El morado está en todas partes

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 10/03/21

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Las razones de las marchas nos habían entrado siempre por los oídos. Podías ser una niña de los años 80 y de la mano de tus papás, entre la multitud que avanzaba por Paseo de la Reforma para apoyar al Partido Socialista Unificado de México,  oías un coro: “Cuba, sí; yanquis, no”. O una década más tarde ser un adolescente adorador del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, y lo que escuchabas y gritabas era “Zapata vive, la lucha sigue”. Y en los dosmiles la lealtad también se transmitía en ondas sonoras con “Es un honor estar con Obrador”, que podías compartir o no, pero que sí o sí conocías. 

Cualquiera fuera la causa, las marchas te aleccionaban por lo que escuchabas, mensajes escuetos y claros. Es cierto que los mexicanos veíamos muchas cosas en las marchas, pero los escenarios eran más o menos los mismos: caravanas de mujeres y hombres vestidos con sencillez que, usualmente en calma, alzaban el puño izquierdo y acaso agitaban banderitas, cualquiera fuera la lucha. 

La muchedumbre podía pedir la renuncia de Carlos Salinas de Gortari en 1994, el retiro del Ejército estadounidense de Irak en 2003, el reconocimiento del triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, pero el paisaje era muy parecido. No así los sonidos humanos, necesarios para saber de qué iba eso que te llevaba, la marea humana. Y si te la topabas por accidente en un día cualquiera, para identificar la demanda de esos quejosos parabas a fuerza la oreja: “¿qué están diciendo?”. Y entonces la causa de esas voces te conmovía o te era indiferente.

Pero hace no tanto llegaron las marchas del 8M. O llegaron antes los feminicidios en masa, y entonces las marchas del 8M. Las noticias de mujeres embolsadas, descuartizadas, ejecutadas, violadas y arrojadas a canales de aguas negras, basureros, se volvieron habituales. Los hombres podíamos abrir los ojos y a lo sumo decir “qué horror”, para ese mismo día y al día siguiente, y el siguiente del siguiente seguir con nuestros machismos pequeños, grandes, monstruosos, volver a abrir sorprendidos los ojos y repetir “que horror”, y quizá con el tiempo ni siquiera repetir “qué horror”: total, no lo puedes decir todo el tiempo si son tantas las asesinadas. No puedes decir “qué horror” años y más años, décadas.

Uno tras otro para salir del paso, los gobiernos pusieron play a su casete y repitieron que investigarían y aplicarían todo el peso de la ley a los responsables, aunque en el 99% de los casos no investigaron y menos castigaron a los culpables, que hasta hoy son libres.

Como decía, un día vimos esa novedad: las marchas del 8 de marzo. Las mujeres, las feministas, ya no eran personajes que en calma soltaban grititos tímidos a favor de algo, ni ondeaban banderitas con la hoz y el martillo, ni caminaban serenas. Como ráfagas, las feministas se nos metieron por los ojos, nos los cubrieron de morado. Con sus playeras, sus caras, sus mascadas, sus pancartas, sus cruces de luto, sus bengalas, sus flores, sus aerosoles, sus pintas. Con sus acciones determinadas, visibles siempre.

Como la autoridad y los hombres no nos molestamos en escuchar porque es una pérdida de tiempo y porque quien escucha asume que cede el poder y eso es inadmisible, quizá decidieron que a los diarios, las redes sociales, las calles, los monumentos, el internet, las fachadas de cantera, los cubriera el color. A ver si así no las veíamos. Ya tenemos claro que no son las mismas marchas: que aquí las demandas llenan todo de morado: y esto no es un circo colorido. Aunque pudiera no interesarnos y el presidente diga que no tiene idea qué es, por ellas sabemos que el morado es una guerra contra el pacto patriarcal del hombre que protege al otro hombre que violenta. Y también que el morado está a favor del aborto legal y contra el abuso sexual, psicológico, laboral. Es una exigencia; un ultimátum, mejor dicho, para el país que asesina 10 mujeres al día y viola 45, y contra el gobierno que con su inacción lo fomenta.

La masacre crece, crece, crece, y también la furia.

Y en medio de la masacre sin fin, un gobierno que por primera vez podría al menos escuchar y escarmentar en piel propia (o sea, la cantera antigua de sus edificios) el precio de su pasividad, inoperancia, negligencia ante la atrocidad que sufre la mujer, e incluso el precio de su respaldo al pacto patriarcal que ya todos sabemos qué es, no está dispuesto a escuchar ni escarmentar.

En cambio, el gobierno que se dice “feminista” dicta cátedra de cómo hacer todo mal. Todo. Llama a las feministas títeres de los conservadores, falsas, violentas, provocadoras (las insulta, en definitiva), cuando no hay duda de que las marchas con banderitas y grititos ordenados sirven de nada. Y aquí no se trata de la paz en Irak: ellas son quienes mueren. 

El gobierno “feminista” las aporrea con muros de acero, les tira gases lacrimógenos, les coloca esposas, detiene, encapsula, y claro, mientras tanto respalda candidatos violadores y protege mansiones de celebres showman de la tv acosadores múltiples con tantos policías como sea necesario, tantos como ninguna mujer que denunció el abuso de un hombre recibió jamás antes de ser asesinada por ese mismo hombre. 

Pero no hay retroceso: el morado nos entró como una ráfaga por los ojos y ya está en todas partes, todos los días. EP

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