Falaciario: Falacias en la cocina

Falaciario es el blog de Irene Tello Arista en Este País y forma parte de los Blogs EP

Texto de 13/03/19

Falaciario es el blog de Irene Tello Arista en Este País y forma parte de los Blogs EP

Sor Juana asevera en la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz que “si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”. Esta declaración tiene como fundamento la sabiduría que la Décima Musa adquirió durante su estancia en la cocina y un deseo por denostar el conocimiento que se aleja de los saberes básicos. Y es que los conocimientos culinarios son tan variados que versan sobre un amplio espectro de temas: como el proceso químico para producir mayonesa o la tipología de manos que debe tener uno para cocinar ciertos platillos: las manos pesadas, ligeras, calientes o frías.

Sin embargo, tal y como en cualquier área del saber, en la cocina tampoco faltan las falacias. Uno de los ejemplos que me viene a la mente tiene que ver con el procedimiento para pelar un pepino. Si uno se digna de no ser un bodoque, deberá tener la habilidad de pelar un pepino sin rebanarse un dedo y pasar la prueba de toda cocina mexicana que se respete: saber el truco para que el pepino no salga amargo.

Nuestras abuelas y madres nos enseñaron desde pequeños que la manera correcta de pelar un pepino es empezar por cortar las puntas y proceder a frotar la punta cortada hasta producir una fina capa de espuma en el extremo. Este procedimiento digno de un ritual antiestrés con toque de manualidad jocosa no debía tomarse a la ligera. Si uno osaba ayudar con la labor de pelar los pepinos podía ser interrumpido a la mitad de la faena y cuestionado con severidad sobre si se procedió a frotar las puntas. Una respuesta negativa equivalía a ser expulsado de la cocina.

La técnica de cortar las puntas del pepino es milenaria y supersticiosa. Las pocas veces que me he atrevido a cuestionarla he pagado con creces dicha osadía, pues el sabor real del pepino siempre es menor comparado con el sabor ideal e imaginario del universo paralelo en el que sí decidí cortar y frotar las puntas.

Si preguntamos a alguien por qué sigue este consejo, probablemente la respuesta será que se basa en una sabiduría popular. Si todo mundo lo hace, cómo puede estar equivocado dicho procedimiento. Sin embargo, este tipo de argumentos esconden la falacia de autoridad colectiva o ad populum. Investigando un poco más sobre este proceso, descubrí que una posible explicación al ritual de cortar y frotar la orilla de los pepinos tiene que ver con eliminar todo residuo de la cucurbitacina, el compuesto químico presente en esta fruta, el cual se acumula predominantemente en las puntas de aquellos individuos que tuvieron un crecimiento estresado. Así que todo este ritual consiste en eliminar de raíz todo signo de este compuesto amargo. Ojalá existiera un procedimiento similar para quitar la amargura de algunas personas con crecimientos estresados.

Aunque existe la idea de que es necesario frotar las puntas del pepino, parece ser que tan sólo es necesario cortarlas y no utilizarlas para deshacerse de gran parte de la cucurbitacina. En fin, quizá la teoría del pepino se produjo en un afán por demorarse más en la labor de cortar verduras, o en un intento por pasar el tiempo. La falacia no estriba en la verdad o falsedad de la técnica, sino en la manera de justificarla. Si todo mundo dice que es bueno aventarse de un barranco, dudo que alguien siga el consejo. Por lo tanto, no hay razón para tomar algo por válido basándonos en la cantidad de personas que respaldan dicha idea. Cada quién decidirá si sigue o no con el ritual del pepino, lo que sí deben dejar de hacer es justificar dicha técnica porque todo mundo lo hace. Regresando al dictum de Sor Juana, uno puede entender con este ejemplo que si Aristóteles hubiera pelado un pepino, mucho más hubiera escrito sobre lógica. EP

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