Habitar el cuadrado

Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 08/06/20

Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP.

El vacío está sobre todo en una esquina de mi casa. Es un pasillo que conduce de los cuartos hacia la sala, pasando por la cocina. La cocina es una tirita diminuta donde apenas cabe el fregadero, la estufa y el refri, con una persona parada. La puerta del refri no abre completa. En cambio, el pasillo que conduce de la sala a los cuartos es muy grande. Si ese espacio de algún modo donara centímetros a la cocina sería ideal. Pero la arquitectura no funciona así, habría que tirar muros de carga. Nunca he sabido bien qué poner en ese pasillo. Con todo y que tiene un ropero en la esquina, siento que algo le falta. Una planta ahí se moriría por la oscuridad. Si pongo cuadros quedarían fuera de contexto. Un espejo, pero no me quiero ver cada que pase, porque paso mucho por ahí, todo el tiempo. Me pasa igual cuando dibujo y veo una hoja en blanco. Normalmente ahí la dejo ser.

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Durante las primeras semanas de secundaria le echaba especiales ganas a la clase de Biología. Recorté monografías para ilustrar una composición sobre los seres vivos y la maestra, que meses después alucinaría mi desidia ante todo, vio maravillada el tiempo que le había dedicado a esa tarea. Su sorpresa me sorprendió. Recordé a mi papá diciéndome que la secundaria era la peor etapa de la escuela y de la vida; que tendría tanta tarea que debería decidir muchas tardes cuál de todas no hacer. Dejé de recortar monografías y de desvelarme, y cada año me fui a varios extraordinarios que me dejaban sin vacaciones en verano. Para estudiar para el de Geografía, se me ocurrió prepararme a mí misma un examen y luego calificarme; una trampa autoimpuesta para escribir un acordeón. Dentro de lo que cabe, me divertí mucho con el juego, calificándome así como hacen las maestras en primaria, poniendo palomitas y rayando al final con enjundia y rabia la calificación en la esquina superior derecha, con una pluma roja que casi atravesara el papel. En mis exámenes en casa a veces sacaba siete, otras ocho. El extraordinario lo pasé con alguna calificación que no recuerdo.

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Tomé una materia de investigación artística este semestre. En ella hicimos un ejercicio de fenomenología. Teníamos que elegir un tema y tener una experiencia con él, trazar un proceso, tratar de alcanzar el epojé. Yo elegí el vacío, para ver si lograba vencerlo, como en mi época de extraordinarios. Ponerme un reto que luego yo misma me iba a calificar. Un juego como ouroboros. Pero la primera semana no logré hacer nada. En la siguiente sesión nos dejaron de tarea hacer algo con la experiencia y recordé una terapia del cuerpo donde comencé a dibujar blanco sobre blanco: un dibujo invisible donde lo único que existiera fuera la acción. Elegí un pedazo de muro y con maskin azul hice un encuadre como lienzo. Poner en ese muro un marco fue elegir un fragmento. Un paso para dominar la forma, un formato. Me paré todos los días y no pude hacer nada tampoco; a la siguiente semana rompí el cuadrado y tiré el maskin a la basura. Pensé en todas las ilustraciones que he hecho en los últimos años en formato cuadrado y por qué elegía esa forma para hacer un límite del mundo y encuadrarlo, y también por qué esa forma ahora me impedía dibujar. ¿Sería el formato el problema?

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En sus talleres de libro álbum, Javier Sáez Castán decía que un dibujo sólo es ilustración cuando pertenece a un espacio y sobre él está compuesto, o cuando propone una composición. Yo le enseñaba el dibujo de unas escaleras, o de una torre, o de un malabarista y él me preguntaba a qué espacio pertenecía. Sólo así podría decirme si el dibujo funcionaba o no. No había buenos o malos dibujos. Los dibujos debían decir algo y sólo lo hacían perteneciendo a la página. Como parte de un dispositivo, de un visor del mundo. En su taller hice un libro de formato alargado. Con un arriba y un abajo muy verticales.

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Pongo el cuadro de maskin en el muro, en esa esquina vacía y fuera de contexto de mi casa. Dibujo un cuadro de maskin y al mismo tiempo así delimito al muro. Los primeros días que paso por ahí, el cuadro me hace sentir una promesa de futuro. Pero los días siguen y nunca le pongo nada. El primer día me paré un tiempo frente al cuadro con un lápiz blanco y sentí que algo adentro se me cerraba. Lo dejé de hacer: pararme frente al cuadro. Y cada que pasaba y lo veía sentía que algo se iba cerrando más y más. Creo que debí haberle rayado cosas desde el principio. Lo quité y tiré los pedazos de maskin que hacían al cuadro.

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Ingrid decía que, para empezar un dibujo, había que trazar antes que todo los envolventes y luego dentro ir poniendo los detalles. Si era un rostro, hacer primero un rectángulo e irlo moldeando. Si era una fruta, un óvalo hasta llegar a la manzana. Una chica fue un día a la clase y entendió todo mal: dibujó un círculo y adentro del círculo una manzana, pero sin aprovechar el círculo para la forma de la manzana. Me dio ternura su literalidad. Como cuando a un niño le preguntas dónde se pegó para sobarlo y te dice que en el piso. Tú quieres aliviar el dolor de su mano, de su frente y terminas sobando el parquet o una mesa. Ingrid también hablaba siempre de los límites de la página. De cómo desde antes de trazar nada, hay que calcular al modelo en la hoja para no cortar pies ni cabeza. Cómo después de eso sería posible incluso jugar con las composiciones. Al principio nos dejaba añadir hojas si no había cabido bien en una sola todo el modelo. Eso se volvía un boceto o podía serlo, algo que luego redibujar en un lienzo y pintar.

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Busqué en mi archivo todas las ilustraciones cuadradas de los últimos doce años. Encontré unas treinta. Las más viejas eran más correctas también, o intentaban serlo. Coloreados dentro del límite de la línea, figuras que intentaban ser realistas aunque no es algo que logre fácil y, sobre todo, no es un tipo de dibujo que disfrute hacer. Y luego, un jaguar desparramándose por la hoja, en un juego de persecución con una mujer miniatura que corre como si estuviera en los Viveros, y no en una pesadilla donde tiene que apurarse para no ser devorada por su hermana mayor convertida en fiera. Los últimos dibujos son cuerpos desnudos de mujeres acostadas, como si trataran de alcanzar el borde de la página.

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Empecé a desparramar dibujos para olvidar un poco la forma y que el envolvente fuera ese mismo cuerpo.

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Por muchos días no supe cómo continuar con el ejercicio de fenomenología. Ya no había cuadro, pero seguía habiendo vacío, y yo no quería pintar blanco sobre blanco. Una hora antes de la clase, tomé unas hojas blancas de la impresora y las rompí en pedazos. En cada fragmento poligonal dibujé figuras acoplándose a su contenedor, diecisiete dibujos de primera intención, cuerpos cabiendo exactamente en los espacios, como empujando los límites con su piel. No había ninguna forma que se repitiera, ni adentro ni afuera.

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Cuando dibujo me gusta acostar en el formato los elementos de la composición. Los cuerpos se desparraman como un gato en un sillón.

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En una clase en línea, la ilustradora María Luque dice que cuando algo le llama la atención y siente el impulso de sacarle una foto, mejor toma nota, escribe. Ahí se quitan y ponen cosas naturalmente del contexto y se hace una imagen que deja fuera lo que para ella no fue importante de lo que vio. Si algo te llama la atención no lo fotografíes, anótalo, recomienda. Da como ejemplo una nota sobre unas chicas en un café que pusieron sus bolsas atrás de ella. Ésa era la nota: María ya no recordaba de qué color eran las bolsas ni conocía el nombre de las chicas, pero había capturado lo esencial para ella en ese momento.

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Por la noche vi a mi gata acostada en un brazo del sillón con sus propios brazos colgados, dejándose llevar por la gravedad. Y la fotografié. Luego me quedé pensando por qué no había hecho el ejercicio de María de escribirlo. A veces no hay tiempo. Pero para que algo luego se vuelva dibujo se necesita ese tiempo. Esa pausa. Ese preguntarme por qué un espacio en blanco deja de estar vacío para sugerir un formato, y luego dejarse habitar por un dibujo. Y no es exactamente el tiempo, quizá, sino la paciencia: darme el tiempo que creo que no tengo. Vencer la resistencia. Dejar que el blanco sobre blanco exista aunque sólo sea un punto. Que me digan que no puedo dibujar hasta la siguiente semana y aún así hacerlo. La angustia no habita en la hoja en blanco sino en mí. Hay que rayar la hoja nomás. Suspender un segundo lo que estoy haciendo, olvidar a dónde iba, y dibujar rayas blancas sobre fondo blanco, escribir sobre esa gata desparramada en un sillón en la noche mientras yo hago la cena y Santiago me platica desde el pasillo, en ese punto muerto, en esa esquina vacía, para comer ambos frente a la tele y cerrar el día. Una pausa para poner cómodos a mis personajes sobre los formatos de hoja que les haya tocado habitar, aunque sean cuadrados, como la forma de mi cama.

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A pesar de llevar yendo a psicoanálisis más de quince años, no entiendo cómo desamarrarme mi propio nudo. Para Phillip Lopate, al escribir ensayo personal, las resistencias son ese lugar que no quieres tocar. Él trabaja muchas veces desde la divagación y va dejándose perder y encontrar por temáticas y puntos de vista. A veces considera que alguno no es relevante y se sigue de largo, pero a veces se pregunta si realmente eso no será relevante, si no se está evadiendo ese algo porque está tocando fibras importantes. Y entonces va e indaga más.

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El vacío ante mi dibujo a veces no es más que una resistencia a mostrar lo que el dibujo es, a mostrar lo que yo soy, no porque sepa qué quiero ocultar, sino porque ignoro lo que puede revelarse. Entonces me quedo en la puerta y ni la cruzo ni me voy. Tan sencillo que sería a veces cruzar una puerta.

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Alejandra Moffat en sus clases de escritura y guion nos enseñó sobre los obstáculos que determinan las acciones de un personaje: acciones simples, acciones complejas, acciones con obstáculos y acciones con resistencia. Cuando el mundo se pone en su contra, el personaje debe vencer la adversidad. Cuando el personaje tiene un obstáculo externo, debe vencerlo: una tormenta en la calle sin paraguas. Pero cuando es interno, podemos no notar el problema aunque el problema esté ahí: no poder cruzar la puerta. Y tal vez ni el propio personaje recuerda ya por qué. Supongamos que el personaje es una dibujante que no logra dibujar.

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Mi hermano, que es psicólogo, me decía que hablar en tercera persona de uno, hablar desde la esquina del cuarto en vez de desde el cuerpo mismo, a veces ayuda a entender qué sentimos: No me digas me siento triste o feliz, muéstrame en una escena qué sientes. No hay palabras en realidad para todas las emociones, pero las acciones dicen más que los conceptos.

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Dibujar para otros como un acto de generosidad y para mí como un acto de egoísmo. Para otros como algo que tengo que hacer y para mí como algo que quiero hacer. El deseo contra el deber ser. Dibujar para mí: en una libreta o un diario. No importa el resultado, es un acto íntimo. Dibujar para otros: en un libro o publicación digital. Que me digan si está bien o mal. Una ilustración puede estar bien o mal; un dibujo no porque sólo es mío.

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John Berger también jugaba con dibujar desde la divagación. Armando Fonseca en sus clases de dibujo decía que no hay que forzar el trazo ni el concepto; que, como dirían los orientales, hay que dejar que la forma se manifieste.

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En el cuerpo y en una libreta que tiene un interior y un exterior, me es posible encontrarme. Mientras nadie me vea, es más fácil cruzar esa puerta. Pienso en una libreta cerrada, una casa cerrada, puerta cerrada, cortinas cerradas, silencio. Nadie sabe si adentro habita un vacío o si está llena de vida. Eso lo sé yo, lo sabe el habitante. Dejar las luces prendidas cuando sales de viaje para que nadie entre a tu casa a robar. Tal vez por eso prefiero dibujar en libretas.

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La clase de Ana Mayoral y todas las posibilidades de una bitácora. La magia de explorar los cuadernos, las notas, los registros diarios. Ordenar colecciones para narrar la propia historia; desacomodar sus piezas y narrar cada vez algo diferente, como un juego de verdades donde nada es falso porque todo me atraviesa.

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Dos semanas después de mis intentos fenomenológicos fallidos, encontré los pedazos dibujados y sentada en el suelo me propuse armar las hojas de nuevo. Algunos cuerpos quedaron de un lado y otros del otro lado de la hoja. Dudé en el camino si las piezas estarían completas. ¿Qué significará tener fragmentado el cuerpo en diecisiete pedazos, y que no coincida un lado con el otro?

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A los tres años, tenía una maleta de mimbre llena de rompecabezas de madera. Mi favorito era el de una ballena en el mar, formada en un cuadro con distintos pedazos y tonos de azul, tiras de color que iban configurando al animal casi a ciegas, con pedacería de turquesas, hasta que ante mis ojos surgía la escena completa, como una revelación. No había que pensar en la ballena, sino en las formas y cómo se tocaban y embonaban unas con otras. Mi parte favorita era el agua que le salía de la cabeza. Sé hoy que a las ballenas no les sale agua de la cabeza, pero a la del rompecabezas sí.

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El primer rompecabezas de verdad que armé tenía el cuadro Le déjeuner des canotiers de Renoir, y mil quinientas piezas. Me lo regaló mi papá. Me tardé más de un año en hacerlo; cuando lo terminé, le puse pegamento líquido encima para que no se despegara y lo enmarqué.

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Llevo semanas intentando armar un rompecabezas que mi papá me regaló hace quince años. No es que el rompecabezas me haya vencido. Ni siquiera lo he abierto. Sigue ahí sobre el brazo de un sillón y Parvana, mi gata, va y se acuesta junto a él. A veces siento ganas de levantarme y armarlo, eso me anima. Pero no he tenido fuerzas. Alguna vez lo empecé y luego me mudé de casa y lo guardé de nuevo. Tiene mil piezas y es una recreación de la pintura de La noche estrellada de Van Gogh, hecha con puros mosaicos: fotografías diminutas de paisajes naturales de todo el mundo. Sospecho que no contiene todas las fichas, que alguna se perdió en las mudanzas. Y aún así quiero armarlo. Cuando lo abra, ¿contaré antes las fichas o confiaré que no están completas y aceptaré aun así poner mi tiempo en ese juego?

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No se vale dibujar, representar, simbolizar, me dijo una compañera en escultura cuando empecé a bocetar una serie de piedras en equilibrio. Tal vez la solución para vencer al vacío sea responder con acciones, no con palabras. Hablar es una acción. Escribir es una acción. Dibujar es una acción. Pero ser sólo la acción, no lo que significan las acciones. Ser la acción sin su contenido. Ver la acción desde fuera. Un actor actuar. La letra ser sólo trazo.

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Bartleby frente a un muro vacío todos los días. Sin trabajar. Preferiría no hacerlo. ¿Dónde quedó mi deseo? Rompo una forma que me limita y al fin se rompe el maleficio y dibujo diecisiete dibujos. Armo luego un rompecabezas de mi cuerpo multiplicado. Tal vez soy como Mersault, que cuando le piden explicar por qué no lloró en el funeral de su madre, dice que no sabe. Y cuando le preguntan que por qué mató a un árabe, sólo dice que hacía demasiado calor. No puedo dibujar. No puedo dejar de quejarme y lloriquear y autocompadecerme. Me aburro a mí misma con esta historia que me cuento. En una vida donde no hay acciones porque me rehúso a hacerlas, ¿qué personaje de todos seré: el Bartleby, el árabe muerto o el extranjero?

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Para armar un rompecabezas, primero hay que encontrar las esquinas. Excepto si tienes tres rompecabezas, entonces da un poco lo mismo, porque hay demasiadas esquinas. Cuando rompí esos papeles para dibujar en todos sus fragmentos distintas versiones de cuerpos, recordaba que eran tres hojas, pero conté sólo diez esquinas cuando intenté hacer esa técnica. Tres hojas por cuatro esquinas, igual a doce. Doce entre tres es igual a cuatro. Debería haber habido doce esquinas. ¿Habré tirado cachos de papel? Dos debieron ser muy pequeñas, por eso no las vi. Sentí desesperación y prisa mientras intentaba armarlo. Parvana me estaba acompañando/molestando durante todo el proceso. No sabía si me iba a llevar minutos u horas o si iba a renunciar a intentarlo. Grabé un video en cámara rápida por si me llevaba horas, y dura apenas unos segundos. Se ve fácil porque todo en retrospectiva se ve fácil, pero también porque no fue tanto tiempo. Un video no puede retratar una emoción interna. Lo veo y me sorprende cuánto se comprimió algo que me generó tanta concentración. Se sienten muchos sentimientos al hacer un rompecabezas. Quería festejar cada que terminaba de armar una pieza, cada que una embonaba con otra, cada que un cuadro se completaba. Tal vez el video debería convertirlo ahora a cámara lenta, para que esté en su velocidad normal. Usé el mismo maskin azul del cuadro en el muro al ir embonando los fragmentos y lograr que permanecieran juntos los pedazos. No todos los dibujos están del mismo lado, no pensé que volverían a estar juntos.

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Hace dos semanas, me llamó mi mamá temprano y muy enojada porque sus gatitas le rompieron su vajilla. Y yo tratando de calmarla le sugerí que la pegara, le mandé mil links sobre kintsugi. No pudo pegar nada. O no quiso. Creo que tiró todo a la basura. Yo quiero ser más paciente que ella. Yo empecé por romper una hoja para poder dibujar. Las gatas rompen una vajilla y yo rompo mi no-dibujo. Mi dibujo vacío.

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La vajilla rota y los papeles despedazados son quizá una misma cosa. Romper el pasado por más valioso que sea, te deja sólo con lo presente.

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Mi mamá me dijo que de todos modos las quiere a sus gatitas. Me cuenta enternecida que a donde vaya en la casa la Pelanchita la persigue, y Marilola, la hija de Pelancha, persigue a su mamá. Así que ahí va mi mama a la cocina o del pasillo a la sala como cometa, con una cola de fuego hecha de gatas.

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Soñé que a Parvana la picaba un insecto que estaba siendo picado por otro que estaba siendo picado por otro. Mi mamá salía del cuarto de junto y me gritaba como cuando le rompieron la vajilla las gatitas, lloraba palabras que no entendía, hasta que entendía que había que llevarla al doctor. Háblale a la doctora, me decía desesperada. Y yo quitándole un alacrán a una cucaracha, un insecto con un pico fino a Parvana y que dejaba su aguijón adentro de ella. Se lo trataba de quitar, pero no sabía si era mejor dejarlo adentro; como dicen que pasa con las cuchilladas, que si sacas el cuchillo, te desangras. Y no sabía si el veneno iba a ser letal y si me iba a dar tiempo de llevarla al doctor, si alcanzaríamos a llegar. Y veía y tocaba su cuerpo y no sabía si era la última y la única vez que lo iba a sentir calientito.

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Rompo el dibujo y luego lo recompongo con maskin. Queda chueco, algunos cuerpos en el reverso y otros en el anverso. Esos cuerpos pertenecen al mismo espacio, pero nunca se volverán a ver. Miro los tres rompecabezas, que al tener dos lados, se convierten en seis rompecabezas. Para que regresen a ser dibujos, los tengo que volver a desarmar.

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Nada se rompe o se pega, sólo se arma y desarma. Lo que parece roto, siempre se puede volver a armar. EP

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Dulce Olivia 71,
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