Fantasmas a la vuelta de la esquina

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 23/03/20

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Salgo a caminar a las cinco de la mañana. A esa hora la ciudad todavía no enciende la luz del sol y los parques son algo así como un gran bostezo al que se le meten las mosquitas hasta la garganta (yo). Pasaré el resto del día encerrada en el departamento, pero al menos ya he sido testigo de aquella cotidiana resurrección menor, que es como John Banville llama a los amaneceres.

Despertar temprano es un hábito que Joseph me inoculó, igual que el de improvisar canciones mediante la modificación de las letras:  All we are saying is give pizza a chance. O también: You’ve got a friend in meat. Hace un mes que no sé nada de él, pero a ratos platico con su fantasma. Sé que le gustaría mi nuevo sencillo: Lavándonos las manos, tallando bien arriba (adaptación del éxito original noventero de El Símbolo).

Para Joseph era importante llegar al deportivo antes de que la alberca se llenara de viejos madrugadores. Nadábamos durante cuarenta minutos y luego volvíamos a casa para desayunar a las siete. Me gusta usar el pretérito imperfecto por motivos de la narración, aunque quizá debería usar el perfecto simple, pues la verdad es que lo del deportivo no ocurrió más de cinco veces. Acomodo mi gramática de forma tendenciosa porque me es difícil aceptar que algo tan fugaz como un romance de pocas semanas haya podido enraizarse profundo en mi memoria. Más, considerando que fui yo quien dispuso su desenlace.

En este aprender a vivir sola me he vuelto escrupulosa al elegir compañía, y con frecuencia voy descubriendo que me resulta más agradable el fantasma que la persona real.

Solía pensar que el pasado era el tiempo gramatical de los fantasmas. Ahora me inclino más por el subjuntivo.

*

A las cinco de la mañana, dos empleados de limpia pública comparten un bocadillo de pie junto a los basureros. Un rápido intercambio de miradas me despoja de aquella cierta cualidad fantasmal que yo sentí que cargaba hasta ese instante. Nadie, ni Ale, que duerme apacible en el departamento, sabe que deambulo por las calles vacías de la colonia. El anonimato es mi prerrogativa desde que estoy soltera y el DF es un excelente lugar para ejercerlo. Más que un barrio es mi conquista. En esto me identifico con Amélie Nothomb cuando se escapa del jardín de niños.

Andar por la ciudad deshabitada me hace sentir su dueña. Soy consciente de que la caminata ociosa está mal vista en estos días, pero nadie tiene por qué enterarse de esta ínfima subversión personal que practico en las mañanas.

Dan las seis y poco a poco los trabajadores asalariados comienzan a abandonar sus hogares, almuerzo en mano. Se desperezan igual que fantasmas recién invocados. Durante ocho años fui una de ellos, aunque hoy me sea fácil renunciar a aquella época como si no hubiera ocurrido nunca. Mi vida en oficina transcurrió paralela a un matrimonio mal llevado. Fueron años de ternura y de grandes mentiras que prefiero evocar como incertidumbres más que como hechos.

El ambiente de la ciudad en emergencia me recuerda al de los días posteriores al sismo del 19 de septiembre. Una especie de fragilidad compartida, paranoia que por momentos encuentra sustento en la realidad. La calma es una ilusión: utopía y al mismo tiempo engaño. La verdad es que habitamos un mundo hecho de naipes. Tan solo nos tenemos a nosotras mismas.

De igual manera, todas mis certezas se trastocan ante el avistamiento de un fantasma indómito. Tres pasos mal calculados me llevan a la calle donde alguna vez existí antes de convertirme yo misma en recuerdo. Desde el balcón se asoma aquel gigante que me regalaba abrazos para no estrangularme. En la ventana, los animales. La modesta selva de bolsillo que fue mi refugio y hogar.

De pronto el cuerpo me traiciona y me descubro estirando ligeramente el brazo, como dejándome guiar por un perro imaginario, espectral.

*

El refranero niega la realidad concreta del subjuntivo imperfecto. El hubiera no existe. Pero cómo no va a existir si yo lo enuncio a cada paso. Existe también su futuro, aunque en desuso: hubiere. Hubiéremos tenido hijos, a lo mejor, algún día. Hubieren sido infelices, tan tristes como tú y yo, y rencorosos.

Convivo con fantasmas que yo misma inventé. Hijos improbables de un cariño poco extendido, que no habrían podido nacer ni en un millón de universos paralelos.

Imperfecto y presente, el subjuntivo existe. Respira en esta caminata sobre alfombras moradas. Nunca es tan hermosa la ciudad como en los primeros días de primavera. Hasta los fantasmas más fatigosos nos vemos impelidos a vivir.

Las jacarandas en flor se adornan con lo que queda de nochebuenas y leles. Las bugambilias resplandecen e incluso la luz del sol parece tener tonos diferenciados, algo impensable el resto del año. Esta delicada organización me recuerda al meter y sacar del clutch al ascender una pendiente, un equilibrio casi mágico de estrecho margen de acción. Algún cursi (yo misma) podría añadir que también se parece mucho al amor.

Ya estaríamos en cuarentena, acostados, pienso, viendo renacer las magnolias.

(También el condicional le pertenece a los fantasmas).

Ojalá no hubiéramos sido tan nosotros.

El subjuntivo merodea la recámara, el cajón donde guardo la ropa interior. No se interroga con signo ni en tono. Me hubieras podido decir las cosas a tiempo. Hubiéramos podido darles solución. El fantasma convive en el mismo universo material que los hechos de la naturaleza. Me llamo Alaíde, suceso convenido. Te quise. Me hubiera encantado que nuestra historia terminara de otra manera.

Hipotético incuestionable. La ausencia del signo ? es su evidencia ontológica. El hubiera existe, como existe la escritura: la ventana desde la que me asomo al presente que pudo ser, pero no fue, y a los futuros que hoy solo alcanzo a tocar por medio de la imaginación.

*

Fue Joseph quien me contó la hipótesis del valle inquietante, según la cual a nuestra percepción le agrada encontrar familiaridad en productos no humanos, como dibujos animados o robots, pero dentro de cierto límite. Es necesario que exista un margen de diferencia entre el producto y el espectador, de otra manera resultará repulsivo. La empatía es un recurso exiguo y el desconcierto no es buen aliado. Si un androide es perfecto, nos dejará intranquilos. Así mismo, la idea de una pandemia puede llegar a ser emocionante, siempre y cuando no se torne demasiado verdadera.

También fue él quien me dijo que esta hipótesis ha sido desacreditada en diversos campos, como la robótica y la psicología. Yo, que me dedico al estudio de lo fantasmal, delibero con el comité que soy yo misma y concluyo que como metáfora es aplicable a mi análisis.

Un fantasma, entre más familiar, más tolerable. Pero tampoco tanto, ya que si llegara a parecerse demasiado a su versión original de carne y hueso, provocaría rechazo y darían ganas de matarlo de nuevo. El fantasma es casi humano, despojo de lo vivo o embrión, idea. No es persona, no puede serlo, y cuando se empeña en ello resulta ominoso.

(He desarrollado un manifiesto al respecto, sobre el cual aún estoy trabajando).

*

Dice Vivian Gornick que estar soltera puede ser una postura política. También dice que vivir sola demasiado tiempo te puede hacer olvidar cómo es ser humana. Graciela, que pasa días enteros sin salir de casa, incluso durante épocas de no confinamiento, me ha contado que a veces interactúa con sus gatos para aceitar sus mecanismos básicos de sociabilidad. Con ellos se permite sentir la gama de emociones que consideramos intrínsecamente humanas: enojo, ternura, tristeza, decepción, apego.

Por eso los felinos pequeños no pertenecen al mundo terrenal. Son, junto a algunos otros entes y objetos notables, como las esporas, el lanugo y la membrana vitelina, visitantes o cruces residuales del plano de lo fantasmal. (También estoy trabajando en un abordaje concreto sobre este tema).

No recuerdo si la Gornick ha opinado algo sobre la conversación con gatos, pero sí sé que le preocupan los paliativos a los que recurrimos para no volvernos locas en esta soltería autoinflingida. Por ejemplo, el acto de caminar. La ciudad vuelve tolerable la soledad mediante este raro dispositivo de conexión genérica intercambiable que activamos al recorrer sus calles. Inclusive en una ciudad fantasma, como lo es el DF en cuarentena a las cinco de la madrugada.

No sé cómo me las arreglaré a partir de mañana, fecha en la que he dispuesto frenar mis paseos secretos. No puedo seguir desobedeciendo, incivilizada. Me quedo en casa. (En mi casa que es el DF reducido a setenta metros cuadrados).

Supongo que un hogar puede ser esto: el lugar donde los fantasmas personales logran sentarse a descansar. También, esta inconfundible seguridad de estar entre los míos, vivos o muertos, a pesar de que por el momento casi todos se encuentren resguardados en sus respectivas colmenas. Por lo pronto yo estoy haciendo paces con los espectros rebeldes que acechan a cada esquina: habitantes de la Narvarte y de mi memoria infestada. Cada edificio, una escena distinta. A partir de hoy recuerdos, hologramas. Postales de esta ciudad que es mía y que lo seguirá siendo cuando vuelva a caminarla.

Me es fácil retomar las palabras de Samuel Johnson sobre Londres y reinterpretarlas desde mi corazón casi chilango, confinado:

Quien se ha cansado del DF, se ha cansado de la vida. (Y ni siquiera los fantasmas se cansan nunca de la vida). EP

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