El día que Felipe Calderón sacó lo peor de mí (¿y de ti?)

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 09/09/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Había pasado la medianoche y seguía sin sueño, en un día en que intermitentemente había revisado las noticias sin esperanza, con la seguridad de que en cualquier momento leería: “Aprueba INE partido de Felipe Calderón”. No podía ser de otra forma: a esta nación la persigue la fatalidad con tal saña, con un empecinamiento tan salvaje, con un dolo tan cruel, que el partido del político-maldición sería engendrado con toda certeza por el órgano electoral. La abominable sombra del expresidente nos cubriría hasta quién sabe cuándo. 

No tendríamos escapatoria: México Libre nacería, y eso iba a pudrir aún más a nuestro país ya de por sí en estado de descomposición. ¿Consecuencias? Nuestros impuestos irían a Calderón y su esposa (sí, joder, también los financiaríamos), los escucharíamos a ambos un día sí y otro también hablar de cualquier cosa (desde la política que se debe seguir contra el narco hasta el nacimiento de una jirafa en Chapultepec) porque tendrían el aval de la legalidad como fuerza política, y claro, veríamos mucho más la odiosa sonrisita sarcástica de Felipe: “No me quieren pero aquí sigo. Os chingáis”.

Por si eso no fuera suficiente, podrían empezar a temblarnos las piernas. En una de esas, si ocurría un fenómeno como Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, Macri en Argentina, México Libre empezaría a crecer y en unos añitos tendríamos a Margarita Zavala recibiendo la banda presidencial para anclarse en la gran silla: la derecha mexicana al poder seis años más, como si a este pobre país no le bastaran las decenas de miles de muertos y desaparecidos desde el 2006, el año oscuro en que Calderón asumió y marcó nuestro horrible destino.

Por eso, cuando a la noche, segundos antes de dormir, leí en mi teléfono “Niega el INE registro al partido México Libre, de Felipe Calderón”, sentí una paz interior como pocas veces en la pandemia. Algo muy agradable, sedante: como si viera pastar borreguitos en la alfombra verde de la pradera irlandesa de Connemara, como si flotara en las mansas aguas azules de la isla de Moorea en la Polinesia, como si sintiera la fragancia del Bosque de Jade en Nueva Zelanda.

La notita de Aristegui Noticias decía claramente “niega”. No me resistí y puse en Twitter “hoy dormiremos bien, profundo, sonrientes” —y a mi alegría se unieron 168 tuiteros, entre likes, comentarios y retuits—, una cifra muy arriba de mi promedio, con quienes compartí la fiesta: “ineficacia y corrupción”, escribió Daffny; “inmejorable fin de semana”, calificó Belén; “vaya”, escribió Remigio.

“Por eso, cuando a la noche, segundos antes de dormir, leí en mi teléfono “Niega el INE registro al partido México Libre, de Felipe Calderón”, sentí una paz interior como pocas veces en la pandemia.”

¿Leí en esa noticia por qué el Instituto Nacional Electoral le negó el registro? No, en realidad no me importaba un átomo, y era momento de festejar. Me pasaba algo primitivo, como cuando al América le pitan un penal que no fue y gritas Yes!, o al más vil buleador de tu escuela un día le dan una trompada que lo quiebra, y te pones contento. Es decir, su tropiezo despertaba en mí y en tantos algo satisfactorio proveniente de las entrañas. 

Hace nueve meses, cuando parecía que México Libre galopaba firme, recordé en este espacio: “Antes aún de asumir, cuando habían pasado horas del recuento de votos y a la elección la opacaban las acusaciones de fraude y la infame campaña negra de ‘AMLO es un peligro para México’, soltó la frase que lo definió: ‘haiga sido como haga sido’. Insinuaba que si bien violó la ley, él sería presidente. Cinismo para trepar a lo más alto del podio aunque fuera segundo, no primero. Ese socarrón ‘haiga sido como haiga sido’ que aniquilaba el nacimiento de la democracia pudo ser un institucional ‘gané’. Y punto. Pero no, necesitaba burlarse con un ‘no te gané pero te gané’. La burla lo divertía, agitaba su vientre abultado cada vez que lo repetía”.

Es decir, quizá como ningún político antes, Calderón instauró la burla como método. Con la burla sistemática (que fue acción, no solo gesto) hería en lo más profundo. Se burló al echar a Aristegui por hacer preguntas incómodas. Se burló cuando a dos ejemplares estudiantes del Tec, Jorge Mercado y Javier Arredondo, su gobierno los asesinó porque eran “sicarios armados hasta los dientes”, cuando en realidad eran inocentes y el Ejército los ejecutó para luego sembrar armas en sus manos. Se burló cuando su administración y su gran policía, Genaro García Luna, fueron capaces de armar montajes televisivos para convencernos de que vencían a grupos delictivos, y también se burló al nombrar y sostener a ese policía que, según investigaciones, recibía sobornos del narco. No sería descabellado que con una monumental mentira se esté burlando de la sociedad cuando se defiende con su inverosímil “es falso que mi gobierno tuviera información sobre nexos de Genaro García Luna con el narcotráfico”. Y, desde luego, se burló de su propio país y de su propia investidura cuando inició una disparatada guerra contra el narco (contra un ala del narco; la otra no le molestaba) que condujo a México a una masacre sin fin.

Cuando supe que México Libre no sería partido me fui contento a dormir y, entonces sí, a la mañana siguiente leí la principal razón de la negativa: el origen del 8.18 % por ciento de los recursos de esa organización no se identificaron plenamente.

Soy honesto: el argumento me pareció ridículo. Hay un 91.82 % de recursos sí identificados, pero el 8.18 % no, y ni siquiera hay certeza de que su origen sea ilícito. Pero ese 8.18 % difuso bastó para decirles “no pasan”.

¿Y entonces? Igual me dio mucho gusto, como a millones.  Y como millones pensé que, al menos por ahora, “México Libre no va, haiga sido como haiga sido”.

Calderón y su política sacaron lo peor de México. Calderón y su política sacan lo peor de nosotros.Lamentable pero real: Calderón impuso tanto pero tanto dolor que flota la sensación de que hay justicia divina en el desproporcionado castigo al peor de nuestros verdugos. EP

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