El gran baile de salón

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 30/11/20

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Del mundo, lo que más extraño es su gran rumor. Hablar y caminar eran dos acciones que solía practicar imbricadas y que ahora he tenido que desanudar, como cuando empecé a almorzar sin beber agua para no agotar mi apetito antes de tiempo; no me gusta desperdiciar. La comida que queda en mi plato va a dar al refrigerador y luego al guiso del día siguiente. Las reflexiones que brotan en mi cabeza al desplazarme, ya no a pie sino en bicicleta, y que no hallan salida mediante el diálogo, pues todos los diálogos están en pausa, ¿a dónde van?

Si es verdad que un amigo, un verdadero amigo, es primordialmente un testigo, eso explicaría el desconcierto que me provoca esta repentina, feroz libertad. Me encuentro sola, en confinamiento lejos de mi país y enfrentada a los ecos de mi propia voz. Moverme con los ojos abiertos, pero sin puntos de apoyo, se siente como descender a oscuras por una escalera a la que alguien acaba de quitarle los barandales.

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En mis talleres siempre digo lo mismo: que las escritoras no trabajamos con palabras, sino con imágenes. Las palabras son engranes. Levanto una estructura de legos en mi cabeza, luego la desbarato con la intención de armarla de nuevo en la de alguien más. A veces olvido los planos y en mitad del traslado la imagen se viene abajo. O tal vez surge algo nuevo, posiblemente algo mejor.

También, como tengo más ideas que palabras, estiro las significaciones de estas, de las pocas o muchas que conozco, y así es como de repente me encuentro abusando de las figuras retóricas en el habla y en el texto. Para ejemplo esta metáfora que ya estiré hasta ablandarla: algunos días me siento como una niña que colecciona legos, pero no tiene con quien jugarlos.

Para eso pueden servir los libros, lo acepto. Pero no todo es la literatura, no puede serlo. También estaba lo otro. Me acuerdo.

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En días de confinamiento el espejo es mi policía personal. A ratos, cuando la luz rebota en cierto ángulo, la imagen de mi mamá se agazapa sobre mi rostro de treinta y cinco años. Un dedo fantasma estira la piel de mis pómulos subrayando mis ojeras y estas recién estrenadas arrugas pandémicas.

No he alcanzado aún el punto de iluminación ni desdoble que me permita mirarme del modo en el que me miraría un extraño, pero al menos puedo intuir las opiniones de mi gente más cercana. También, en un ejercicio de reflexión y refracción, me invento las conversaciones que no estoy teniendo. Si me lo preguntan, diré, a la manera de Pessoa, que me ha dado por sentir con la imaginación.

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Dice la científica chilena Isabel Behncke que uno de los costos más altos de la cuarentena es el daño a nuestra necesidad humana de agruparnos y desagruparnos, la cual en condiciones normales solventamos mediante mecanismos de fisión-fusión. En el mundo sin covid, interactuamos con dos o tres personas temprano, luego con otras tantas en la oficina y finalmente con cinco o seis al cerrar el día. La constelación de estos subgrupos, que en mi cabeza se dibuja como un ostentoso baile de salón, nos dota de una sensación de movimiento que trasciende el plano físico. Es la ilusión de la ingravidez, de la frescura. El despliegue de este péndulo imaginario funge como regulador de diversas químicas cerebrales y al mismo tiempo despacha ciertos apremios, en apariencia banales, pero para mí imprescindibles, como el tener tema de conversación. 

También durante el baile de salón es importante el intercambio de parejas. Es el único modo de hacer visibles los errores y corregirlos, conocer variantes nuevas y, finalmente, depurar la técnica. Francamente ya no hallo qué responder a la pregunta “¿y qué me cuentas?” cada que me conecto a Zoom. Me he convertido en esa interlocutora que solo sabe hablar de personajes imaginarios y de los libros que leo. No saben el trabajo que me está costando escribir este post.

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La pandemia no inventó el bovarismo, esto es obvio, pero al menos a mí me lo encajó. Me evado del mundo en cuatro flancos que se corresponden con tiempos y modos gramaticales. Primero está el pasado, igual que ha estado siempre, en las fabulaciones de esta memoria engañosa a la que acudo de forma rutinaria. Luego está el subjuntivo, el irrealis, la sublimación de aquellos deseos que a ratos pienso que no veré cumplidos: lo que debió ser, pero no fue, ya ni modo; queda el mundo paralelo a manera de consuelo. Más allá está el futuro, que se aleja como se aleja el horizonte del que hablaba un muy cursi Galeano. El futuro es esa quimera compartida, hoy sustentada en la oración que repetimos como mantra: “cuando todo eso pase”. Y finalmente está el presente, una habitación llena de voces provenientes de mil puertas falsas. Esto también puede ser la literatura: algo a medio camino entre el universo onírico y el chisme, postales del mundo flotante en las cuales sumergirme. 

Me detengo en un salón de baile hecho de legos, descubro que las únicas jugadoras son mis interlocutoras imaginarias. 

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He dejado de decir que estudio los mecanismos narrativos de las autoras que me gustan. Ahora me digo, con levedad impostada, que estoy conversando con mis visitas. La lectura es la primera invocación y desde ahí abro un diálogo medio psicótico en el que mi personaje hace y deshace a su antojo. Es la imagen maquillada del espejo acechante. Alaíde sin las ojeras del confinamiento.

Escribo. Hablo y escribo. Escucho (leo) y escribo.

Pienso, como Ribeyro, que un cuento debe contar una historia y “transmitir simplemente el rumor de la vida”. Ah, y que los relatos deben ser leídos de un tirón, en eso también estoy de acuerdo. Por cierto, que yo intento aplicar ese mismo principio en mis novelas y por eso subdivido en capítulos cortos a manera de conversaciones. Creo que así me acerco a la intrascendencia que tanto extraño, a la naturalidad con que sucedían aquellas acciones que hoy involucran peligro: platicar de camino al metro, de camino al parque bajo la luz imprecisa del atardecer, con la panza llena de taquitos de Malportaco y las piernas guangas de tanta bicicleta y la vejiga estriada por las ganas de hacer pipí.

Decía Quiroga que es importante saber exactamente a dónde vas desde antes de escribir la primera palabra. En tiempos de normalidad estaría de acuerdo, pero en confinamiento me hace falta la jiribilla. Es rico empezar una historia sin saber cómo acabará, acercarse de este modo al gran rumor del mundo. También, salpicar de oralidad los textos, como quien no quiere la cosa, escribir de a mentiritas y al final borrarlo todo.

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Esta semana he estado leyendo, digo, conversando con Marvel Moreno, maestra de la evasión; sus personajes femeninos escapan a la opresión patriarcal mediante artilugios que van desde el delirio y la duermevela hasta el asesinato. Me gusta cuando se nota que una autora escribió un cuento para divertirse, para retarse a sí misma, como es el caso de “La noche feliz de Madame Yvonne”, un carrusel de puntos de vista, mi anhelado baile de salón. Me gustaría decir que yo hago lo mismo. Me refiero a lo de disfrutar con la evasión, no al juego de formas; me encuentro todavía a años luz de eso.

Pero hasta Marvel Moreno sabe que hay un momento en que cada quien necesita contarse, y contarse delante de alguien para no convertirse «en una gruta en penumbras, en una caverna sin eco, algo oscuro y definitivamente silencioso». Al menos yo todavía tengo los ecos, no se han ido, le digo a mi visita. Ella entiende de fantasmas y murmullos, toda su escritura está plagada de estos seres.

A Marvel Moreno su propio esposo le dificultó la publicación de su obra. No le gustó el tratamiento que hizo de él en sus ficciones ni la mirada cáustica que por lo general le otorgaba a sus personajes hombres. Así pasa, le digo. Y no solo en la literatura. Piensa en cualquier arte, el resultado es el mismo. Berthe Morisot no pudo acceder a una educación formal, aprendió arte copiando a los clásicos del Louvre. Marie Bracquemond abandonó la pintura, harta de las críticas constantes de su esposo. Eva Gonzalès murió joven por complicaciones del parto. Mary Cassatt tardó en convencer a su padre de que le permitiera estudiar, pero cuando entró a la Academia de Artes descubrió que profesores y compañeros la trataban con condescendencia.

A Marvel la conocemos poco y es una lástima, su literatura es prodigiosa. Me está enseñando mucho sobre habitar la ausencia y a descender a tientas por escaleras sin barandales. En su tiempo no hubo pandemia, pero hubo patriarcado. Se volvió experta en el arte de contemplar el mundo desde la esquina del cuarto, con el oído afilado y la escritura apresta, esperando, esperando, esperando y todavía esperando a que llegara el momento de, ahora sí, finalmente y para siempre, reintegrarse al gran rumor. 

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“Echó a andar por el corredor, los ojos fijos en las baldosas negras y blancas recién lavadas con creolina. Del otro lado del hospital, en la capilla que olía a azucenas marchitas, las hermanas rezaban las letanías del atardecer. Oía el lento, interminable murmullo de sus voces. Hubiera querido que siempre fuera así, un solo silencio, una sola oración subiendo al cielo. Le gustaba aquella hora en que la luz se desvanecía como el humo y la oscuridad llegaba de repente. Le había gustado toda la vida”. EP

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