En mi azotea hay murmullos y se arrastran las cajas

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 01/04/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Creo que en la seguridad del aislamiento en casa, el virus pasa a ser nuestra cabeza. El tiempo se ha vuelto una masa espesa, densísima, y nuestros pensamientos nos asfixian. Llevamos en el país apenas unos días de encierro, y al levantarme me oprime la mente el “otra vez aquí 24 horas, un día más de resistencia de quién sabe cuántos”, pero me la oprime aún más que cada hora dure el triple.

El tiempo ha cambiado su consistencia. En la Ciudad de México —pese a sus infinitos conflictos y que todo es una carrera de obstáculos desde que sales de casa— corrías y corrías para que te alcanzara el tiempo, cuya curva (citando al coronavirus) siempre estaba por debajo de la línea de las obligaciones. Era un tiempo ligero, se te escurría de las manos como jabón mojado, era “evanescente”, como solo explica esa palabra hermosa.

Instalados dentro de nuestros muros, ahora todos podemos empezar a carecer de problemas, y eso es un problemón. Hey, no tanto. Ya acecha en millones el problemático fantasma de qué hacer si no se genera dinero, si no hay para pagar luz, internet, renta, lo que mantiene más o menos confortable la nueva vida. Y hay otro problema: consumimos insaciables tanta información en los dispositivos, que al final del día, a punto de reventar, no tenemos ni la menor idea de qué comimos sino solo de que no podemos más. Esteban Rubinstein, un médico amigo argentino que es parte de la estrategia de su país para que el sistema de salud no colapse, me decía por WhatsApp que ante la complejidad de esta nueva etapa y las pocas certezas sobre el coronavirus, los medios deberían hacer un voto de silencio: salvo por las medidas preventivas como el lavado de manos o la sana distancia, podrían “callar” (usó esa palabra alzando la voz) para no desorientar. Eso jamás ocurrirá, pero es cierto que nunca habíamos leído, visto y oído tanta información sobre un fenómeno, y a la vez nunca después de ese consumo voraz lo habíamos entendido tan poco. Supongo que el reto es, por piedad con nuestras neuronas, cerrar los labios a Internet (y aquí estoy, sin que me los cierren, rompiendo mis propuestas).

Es difícil ver Netflix apaciblemente cuando transcurre “Harry Potter y el misterio del príncipe”, y suena el cliiiiin de tu celular. Pongo pausa. Un amigo me envía un video de camiones militares avanzando por una carretera vacía escoltados por patrullas con sus horribles sirenas encendidas. Los camiones de Lombardía llevan cientos de cadáveres al crematorio: el cementerio local se saturó. Es cierto, no vemos a los cuerpos, pero lo que podemos imaginar no es tan distinto a imágenes de los campos de concentración de Auschwitz o Treblinka. Reinicio Harry Potter y cuando está por besar a Ginny pienso “en este momento está muriendo gente”. Reviso: 30 de marzo 8:52 pm: casi 40 mil muertos. En cadena nacional, López-Gatell ruega a los mexicanos casi gritando “Quédense en casa”, y minutos después nuestro presidente sugiere en un video a los jóvenes que practiquen boxeo. En este momento clave para México y la humanidad, habla de box. Tuiteo con furia.

La información atrofia a mi cerebro y el ostracismo a mi cuerpo, y mi gato Bialy, que me tiene que soportar todo el día, me mira compadeciéndose. Por eso me dispongo a ir a la azotea con tenis, pants y gorrita. Al subir recuerdo a Gordolfo Gelatino sobre un camastro tomando piña colada entre tinacos y tanques de gas: él fue el primero en redimensionar la azotea.

Pero este soy yo, no mi ídolo, y estoy fundando el deporte olímpico 7 mil Metros Planos de Azotea. Ya nos lo exigió Bárbara de Regil: “¡Que nadie te quite esto, esto es tuyo, es tu sonrisa!”. En total soledad, bajo el apabullante silencio del último instante del atardecer y con una preciosa playera del Atlante sin mangas, corriendo inicio la rutina de 8 millones de vueltas a un ovalo de unos 20 metros entre tendederos y jaulas de ropa de 1976.

Ya es de noche, y mientras sudo agitado oigo crujidos que salen de un cuarto de servicio. Es innegable que son ruidos, pero aquí no hay nadie: solo yo y mis zancadas. Corro y más ruidos, inexplicables, emanan de otro cuarto. Me detengo y husmeo por una ventanita. No hay nada.

“Aquí no puede haber ratas, no tienen alimento”, pienso. 50 minutos después termino de correr y mientras hago lagartijas, en una oscuridad aún peor, oigo murmullos. Termino y se callan. Paso a las abdominales. Es claro: vuelven los murmullos y ahora se mezclan con ruido de cajas de cartón arrastrándose. “Carajo, no es normal –me digo-, ¿qué es eso? Estás sintiendo miedo, campeón”.

Suspendo el entrenamiento de alto rendimiento (si sigo así no llegaré a Tokyo 2021), desciendo apurado y abro la puerta de casa. Mi corazón está acelerado.

“Es culpa de la soledad y la sobreinformación”, pienso al rato, hundiéndome en las frazadas, mientras Bialy me maúlla preocupado.

Yo se los dije desde el principio: otro virus anida en nuestra cabeza.

Mañana correré cuando aún no se haya ocultado el sol. EP


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