario, para que un estudiante de letras se vea obligado a vender libros buenos sobre una banqueta?

De La librería de los escritores (un texto de Mijaíl Osorguín escrito cuando los libros se usaban para calentar estufas) me vuelve a visitar un fantasma. Y su voz acusmática dice: “Cuando nos quedamos sin trabajo, cada uno discurrió alguna ocupación conforme a sus talentos. Nos reunimos varias personas afines a la escritura y próximas al libro y pensamos en dedicarnos al oficio de libreros. Por aquel entonces todavía existía la libertad de comercio y aún había librerías, pero los libros se vendían a un precio muy superior al nominal. Nosotros queríamos venderlos a su precio, sin entrar en competencia. Durante un tiempo, así lo hicimos; pero bien pronto el rublo se devaluó de tal manera que apenas podíamos seguirlo, y anotábamos, una y otra vez, los precios a lápiz”.

Amigues, su Murciélaga todavía no está ahí (aunque pongo los precios a lápiz). Pero de que el animal moribundo se la pasa pataleando no puedo negarlo. EP

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