Durísimas lecciones para padres Montessori

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 26/08/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Tirado en el sofá un domingo de pandemia a las 6 de la tarde, con la cobija cubriéndome hasta la nariz como en un gélido invierno sueco y el gato acurrucado entre mis pies con calcetas de lana, medio desperté de un microsueño a deshora, y abriendo un solo ojo me dirigí a la pequeña ocupante del sofá vecino para mitigar mis culpas.

—Hoy sólo hemos visto Netflix, ya llevamos casi tres horas. Juguemos un torneo de algo: de Uno, Basta, Dominó. Tú dime-, le propuse.

—No quiero jugar ningún torneo.

—Son muy divertidos—, insistí.

—Siempre son lo mismo.

—¿Y si retomamos Robinson Crusoe? Sólo nos faltan 250 páginas.

—Ya me aburre muchísimo —contestó—. Desde que logró salir de la isla sólo se la pasa hablando de que es millonario, y cuando contó que se murieron sus papás ni se entristeció: ¿no tiene sentimientos?

—Bueno, pero seamos productivos, podemos hacer collage o pintar: saca tus plumones—, persistí.

Y entonces, como si en un juzgado dictara sentencia sobre mi paternidad-COVID, la fiscal dejó de atender la pantalla de la sala para notificarme seria: “Estoy cansada de que me organices actividades. Desde que estamos encerrados planeas mil cosas. Es normal que no quiera hacer nada. Ya, estoy bien así: te lo pido por favor, papá”. Me sentí como un hijo regañado. 

““Me emociona que mañana inicien las clases”, dijo. “Pero serán virtuales”, precisé en un enriquecedor comentario, como para que por nada del mundo olvide que en esta era todo es catástrofe. “No importa, así van a ser”, me respondió.”

Desde el 19 de marzo, día que esta casa se volvió refugio y despedimos a la libertad para no convivir en la calle con el virus, me resté 25 años para volverme el joven y entusiasta animador de un curso de verano intramuros.

En nuestro depa no habría lamentos ni ocio ni dejaría que ella sufriera traumas; seríamos los protagonistas de un confinamiento vital, alegre e inolvidable. En esa lejana primavera (parece que hubieran pasado 31 años) en que López-Gatell aún cantaba sonriente “Las Mañanitas” para enseñarnos a lavarnos las manos, una noche escribí en un papel:

8 am: Nos levantamos, vestimos y hacemos la cama

8:30 am: Desayuno

9:00 am: Escuela (virtual) 

12:30 pm: Limpieza de arenero de Bialy

1 pm: Torneo mixto de juegos de mesa

2:30 pm: Preparar comida

3 pm: Comida

4 pm: Lectura Robinson Crusoe

5 pm: Hacemos pastel 

6 pm: Pintamos comiendo pastel

7 pm: Vemos series (tampoco se trataba de suprimirlas)

Regocijado por ser un padre tan innovador y proactivo, al despertarse le pasé la hoja y la leyó bostezando, entre compadecida y sorprendida: “Ah, muy bien, pa’. Lo hacemos”, dijo, como para que yo supiera que cumpliría la agenda y que valoraba mi adaptación a los tiempos infecciosos.

Estoica, aguantó mis horarios abril, mayo, junio, julio. Pero el domingo pasado no pudo más. Como les contaba, se negó a jugar torneos, leer o pintar, y un rato después, mientras frustrado yo volvía a mi dulce siesta vespertina, me despertó su voz: “Me emociona que mañana inicien las clases”, dijo. “Pero serán virtuales”, precisé en un enriquecedor comentario, como para que por nada del mundo olvide que en esta era todo es catástrofe. “No importa, así van a ser”, me respondió. La pantalla transmitía su debilidad: La casa de papel. Pensé que quizá, en el fondo, quería volver a estudiar para no acabar como Nairobi, su ídola, que después de una vida terrible se volvió la falsificadora de un escalofriante atraco a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Aunque no le dije nada de eso, quizá adivinando mis pensamientos me aclaró sus simples razones para estar contenta de volver a la escuela: “Tengo ganas de ver a mis compañeros y mis maestros. Me caen muy bien”.

Se hizo de noche, y cuando la tapé con las frazadas en su cama me hizo un pedido: “Despiértame 7:25. La primera clase inicia 7:45”.

A esa hora exacta me oyó levantándola, se alzó como un resorte y fue a peinarse y lavarse la cara. Cerró el baño y 10 minutos después salió sin pijama, vestida muy correctamente. Encendió la compu, me pidió cuidar al gato para que no la interrumpiera y en su cuarto la oí durante cuatro horas, muy contenta, tomar clases.

Cuando acabaron, a la tarde, volvimos a los sofás. Esta vez no habría agenda del día ni curso de verano intramuros. Por el contrario, prendí la pantalla y puse La casa de papel, como para que quedara claro que yo era su cómplice. “Apágala”, me pidió. “¿Por?”. “Juguemos un torneo”. “¿Estás segura?”. “Sí”. Llevamos el Uno a la mesa, dijo “Tú revuelve y reparte”, y aguantó jugando cartas media hora. Paciente, me complació con el torneo para que su pobre padre Montessori no se traume en la pandemia. EP

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