La cuarentena y mis amigos

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 24/06/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

No nos podemos ver desde nuestras ventanas, pero si no hubiera edificios de por medio sí que podríamos. Acaso nos separan entre nuestros departamentos 120, 150 metros, una breve distancia que Laura y Ricardo, un matrimonio de la colonia, ejerce de todos los modos imaginables para estar cerca. No son solo amigos sino ejjjjjercen la amistad (con una jota bien marcada), la explotan, entrenan, cultivan, acicalan, como una planta a la que riegan siempre-siempre para mantenerla vigorosa así haya sequías y tempestades. O cuarentenas.

A Laura la conocí en el parque de junto algún día de hace una década en que cada uno hamacaba en el columpio a su hija  y comenzamos a hablar de quién sabe qué. Nuestro punto de reunión empezó a ser ese rectángulo capitalino entre arbustos, resbaladilla, árboles y subibaja, donde mientras las pequeñas jugaban ella me contó que pintaba. Pensé, “una vecina de la Del Valle que pinta”, y en mi prejuicio imaginé una naturaleza muerta de trazo amateur con jarrones, manzanas, naranjas y uvas desperdigadas. Pero un día me hizo pasar a su departamento y las vi: sus pinturas eran una detonación en la que brotaban princesas miniatura caminando entre senderos medievales. Arriba, galaxias y abajo elefantes, y más abajo, en las profundidades, sirenas nadaban al lado de edificios vibrantes de algún país utópico colindantes con llamas de reinos del apocalipsis. Sobre la tela había arena, brillos, texturas, polvos, relieves, trozos de óleo, partículas indefinibles de pigmentos tridimensionales que emergían como hijos del centro de la Tierra.

Me enfrenté a la estruendosa descarga visual, a esos seres enigmáticos y mezclas cromáticas que encandilaban: no sabía qué decir ante esa belleza sinfónica y contradictoria, como es este planeta incluso en una pandemia de la que quién sabe cuándo saldremos. 

Me recibieron en su casa esos cuadros, y luego su mamá, Helen, una guapa y alegre señora devota del Señor del Buen Despacho, amorosa, alegre, y que lee historias de santos católicos con la emoción de quien recibe la última historieta de Batman. Salió de un cuarto donde veía la tele y al verme me estampó un beso de adorable tía de toda la vida. “Tú eres Aníbal, el que sale en Nocturninos. ¡Yo te veo siempre!”.

Al rato llegó a la casa Ricardo, marido de Laura, un tipo nueve años más grande que yo, de mirada filosofal: galán barbado con aires de El gran Lebowski. Pronto nos unieron mil cosas: podemos hablar de su vieja Narvarte, de Luis Spota y Casi el Paraíso, del Atlante, de sus ancestros escoceses del Viejo Oeste, de Óscar Chávez, de las épocas aciagas del “Negro Durazo” y sus infernales separos de Tlaxcoaque. Adora la buena comida y me ha hecho recorrer los lugares más deliciosos de la capital desde el Centro hasta Tlalpan. Melómano incontenible, es además un maestro paciente que lucha contra mis vacíos musicales mostrándome los secretos de la sublime belleza: New Trolls, The Beatles, Ten Years After.

Pero nada nos une más que el futbol americano. Con un “¿Vas a venir, carnalito?”, me mensajea para que los domingos vaya a ver a sus Vikingos de Minnesota, a mis Águilas de Filadelfia o el partido que sea. Voy, colocamos miles de viandas en medio y mientras nuestras hijas (que ya son casi hermanas) hacen en un cuarto TikToks, él se levanta y se indigna ante la pantalla, les recrimina a los jugadores como si fuera su coach explicándoles al borde del llanto qué debieron hacer. Y si el partido decae, se duerme sin pudor en su sofá. Así puede estar un rato largo, roncando a tu lado, como cuando en la adolescencia ibas a casa de tu cuate y se quedaba jetón mientras tú te entretenías jugando con su Atari.

Laura y Ricardo han sabido compartir la vida con deporte, comida y arte (un cuadro de ella corona mi sala), pero sobretodo con sus palabras y compañía cuando una mujer que amaba me abandonó, cuando perdí el trabajo, cuando un espantoso terremoto irrumpió un 23 de junio en medio de una pandemia, y también cuando no pasa nada malo e incluso mucho bueno. Están ahí bajo cualquier circunstancia. 

Pero si cuento todo esto es porque este matrimonio amigo se he preocupado por rescatarme de la cuarentena. Creo que les preocupa más mi nutrición que mi soledad, y con cubrebocas sacan su auto y avanzan tres cuadras para traerme a la puerta del edificio quesos panela y botanero de chipotle, pastel azteca, pollo con mole, roles de Nutella, calabacitas con salsa de tomate rellenas de carne molida.

Cuando ya no sea un jovenazo como ahora sino un viejo y mis nietos me pidan que les relate la era del coronavirus, tendré que dedicar unos segundos a las delicias que llegaban al pie del hogar y me consolaban desde el paladar. Pero hay algo más.

El viernes 12 de junio, mi WhatsApp sonó. Era Laura: “Amigo, ¿quieres que te regale una máscara? Mira, te la voy a enseñar”. Llegó a mi celular una foto de una impresionante careta transparente anti COVID, futurista, con líneas deportivas, curvas estilizadas, plástico pulido con brillo de plata, cintas ajustables aterciopeladas. Para protegerse del virus, un prodigio de ciencia y diseño que adquirieron vía Amazon para ellos y sus amigos.

En el momento en que le respondí que sí, Laura ya estaba a una cuadra de mi casa. Bajé a buscar la careta, la tomé embelesado entre mis manos, acaricié su estructura exquisita y agradecí el regalo. El lunes siguiente debía ir al banco después de 15 días de encierro total y antes de salir me puse la flamante protección. Mi gato Bialy me observó extrañado.

En la fila de Banamex, una viejecita auxiliada por su cuidadora se me quedó viendo atónita y me dijo: “Su máscara es una belleza. Qué bárbaro, nunca había visto algo así”. Iba a aprovechar su piropo para contarle la historia que acaban de leer, pero ya ella y su cuidadora estaban por pasar a la caja y no me iba a dar tiempo. Por eso sólo contemplé su tapabocas florido, azul y violeta y con hojas al viento, claramente hecho en casa con una vieja máquina de coser Singer y exquisita tela de la India, y repuse: “Gracias, señora, permítame decirle que su tapabocas es bellísimo”.Nos sonreímos satisfechos de portar arte, ciencia, seguridad, elegancia y diseño sobre nuestras caras. La cuarentena se lleva mejor con distinción, pero la salvan los amigos. EP

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