García Luna en Estados Unidos

Norteando es el blog de Patrick Corcoran en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 20/01/20

Norteando es el blog de Patrick Corcoran en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Hay muchas reacciones lógicas al arresto en Dallas de Genaro García Luna, uno de los arquitectos de las políticas de seguridad pública durante los sexenios de Fox y sobre todo Calderón. Su caída puede interpretarse como una muestra de la poca calidad de los secretarios panistas; de la futilidad de la guerra contra el narco; del vergonzoso alcance de la corrupción en el Poder Ejecutivo; y de la vulnerabilidad criminal de dos expresidentes mexicanos.

Pero lo que a su bloguero más le llamó la atención es la confianza con la cual presuntamente llegó a delinquir, y la seguridad con la cual pasaba en frente de los que lo andaban investigando.

Consideremos lo siguiente: En octubre de 2012—es decir, dos meses antes del fin del sexenio de Calderón, en que García Luna ocupaba el puesto de secretario de Seguridad Pública—274 SIGB LLC, una empresa fantasma registrada en Florida en agosto del mismo año, compró una casa en un lujoso sector de Miami por el precio de 3.3 millones de dólares. Meses después, García Luna se instaló en esa misma casa: En febrero de 2013, obtuvo una licencia de conducir en Florida que llevaba la vivienda como su residencia. En abril, García Luna se compró una Harley Davidson, usando la mismísima casa para registrar la moto con el estado. En pocas palabras, todo indica que mientras navegaba su salida del empleo gubernamental, García Luna usó esa empresa para adquirir una mansión.

La huella de García Luna en Miami se extendió más allá que la casa en South Island: El 4 de diciembre (a penas tres días después de salida de Calderón), él creó una empresa que se llamaba GL Associates Consulting LLC. Para llevar a cabo su formación, García Luna utilizó el mismo agente que antes incorporó 274 SIGB LLC: un abogado local que se llama Daniel Serber. Un contador de nombre de Gabriel Diaz-Sarmiento también funcionaba de director de ambas empresas. En 2018, GL Associates compró un condominio en el centro de Miami por un precio de 1.2 millones de dólares.

Viendo estas circunstancias objetivamente, la conclusión más razonable es que García Luna se fue directamente de dos décadas en empleo público a una vida de esplendor en una de las ciudades más lujosas del mundo. Desde luego, su sueldo como secretario de estado no alcanzaba para tal estilo de vida, así que existía una discrepancia entre sus ingresos declarados y su aparente consumo. Para un exoficial que arrastra un sinfín de alegaciones de colaboración con el crimen organizado, eran datos muy llamativos. Al ver lo anterior, uno no tendría que ser un aficionado de las conspiraciones para pensar que la explicación más sencilla es que García Luna se haya vendido al narco.

También cabe destacar que estos datos son completamente el resultado de records públicos, teóricamente al alcance de cualquiera que tenga una conexión al internet y la curiosidad necesaria. Una investigación policiaca dispone de herramientas mucho más poderosas, desde las transferencias bancarias hasta las intervenciones telefónicas.

Es decir, si García Luna sí es culpable de lo que se le acusa, hizo muy poco para disfrazar sus actividades. Desde el momento que salió del servicio público, es como si trajera encima un letrero que decía, “Investígame.” Y las agencias gringas le hicieron caso. A pesar de los cuantiosos capos de Sinaloa—el cártel que más se asociaba con García Luna—que han caído ante las autoridades estadounidenses para luego estar en condiciones de pasarles información sobre su relación con la administración de Calderón, García Luna se sentía con la confianza de pasar por Dallas como si no tuviera ningún riesgo.

Si aceptamos que las acusaciones en su contra tienen mérito, ¿cómo se explica esta indiferencia total al peligro con que coqueteaba?

Una gran parte de su imprudencia tiene que ser producto de su entorno. Es decir, después de casi dos décadas como una figura notoria en México, en que los rumores crecían pero nunca enfrento un proceso criminal, García Luna se creía invulnerable. Evidentemente, tenía una expectativa de impunidad que toda la lógica, las evidencias, y el interés personal no fueron capaces de quitarle. Esta expectativa de impunidad, que habla de un entorno en que colaborar con los criminales era lo más normal, es más alarmante de cualquier caso individual. EP

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