La lengua no es cultura

Para muchos pueblos indígenas, la tierra es una entidad física concreta pero la noción de territorio incluye la vida asociada a esa tierra y las manifestaciones culturales ligadas a esa entidad física, el sentido de pertenencia y la manera en la que nos relacionamos con ella. El territorio, se ha insistido muchas veces, no es […]

Texto de 22/06/20

Para muchos pueblos indígenas, la tierra es una entidad física concreta pero la noción de territorio incluye la vida asociada a esa tierra y las manifestaciones culturales ligadas a esa entidad física, el sentido de pertenencia y la manera en la que nos relacionamos con ella. El territorio, se ha insistido muchas veces, no es […]

Para muchos pueblos indígenas, la tierra es una entidad física concreta pero la noción de territorio incluye la vida asociada a esa tierra y las manifestaciones culturales ligadas a esa entidad física, el sentido de pertenencia y la manera en la que nos relacionamos con ella. El territorio, se ha insistido muchas veces, no es sólo la tierra. Una lengua tampoco es solo un sistema lingüístico concreto sino también un territorio cognitivo del que se nos despoja en el caso de las lenguas indígenas que han sido históricamente combatidas por el Estado mexicano. Desde este acercamiento, ya no puedo pensar la lucha por la vitalidad de las lenguas sin la lucha por los procesos autonómicos y por nuestros territorios. En un relato de personas mayores en una comunidad mixe que visité, me narraron cómo, en medio de las negociaciones que mantenían con el Estado sobre proyectos gubernamentales que las comunidades no deseaban, el uso de la lengua mixe creaba un espacio que era impenetrable para los funcionarios. Hablaban mixe para darse indicaciones entre ellos sobre el rumbo que iba tomando la discusión o decidían cambiar de estrategia mediante indicaciones que se daban en su lengua propia dado que los funcionarios no la entendían. Situaciones similares se dan continuamente, en situaciones de peligro o de defensa del territorio, el uso de la lengua mixe crea un territorio lingüístico en el que nos sentimos seguros y en el que el Estado no puede penetrar. En la historia que me relataron, la molestia de los funcionarios por no entender la interacción en mixe iba en aumento a lo largo de la mesa de diálogo con las autoridades comunitarias y esa molestia me parece elocuente pues evidencia la molestia que nuestras lenguas han representado para el proyecto nacional mexicano que ha hecho lo posible por eliminarlas. La lengua es también territorio y desligar la lucha por la vitalidad de nuestros idiomas de los procesos de defensa territorial y autonómica me parece un error. Mientras los proyectos extractivistas como la minería u otros megaproyectos han recibido autorización gubernamental para ser implementados en nuestros territorios a pesar de las abiertas resistencias, nuestras lenguas y territorios lingüísticos han sido mermados por medio de la violencia asociada al racismo. 

Para el Estado, la lengua es cultura. En este punto, nos enfrentamos a las dos posibles interpretaciones de la palabra “cultura” en español, en un sentido, la palabra cultura tiene un significado antropológico amplio que cubre toda manifestación de la vida social, bajo este sentido claro que la lengua es cultura, así como el sistema de gobierno o el funcionamiento de un determinado sistema económico son manifestaciones culturales. Sin embargo, y en otro sentido, “cultura” cubre sólo las manifestaciones estéticas y artísticas, es por este último sentido que existe una Secretaría de Cultura, Casas de Cultura o que decimos que asistiremos a un programa “cultural” el día de las madres en la escuela de nuestra hija.  Bajo este sentido, me parece peligroso confinar los procesos de revitalización de las lenguas indígenas en los departamentos de cultura. A pesar de la importancia de la música y la danza para nuestros pueblos y comunidades, es verdad que estas manifestaciones tienen espacios temporales y físicos concretos; citando un ejemplo, no todo el tiempo se ejecuta la música y la danza mientras que la lengua nos atraviesa a todas las personas todo el tiempo. A diferencia de las manifestaciones artísticas o estéticas, la lengua es un fenómeno que empapa todos las interacciones humanas y también nuestros pensamientos concretos. Si estamos en una asamblea discutiendo la elección de nuestras autoridades comunitarias, si expresamos molestia con nuestra pareja, si estamos en medio de un ritual o reflexionado a solas sobre las compras del día siguiente, una lengua está presente.  Más que un fenómeno cultural, entendido en el segundo sentido, la lengua es sobre todo un fenómeno societal cómo decía mi amigo mapuche Viktor Naqill. Todas nuestras luchas están empapadas de lo lingüístico y lo lingüístico es profundamente político. 

Cuando el fortalecimiento y revitalización lingüística de las lenguas indígenas se enfoca sólo desde el área de la cultura, las acciones terminan siendo simbólicas en muchos casos y éstas mismas no confrontan al Estado que puede capturarlas para usarlas como folclor en muchas ocasiones. Bajo esta idea, no extraña que en estos tiempos en los que la celebración del multiculturalismo ya forma parte del discurso oficial, el Estado sea un poco más permisible cuando se trata de celebrar o premiar manifestaciones literarias en lenguas indígenas pero que sea hermético y aplastante cuando se trata de usar nuestras lenguas para interponer una denuncia penal ante el ministerio público como es nuestro derecho y como dice la ley que han creado. El Estado ha creado nichos permitidos, a menudo nichos dentro de los espacios e instituciones culturales, para las acciones a favor de las lenguas indígenas mientras que el resto de la administración estatal sigue aplastando con su monolingüismo el uso de las lenguas indígenas. Es urgente romper esos nichos y decir que no, nuestra lengua no es cultura o, para ser más precisos, nuestra lengua no solo es cultura. 

Mientras que se multiplican los premios literarios en lenguas indígenas que siguen siendo escasos en comparación con los que hay para el español, se siguen multiplicando también los casos de violencia lingüística en hospitales, tribunales y oficinas del registro civil en muchos de los cuales aún es una una odisea agresiva registrar a una niña en un nombre propio de alguna de las lenguas indígenas de este país. Si la lengua es un fenómeno que empapa la sociedad, podríamos preguntarnos qué están haciendo la Secretaría de Hacienda, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte, el Instituto Nacional de las Mujeres o el sistema judicial para evitar la constante discriminación lingüística y la violación de los derechos lingüísticos de los hablantes de lenguas indígenas. 

Como un espejo de las políticas de Estado, lamentablemente una parte importante del movimiento de los pueblos indígenas ha creado en organizaciones y asociaciones civiles departamentos que confinan también la lengua dentro de la cultura, se han creado áreas, coordinaciones o departamentos de lengua y cultura que refuerzan la idea de que el resto de las áreas es ajeno a lo lingüístico. Es lamentable, pero muy frecuente, que muchas personas involucradas en el trabajo por la vitalidad de nuestras lenguas confinemos nuestro quehacer dentro de eso que llamamos actividades culturales. Tal vez esta visión parcial de la lucha por la lengua, recluida en los departamentos de cultura, explique el aún muy poco compromiso que la dirigencia del movimiento indígena tiene con la revitalización lingüística y que se refleja en el hecho de que, en muchos casos, esta misma dirigencia no haya logrado transmitir su lengua materna a sus propios hijos e hijas, hecho que resulta a menudo muy desalentador. Más que juicios personales, me interesa tratar de explicar el porqué de este fenómeno. 

Si algo se puede aprender de las buenas prácticas en los procesos que han logrado que lenguas en riesgo de desaparición puedan revitalizarse con éxito en otras partes del mundo, es que la lucha por los territorios cognitivos que son nuestras lenguas no puede ser recluida en los departamentos, coordinaciones o áreas de cultura; esta lucha debe entenderse como un proceso tan importante para nuestro fortalecimiento autonómico como lo es la lucha por nuestros territorios en contra de los proyectos extractivitas. Todas nuestras luchas están empapadas de lo lingüístico, en todas ellas pueden fortalecerse nuestras lenguas. La lucha por la vitalidad de nuestras lenguas está también en la primera línea de la lucha por nuestra existencia como pueblos, por nuestros derechos y por nuestra autonomía. De no entenderlo así, es muy probable que en un futuro lo único que quede de nuestras lenguas sean las manifestaciones que el Estado celebró e impulsó, recuerdos culturales de lenguas muertas. 

Una parte importante del proceso racista de amestizamiento implementado por el Estado mexicano implicó arrebatarnos la lengua y luchar por ella tiene una capacidad subversiva potente. Donde el Estado ha dicho “no hables más tu lengua” nosotros podemos decir lo contrario y que cada palabra en ayuujk, en zapoteco o en zoque sea un rotundo NO a las políticas lingüicidas que, a pesar de las reformas legales, siguen teniendo lugar desde casi todos los ámbitos de la administración pública. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos enfatizar que lengua no solo es cultura y luchar por ese territorio cognitivo que se vuelve hogar de la resistencia lingüística y autonómica. EP

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