La burocracia de los chakras o vuelva el lunes no sea malita

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

Texto de 24/08/20

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

Quiero empezar diciendo: “Julio fue un poco pesado”, pero mentiría porque 1) pesado es poca palabra, y 2) desde marzo de 2020 los adjetivos nos quedan cortos. Todos. Y es que en julio decidí que iba a escribir quince cuartillas diarias de lo que llamaremos ese libro. Entonces, en ese teclear furioso una vieja herida de mi hombro reapareció. El dolor era insoportable. Me pusieron dos inyecciones, me recetaron montones de cremas que te queman por dentro y por fuera, y pastillas que te atontan. Además me mandaron a reposo total. “No computer or handwriting at least for a week”, me dijo la ortopedista.

Yo iba a escribir un gran libro pero me lastimé el hombro”, podría decir. Pero: 1) no se trata de un gran libro, sino de ese libro, y 2) sí lo voy a escribir, solo que no ahora. 

Mi doctora, aparte de mandarme a terapia física, me repitió varias veces instrucciones para relacionarme con mi hombro. Saliendo de su consultorio agendé la terapia, fui a la farmacia, compré mis medicinas (eso sí, sin olvidar  que tengo el privilegio de un empleo que  me da seguro médico). Cuando llegué a casa, me metí en la cama y de ahí traté de no salir más que para lo necesario. Cada que  salía de cama, por cierto, tiraba algo. Rompí más vasos en esa semana que mi hijo cuando era toddler.

¿Qué haces cuando eres escritora y profesora y no puedes hacer lo uno y lo otro porque te mandaron a reposo total? Leer. ¿Qué lees? Algo que te brinde consuelo, paz, consuelo, dije. Cuando no sé a dónde voltear, el refugio lo encuentro en Comienza donde estás de Pema Chödrön. 

Pero antes de hablar de este libro, debo hablar de Pema, (me siento en libertad de llamarle por su primer nombre porque ha sido mi maestra por tantos años que, aunque no la conozca, me es familiar). Pema es una monja budista, pero antes de serlo era una chica egresada de la Universidad de California que daba clases en primaria. Siempre he imaginado que con lo que ganaba se iba al cine, compraba cervezas, reía y bailaba con  sus amigas, iba a conciertos y disfrutaba la vida toda. Eran los años 60. Con su sueldo de maestra seguramente también compró libros. Así leyó a Chögyam Trungpa, el gran maestro de la meditación tibetana, quien  terminó por  volverse su maestro. Pema se construyó otra vida. En 1981 fue la primera mujer occidental en recibir la ordenación de bhikkhuni del linaje chino en Hong Kong. Años después Pema sería la primera mujer en crear un monasterio tibetano, situado actualmente en Nueva Escocia. Sus libros son resultado del deseo de compartir lo que ella misma ha aprendido sobre el bodhichitta o el despertar del corazón.  

Pema Chodron on How Pain Enlarges Our Heart – asia lenae
Inspiration From Pema Chödrön

Releer es redescubrir, le digo a mis  alumnos. Y al releer a Pema la redescubrí y en ello, a mí también. Mis notas y mis subrayados muestran que el dolor me intriga. Hice un doble subrayado en la siguiente cita: 

“Sólo en la medida que hemos llegado a conocer nuestro dolor personal, sólo en la medida en la que nos hemos relacionado con el dolor, somos lo suficientemente intrépidos, lo suficientemente valientes y lo suficientemente guerreros para estar dispuestos a sentir el dolor de los demás.” 

Con mi puño y letra al  margen hay un “Sé  intrépida”.  El tiempo y yo borramos un poco la promesa. Me gusta la manera en que Pema habla de cultivar la bondad y la compasión. Compasión, esa palabra tan necesaria en estos pandémicos días. 

De acuerdo al diccionario viene del latín cumpassio, traducción del vocablo griego συμπάθεια (sympathia), es entonces una palabra compuesta de συν πάσχω + = συμπάσχω, y significa literalmente “sufrir juntos”. “Pero ¿quién quiere sufrir?” pueden decirme. Nadie, nadie quiere hacerlo, ya sé; pero si hay que hacerlo, ¿no es mejor que esté alguien contigo? No sufriendo, estando.

Compartir el dolor significa darle existencia y, por tanto, darle su justa dimensión para soltarlo, solucionarlo, soltarlo, repito. “La agresión más fundamental a nosotros mismos”, agrega Pema y subrayo yo, “el daño más fundamental que podemos hacernos a nosotros mismos, es permanecer ignorantes al no tener el coraje y el respeto para mirarnos a nosotros mismos con honestidad y amabilidad.” 

Amabilidad, mi hombro necesitaba amabilidad. 

*

El dolor no despierta de un día a otro. Para mí, al menos, no fue así. 

El dolor no apareció tampoco porque empecé a escribir ese libro, el dolor tenía tanto tiempo ahí que lo había normalizado. ¿Había somatización? Seguro que sí, pero lo que más había era ignorancia. Ignoré mi hombro y al hacerlo ignoré mi cuerpo y me ignoré a mí. El colmo es que al darme cuenta de ello, me enojé conmigo. ¿Por qué es tan cojonudamente difícil ejercer honestidad, amabilidad, compasión hacia una misma?

Yo necesitaba compasión. Y  eso, desgraciadamente, no se compra en las Walgreens de El Paso, tampoco con el Dr. Simi de Ciudad Juárez. Mis amigas la tuvieron a distancia y Pema me cubrió con ella durante mi reposo total, página tras página Empieza donde estás me reiteraba que “La compasión hacia los demás comienza con la bondad hacia nosotros mismos.” Estas palabras fueron un comienzo para cultivar mi alivio.

Noticias: el alivio no sucede, se cultiva.

¿Cómo cultivar el alivio en estos días, semanas, meses, año en que parece que estamos rodeados de todo menos de alivio?

Le pregunto a mis amigas por mensajería y ellas me dicen que el alivio lo han  encontrado al:

  • construir un jardín
  • correr o hacer yoga
  • cocinar cosas que nunca antes
  • caminar después de comer
  • tomar todos los cursos posibles
  • cantar, bailar, dibujar
  • quitar las notificaciones del celular

“Y hago terapia”, me dice otra amiga más y pienso que todas estamos, cada una a nuestro modo, haciendo terapia. La pandemia, dentro  de todo, nos está  enseñando a ser bondadosas y compasivas con nosotras mismas y con quienes nos rodean. Estamos juntes en esto después de todo. Yo sigo muchas de las prácticas de mis amigas, excepto construir un jardín, a menos que a mi maceta con tres frijolitos y a mi albahaca, que no es albahaca, se le  pueda llamar jardín. 

Mi alivio lo cultivo también practicando meditación dos veces al día.

Lo hago en la mañana en cuanto abro los ojos, antes de ponerme los lentes, antes de nada. Pongo una canción de esta lista, inhalo-exhalo profunda y lentamente, cierro los ojos. Es la primera vez que escribo de ello. Cuando llego a  hablar de ello la gente se incomoda pues siente que tiene que admitir que no puede hacerlo. Yo también creía que no podía, pero no es tan difícil, para meditar solo se necesitan dos cosas: respirar y estar. He aprendido que si los pensamientos o los pendientes vienen a la cabeza no hay que pelearse y rechazarlos; se les cede el paso para que, al verse desatendidos, se vayan. Y si vuelven, whatever, la atención está, repito, en dos cosas: respirar y estar.

Se puede meditar en  silencio, sí pero todo con música es mejor. Para mi meditación de la noche, por ejemplo, utilizo algunas canciones de esta lista de Ryuichi Sakamoto. El famoso músico la creó para su restaurante favorito, le parecía que la música del lugar simplemente entorpecía el viejo arte de disfrutar la comida como se debe: con tranquilidad. El problema no era tanto el volumen, sino que la música le parecía desconsiderada. (Sakamoto, por cierto no incluye su música, la lista está poblada con piezas de otres para otres).

No importa si son dos minutos o cuatro o veinte o una hora, meditar es cultivar alivio y bondad por una misma y esto habrá de reflejarse en nuestra socialización (aún a distancia) con los demás. “No nos sentamos en meditación para convertirnos en buenos meditadores”, explica Pema, “sino para estar más despiertos en nuestra vida cotidiana.” 

Meditar se ha vuelto tan parte de mi vida en los últimos diez meses que, como mi amiga Natalia, comencé a hacer audios para extender en otres el alivio que es meditar. Cuando hago un audio para alguien más, el regalo es para mí. 

Dejo este regalo aquí, un par de meditaciones guiadas por la misma Pema:

*

Supongo que ir a una curandera una semana después de ver a mi doctora fue un acto de amabilidad, bondad y compasión para mi hombro. 

Una amiga me la recomendó porque el  dolor de mi hombro se convirtió poco a poco en tristeza. Me dije: “¿por qué no?”  Y así, con tapabocas y curiosidad llegué un sábado a las tres de la tarde al consultorio de María. Había un altar entero para el alivio, una mezcla de imágenes de la virgen de Guadalupe con otras de Ganesha y Bhagawan Nityananda e incienso, velas, flores, amuletos, jarros con agua ¿bendita? llenaban el espacio.

María me miró y antes de que le dijera nada me preguntó: “¿qué te pasó en los  hombros?” Le dije que sólo era el hombro derecho el que me dolía. “El otro también te duele” afirmó. Cuando comenzó a trabajar mi cuerpo (eufemismo para el verbo sobar, claro) entendí el dolor propio. Claro, el otro hombro estaba trabajando por su hermano enfermo. Llevó su compasión al extremo, la volvió sacrificio, caray.

Después, María me paró sobre una estrella amarilla dibujada en el piso, pasó un huevo y un limón por mi cuerpo, entre rezos y más me dio un golpe aquí, un golpe allá, pasó una ramita de no se qué para sacudirme el mal de quién sabe qué, una y otra vez. 

Me daba risa y tristeza al mismo tiempo.

Eventualmente María rompió el huevo dentro de un vaso con  agua, lo estudió y me dijo que el dolor lo traía yo a mí: “Eres muy dura contigo, mija, tienes que ser más…”. Yo terminé la frase en mi mente antes que ella: “compasiva”. El dolor, dice Pema, viene de querer que las cosas sean como queremos. No se trata de resignarse, se trata de no querer controlarlo todo. Ni el dolor.

María se acercó a mi pecho, me golpeó el timo varias veces y me dijo que tenía el chakra corazón cerrado (la verdad, pensé que todos estarían cerrados menos ese). “Está pero bien cerrado, mija”, agregó María como si me hubiera  oído o como si se refiriera al cofre que yo le llevaba a un cerrajero. Le pregunté si ella podía abrirlo. Vio su reloj y me dijo: “No, los chakras sólo los abro en la mañana, vente el lunes a las nueve”.

*

Al igual que mi doctora, María me recomendó reposo total. Al igual que Pema, María me recordó que debo ser más compasiva. Al igual que Sakamoto, María me enseñó a no ser desconsiderada. María es una experta en su área. Es de esperarse que sólo abra chakras en días laborales y por la mañana. EP


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