Diccionario de conceptos emocionales

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 16/08/21

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Prueba de las limitaciones del lenguaje, de mi lenguaje, es que me resulta imposible transmitir con precisión la sensorialidad que se despliega en el acto de comer. Los adjetivos suenan huecos para hablar de salsas: rica, sabrosa, fuerte, chingona. Ninguna de las figuras retóricas le hace plena justicia a las frutas: ni la hipérbole —las mejores mandarinas del mundo—, ni la analogía —es como masticar miel—, ni la metáfora —un regaderazo en la playa— y mucho menos la lítote —no está nada mal—. Me quedo corta, cortísima, y eso que desde hace algunas semanas comencé a leer un diccionario en mis ratos libres.

Prueba de las limitaciones de la percepción es que ni siquiera puedo apelar a una supuesta universalidad de los sentidos. Lo que reconozco como dulzura no es lo mismo que otra persona reconoce, igual que a mí el cielo se me aparece en un tono índigo brillante que quizá mi pareja percibirá como más tenue, verdoso, opaco o siniestro. 

Todo lo anterior ya se sabía. Es uno más de esos datos vagos y levemente amañados que utilizábamos en la prepa para hacernos las interesantes: que si el gas es inoloro, que si hay palabras intraducibles, que si los inuits y la nieve, que si el prefijo teo y el griego y el náhuatl, y un demasiado largo etcétera. Sin embargo, hasta los clichés más deslucidos a veces esconden sorpresas, y hace algunas semanas me topé con un librito que vino a agregarle un componente nuevo a la narrativa de la granularidad: How emotions are made, de Lisa Feldman.

*

Desde la ventana de la nueva casa, el horizonte se antoja inabarcable. Alguien me dijo que, en el desierto, la curvatura de la Tierra es más notoria. Me gustaría poder definir cómo me siento al ver mi propia imagen reflejada en el vidrio empolvado, pero las palabras que vienen a mi mente le pertenecen a otra escritora —Leila Guerriero—: me siento leve, un poco feroz, arbitraria.

Codell me pregunta qué tal estuvo mi día. 

Great, contesto, very good, pretty well. 

I’m glad, responde. 

Ahora somos dos en el reflejo de la ventana.

*

Clarissa Dalloway deambula por las calles de una ciudad que, aunque amplia, es estrecha si se la compara con la vastedad inagotable de su propia mente. La superposición de tiempos y espacios la empuja hacia un monólogo infinito. Can relate. Clarissa piensa en Peter Walsh y a ratos lo convierte en su interlocutor imaginario. Le importa mucho la opinión de Peter, con quien se siente en deuda. Entre otras cosas, dice, le debe palabras como sentimental y civilizadosentimental y civilized—. Un libro puede ser sentimental, una actitud ante la vida también. Ella misma, Clarissa, lo es, con aquel continuo regreso al pasado y su predisposición hacia la melancolía.

«Había llegado a considerar que lo único que valía la pena decir era lo que una sentía. La inteligencia era una tontería. Una debe decir, sencillamente, lo que siente». 

Le pregunto a Codell cuál es su estado de ánimo.

Happy as a clam, responde.

Felipe y con tenis. 

*

En la ciudad me siento anónima, minúscula y al mismo tiempo libre. Al interior de mi mente, atrapada e hiperalerta. Por eso me gustan las ventanas, porque me regalan amplitud, pero poquita, apenas la suficiente.

Sé lo que es estar enamorada y condenada, en inhalación perpetua, el abdomen siempre adentro y las costillas inflamadas, y mi voluntad empecinada en encarnar un personaje que quién sabe quién escribió. ¿Yo? ¿Un personaje escribió un personaje que escribió un personaje?

*

Dice Feldman que las emociones son conceptos. A pesar de que corresponden a un orden ligeramente distinto al de los conceptos mentales, comparten con estos su tipología e incidencia en la realidad. Los conceptos emocionales también son construcciones cargadas de significado que prescriben acciones: el cerebro los toma como base para delinear una simulación del exterior y así cablearse de un modo u otro. Como un algoritmo, digamos, aunque con prejuicios e inseguridades en vez de publicidad. Debemos entenderlos como algo que nosotras creamos y no como simples reacciones instintivas ante los estímulos del mundo. Ni son reflejos automáticos que se oponen a la racionalidad ni brotan por arte de magia. Las inventamos y, por este motivo, las podemos modificar. Adiós a la dicotomía sentimental-civilizado. Bienvenida la esperanza de sosiego para quienes vivimos con el cerebro invadido por un ejército de tlacuaches nerviosos.

El algoritmo se adapta con cada nuevo descubrimiento. Necesito palabras para nombrar lo que no conozco. El mundo no existe mañana todavía. La plenitud es algo así como una sensación de alegría libre de ansiedad, algo así como la confianza, como la comodidad. No sé cómo definirla, pero me gusta. ¿Que si esto es el amor, que si esto es el amor?

Will you still feed me when I’m 64?

*

La señora Dalloway me sugiere que hable de lo que siento. En esto, Woolf se parece a Feldman, que apela a la amplitud de vocabulario, y a las psicoanalistas clásicas, para quienes la representación del trauma mediante el lenguaje es un medio terapéutico eficaz. Siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo.

Entonces los conceptos emocionales no son del mismo orden que los mentales, pero se les parecen bastante. Debe de ser por eso que, en inglés, a todas mis frases las antecede I think en formato intercambiable con I feel. Me paro de puntitas para atenuar mi presencia en este mundo que no es el mío. Lo que más me aterra en un país ajeno es la posibilidad de incordiar. 

I think that I love you.

I feel that I love you.

I love you.

Ahí vamos.

*

Los conceptos son modificables, pero para lograr esto necesitamos material. Cómo obtendremos granularidad si no tenemos suficientes granos. Lo que procede, adivino —las mujeres somos las de la intuición— es aprender más palabras, reutilizar las que ya tenemos, construir estructuras nuevas, leer el diccionario, atascarse de experiencia humana, escuchar, hablar, decir, nombrar, iluminar. Lo de siempre.

Las investigaciones de Feldman arrojan que las personas, en su mayoría, no suelen distinguir entre sentirse deprimidas y ansiosas, y que utilizan palabras medio huecas, como enfado, tristeza o miedo —angry, sad y afraid— para comunicar sus sentimientos, cuando en realidad muchas veces quieren expresar cosas distintas o más específicas. Y a continuación un detalle que no he pasado por alto: la traducción del libro convirtió angry en enfado y no en enojo, como yo habría preferido: molestia, empute, estar encabronada, emperrada, me lleva la verga, no mames, qué poca madre. Entonces, me encuentro ante la inutilidad de los conceptos genéricos intercambiables, a los cuales de tanto aferrarme he ido poco a poco vaciando de significado. Ah, mis amados clichés, traicioneros malos amigos. 

Feldman recomienda el aprendizaje de palabras nuevas. ¿Y si mejor un idioma completo? ¿Y si mejor me aprendo a una persona?

No sé cómo ser cursi en inglés. Ni siquiera sé cómo traducir esa palabra. A lo mejor lo que debería leer es un diccionario bilingüe. O inventarme uno en coautoría.

*

Para la cena, Codell prepara manwich, que es otra forma de decirle al sloppy joes. También prepara stir frye, surf’n’ turf, po’boy y otro chingomadral de platillos que yo no conocía pero que ahora forman parte de mi recién estrenado diccionario de uso privado —priva2, porque es de dos—. Mi granularidad culinaria es todavía muy reducida en inglés, así que agradezco su cocina con expresiones como awesome, amazing, so fucking delicious y tasty as fuck. Para el desayuno, yo preparo chilaquiles, molletes, sincronizadas y otras comidas que puedo adaptar con insumos gringos. Gradualmente voy entendiendo a qué se refiere cuando dice que un alimento es sharp, zesty, full-bodied. De paso descubro, porque soy cursi, que esas palabras también me sirven para describirlo a él. La reconfiguración de mi sentido del gusto está en proceso, lo que sigue será el diccionario de mis conceptos emocionales. Me pregunto cómo afectará todo esto a mi escritura, digo, a mi cableado, digo, a mi felicidad.

*

Gezellig es una palabra holandesa intraducible. Se refiere a, mas no necesariamente significa, conviviality, coziness, fun. Se usa para describir una situación relajada, libre de tensiones: andar como pez en el agua, a toda madre, sentirte como en tu casa —aunque sea la casa que construiste en un país ajeno—. Puede indicar pertenencia a la tribu, el tiempo que pasamos con nuestros seres queridos, la experiencia de ponernos al día con viejos amigos o la sensación general de estar juntos, ese acompañamiento que provoca un calorcito adentro. Algunos lo consideran el mero núcleo de la holandesidad. Yo lo llamo soltar la panza del alma. Es lo que siento cuando Codell me prepara una comida que no he probado antes, pero que de alguna manera me parece familiar porque también provengo de la tradición culinaria del retazo, armar platillos con los restos que sobraron de otras cenas. Como que el pasado y el futuro se traslapan en un monólogo sabroso y sentimental. Como que las palabras se quedan cortas, pero haré el esfuerzo por traducir mi emoción. 

Escribimos un nuevo diccionario, luego lo editamos a cuatro manos.

La Wikipedia en inglés incluye una fotografía de una servilleta (?) con una traducción aproximada (?) de Gezellig

La salsa para sloppy joes anuncia uno de los mejores slogans que conozco: A sandwich is a sandwich, but a Manwich is a meal.

Una casa es una casa, pero una casa que huele a salsa es un hogar.

Me aflojo el pantalón y me dispongo a cenar, sin cubiertos, incivilizada, un alimento sencillo y delicioso. No tengo palabras todavía, no me importa, las tendré, tengo papilas gustativas. Las nubes descienden hasta tocar la ventana, pero yo me encuentro adentro, a salvo, a mis anchas. Utilizaría la servilleta de la foto para limpiarme las comisuras de los labios, pues las tengo todas embarradas de barbecue. Después miraría por la ventana hacia el horizonte azul del desierto, que a medida que avanza el otoño se aploma encima de los cerros. Clarissa Dalloway tenía razón: el paisaje contiene algo de nosotras mismas. Los cielos de El Paso, como una actitud ante la vida, como este texto, como estos días, como el corazón de Joan Sebastian y el mío también, qué me hago: sentimental. EP

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