La moronga: Joyería

La moronga es el blog de La Murci y forma parte de los Blogs EP

Texto de 01/11/19

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Hola qué tal, acá la Murci. Nombre completo: librería La Murciélaga. O la Murz, como quieran. Estaba matando el tiempo, pintándome mis garritas de rojo hemoglobina, y se me ocurre que sería un buen momento para abrir el pequeño sarcófago en el que guardo algunas de mis joyitas. ¿Por qué? Porque tampoco se trata de acumular nomás porque sí, también hay que permitir que circule un poco el aire y se espante ese olor a tumba que luego se materializa acá en mi cueva. 

Así que espero a que se retiren los últimos moradores de la caverna, les deseo sus buenas noches, les doy su bendición, cierro las compuertas, pongo los candados, enciendo mi vela y desciendo al lugar secreto donde guardo el sarcófago con mis joyas. Lo abro, ¿y qué encuentro? Encuentro que está muy pesado y no sé si lograré colocarlo sobre la mesa, y si lo hago, ¿aguantará la mesa?

La mesa aguanta, me pongo unos guantecitos, acerco la vela y me pongo a recordar. A recordar los años mozos en los que volé de librería a librería, en la Ciudad de México pero también en otras latitudes, para juntar algunos valiosos volúmenes, medio olvidados por el imparable viento de la historia. Ay, ya me puse melancólica, ¡siempre me da a estas horas!

Pero resulta que abro la caja, que diga, el sarcófago, ¿y qué encuentro? Revistas. Un montón de revistas. Algunos ejemplares de Rueca, algunos más de El hijo pródigo (prácticamente la tengo completa) y una curiosa publicación que solía circular en librerías de viejo… pero no era nada de esto lo que estaba buscando, así que cierro la sarco-caja, y de nuevo a darle: es un detalle que a menudo se olvida, que el trabajo de librera es especialmente difícil para la espalda y el lumbago. No es trabajo fácil para una quiróptera, debo aclarar. 

Codiciosos y necios lectores, de pronto se me ocurre que no tiene mucho caso hurgar entre mis sarcófagos-cajas para sacar mis tesoritos y decirles lo que resguardo. Bien podrían darse una vuelta, en horarios laborales, a preguntar por el precio de mi Poeta en Nueva York (edición de 1940, con “dibujos originales”), o por mi ejemplar (a la venta, aclaro) de la primera edición (en francés, obvio) de Esperando a Godot… Al final, recomendar estas cosas es casi como recomendar que uno aspire a una vida buena, que se coman taquitos de moronga o quesito de bola. Y no estamos para las obviedades.

Si de rarezas se trata, si me vienen a preguntar, yo les diría –en voz baja, discretamente– que consideren echarle un colmillo a estos ejemplares: Los ocho crímenes científicos del famoso Van Dine. Son ocho novelas, tal vez demasiado largas (Borges hubiera preferido que fueran relatos, según leí) firmadas por S.S. Van Dine, el pseudónimo (¡lo desenmascaro aquí mero!) del crítico de arte Willard Huntington Wright (1888-1939). Da igual: son testimonio de una época en la que la gente también se entretenía con seriales sobre crimen, pero en lugar de pasarlos en la tele, los imprimían. Ya sabemos: estuvieron Sherlock, Lupin, Maigret, y con Van Dine se nos premió con el detective Philo Vance.

Se pueden encontrar las novelas de Van Dine (o Huntington) en viejas compilaciones de Aguilar (que seguro identifican por sus lomos rojizos) pero las portadas coloridas que se prepararon para la Biblioteca de Aventura y Misterio de editorial Tor (de Buenos Aires) son mis favoritas. Tristemente, de los ocho crímenes, sólo tengo siete. Ni modo, así pasa.

Ya me dio amiguitos, ya me dio el tabardillo. Voy a seguir pintándome mis garritas. Luego les escribo sobre otras de mis joyitas. Hasta entonces, murcielaguitos. Chau. EP

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