Gazpacho, recetarios y apetitos absolutos

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

Texto de 01/06/20

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

“Todo lo que vive se sostiene sobre el hambre”.

Chantal Maillard, La compasión difícil

Hace dos semanas me hicieron dos endodoncias. Líquidos, sólo podía ingerir líquidos y ni siquiera de los divertidos (esos que llevan vodka, por ejemplo) porque: antibiótico. “No puedo comer una sopa más”, le dije a Abril. “¿Y si te haces un gazpacho?”, me sugirió. No le admití que en mi vida había probado uno. Seguro el jugo V8 no cuenta como gazpacho. 

La  primera vez que oí la palabra gazpacho fue en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988)  de Pedro Almodóvar. Pepa lo prepara y lo reparte a todos los personajes que, de pronto, están en su sala. “¿Qué tiene este gazpacho?”, le pregunta el  policía y ella da la receta ingrediente por ingrediente.

Mujeres al borde…, es una aparente comedia que, en realidad, nos enfrenta a ese drama que es el amor. El dilema de la amante de un hombre casado, a quien para colmo han abandonado, se complica cuando ella decide que sin él no tiene sentido vivir; pero su intento de suicidio se ve interrumpido por los problemas, chicos o grandes, de un carnaval de personajes que son uno más increíble que el otro. ¿En qué momento la tragedia personal se vuelve una comedia colectiva? Yo no lo sé, pero Almodóvar sí, es por ello que existe esa escena en que Pepa sostiene un duelo, gazpacho en mano, con la esposa de su amante quien, claro, abandonada doblemente por el esposo está al borde de un ataque de nervios.

Al borde, pero de la vida y la muerte, estaba también mi mamá cuando su mejor amigo vino a visitarla al hospital. Para evitar llorar ante la escena  —mi madre un cuerpo delgado, débil dejándose ir— se le ocurrió decirle: “Comadrita, tienes que recuperarte porque… ¿quién nos va a preparar esa carne de navidad que sólo tú haces”. Era agosto, todos sabíamos que mi madre no llegaría a Navidad. Ella encontró ánimo para hablar —y eso que su lengua era una sola herida abierta— y la memoria aún no tocada por la morfina le permitió decirle: “¡Ay, compadre! Es bien fácil: necesitas diezmillo, ciruelas pasas, jugo de piña…” Todos en la habitación del hospital lloraban en silencio. Yo también, pero también trataba de concentrarme en memorizar esa receta.

La clave del gazpacho según Pepa, la de Almodóvar, es el pan. Ella dice que debe ser “pan duro”. Pero, de acuerdo a una de las recetas que consulté en línea, es mejor si el pan está un poco mojado. Yo puse un pedazo de pan ni duro ni mojado. Lo cual demuestra que en la cocina no sólo no soy confiable, sino que no confío. Aparte, no sé seguir bien las instrucciones al pie de la letra.

Mi madre era igual. 

Hace un mes mi hijo estuvo de visita y me ayudó a buscarle lugar a cosas y documentos que se habían quedado un poco de adorno tras la última mudanza. Encontramos un cuaderno que me robé  de casa de mi madre cuando murió, un recetario en el que hay recortes pegados con  Pritt o cinta Scotch. Nos dio mucha risa encontrar un mundanal de recetas complicadísimas que mi madre copió a mano y que no recordamos haber probado. ¿De dónde venían esas recetas? Si hubieran sido de revistas, entonces las hubiera recortado y pegado como las otras. ¿Las escuchó en la tele, en la radio? ¿Se las pidió a alguien? ¿A quién? 

En el cuaderno de mi madre el menú es variado: pasteles, galletas, estofados. Platillos pensados no sólo para prepararse sino para compartirse. Mi madre era la mejor anfitriona y, dicho  sea de paso, la mejor huésped en una mesa. No le decía que no a nada, todo lo probaba y, a diferencia de mi padre, a todo le encontraba el gusto. Del recetario llaman la atención sus notas al margen o en mayúsculas, ajustes que había que hacer para que la receta saliera mejor. Mi madre, en la vida  y en la cocina, no confiaba. Ella era su autoridad.

La madre de Amélie Nothomb era, también, una autoridad alimentaria. En Biografía del hambre la autora comparte el problema alimenticio de su padre, “un hombre al que le jugaron una mala pasada: le impusieron la obsesión de comer y, cuando estuvo bien poseído, le pusieron a régimen hasta el final de sus días”. Así, la esposa fue la “administradora de su esclavitud alimenticia. Ella ostentaba el poder nutricional”. En nuestras familias, ¿quién decide qué comemos, cuánto y por qué?

Estuve casi diez años sin ser parte de las decisiones sobre qué se comía, cuánto y  por qué. Digamos que me convencí –o me dejé convencer—de que yo no sabía cocinar un carajo. Los sartenes, las ollas, las compras y la estufa no estaban a mi alcance. O yo no estaba a su medida. Por eso no entiendo por qué en uno de mis diarios de esa época tengo recetas que, como mi madre copié a mano en letra clara y precisa. ¿Por qué recetas si yo no cocinaba? ¿Qué clase de resiliencia estaba tratando construir? Hace unos días hice una sopa mediterránea, que era más bien una vil juliana, siguiendo una receta de mi diario.

Volver a la cocina no porque se tiene hambre de comida, sino hambre de retos.Biografía del hambre habla de la anorexia de la autora pero extiende la idea de hambre como necesidad: de crecer, de ser. La autora, diría César Tejeda, logra la clave de toda  autobiografía: contar  algo, en este caso su infancia, alrededor de una premisa. Nothomb gira en torno el hambre, sí, pero no sólo de comida, sino de lenguaje, experiencias, afectos, países, idiomas. Hambre también de, dice ella misma, “leer esos espejos de placer y dolor llamados novelas” aunque “prefería los cuentos, de los que tenía hambre y sed”.  Si en su escritura Amélie Nothomb suele hablar desde lo absoluto, en este nos cuenta de su absoluto apetito por descubrir el mundo de los sentidos y el mundo del intelecto. Puro deleite.

El deleite de la protagonista de Mostly Martha (2001) es a través del ejercicio culinario, no de comer. De hecho, comer se erige anorexia y, a diferencia de las personajes de Almodóvar o la misma Nothomb, en ella no hay un desborde emocional sino lo opuesto: la contención. Martha es incapaz de relacionarse con otros, Martha es incapaz de abrirse y hablar de sí misma. Martha es incapaz de muchas cosas. La primera escena lo resume todo, acostada en un diván, en vez de explicarle al terapeuta qué la ha llevado a su consultorio, ella le relata paso a paso su receta para hacer trufas para luego admitir que, en la cocina, “precisión, tiempo y logística lo son todo”. 

En estos últimos meses de encierro he descubierto que, para no ser una autoridad alimentaria, hago un buen trabajo en la cocina. He preparado: chili beans –vegetariano y no–, curry rojo, gazpacho –para mis dientes heridos y para mi paladar antojadizo–, panqué de plátano, pollo al horno con cerveza, berenjenas a la parmesana, sopas varias y mucho más. Hoy, por  ejemplo, tuve un Zoom con unxs amiguxs para aprender a hacer tortillas de harina. Las mías parecían tortillas abstractas o bien un aproximamiento a pan árabe, pero oh well. La perfección no es lo mío, no importa cuán virgo.Martha, en cambio, como la chef de un elegante restaurante sólo busca la perfección y, cuando no la alcanza se dirige hacia el refrigerador gigante donde se confina a recuperar el aliento, la destreza, o a sí misma (¿alguien recuerda cómo la protagonista en Kitchen de Banana Yoshimoto encuentra la paz en el motor de su refri?). Una vez  controlado el episodio de pánico, regresa a la cocina a practicar y exigir perfección, incluso de los comensales.

Pero es imposible mantenerse contenida y perfecta cuando, de pronto, se pierde a alguien y una se vuelve responsable de alguien más. La hermana muere y Martha se ve obligada a cuidar de su única sobrina y del duelo que ambas, para colmo, son incapaces de expresar. Tía y sobrina no pueden digerir la muerte repentina y, por tanto, se niegan a ingerir bocado; es como si supieran que nada, mucho menos la comida, les va a traer consuelo.

A mí me pasó al contrario, cuando mi madre murió me dio por devorar. “Todo lo que vive se sostiene sobre el hambre”, dice Maillard y dice bien. Hambre o no, buscar comida era una manera de sostenerme viva,  pensar en algo más que no fuera el duelo.

Martha y su sobrina eventual e italianamente descubren que la una es el consuelo de la otra y que la comida es sólo eso, comida. 

Hay esperanza después de todo.

En la última semana me ha dado por cocinar al tanteo. Veo más o menos la receta, me fijo en  la preparación pero termino haciendo lo que me da mi gana. Lo llamo rebeldía. Alguien lo llamará ineptitud o necedad. Lo cierto es que me divierto montones tratando de escuchar mi hambre y cocinar para . Me permito hornear un panqué a las diez de la noche, agregarle romero a todo lo que se me cruza, incluido el vodka con hielo, rallar jengibre para mi té helado y probar cosas que nunca antes.“Si no hay, no lleva”, decía mi amiga Marigé. Cocino con esa tesis porque tiene razón, si no hay, no lleva. ¿Qué necesidad hay de desbordarse o contenerse cuando falta algo en tu cocina? Una puede adaptarse hasta que ese ingrediente se reabastezca. En este confinamiento hay que tramar con lo que se tiene, así que eso he comenzado a aderezar el “si no hay, no lleva” con un “si no sabes hacerlo, te lo inventas”. Digo cocina, pero bien podría estar diciendo vida. EP



RECIBE NUESTRO NEWSLETTER

DOPSA, S.A. DE C.V
T.  56 58 23 26 / 55 54 66 08 /
56 59 83 60

Dulce Olivia 71,
Villa Coyoacán,
Coyoacán,
04000,
Ciudad de México