Cuota de Género: Un dibujo al día

Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 14/10/19

Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Nunca he sido una gran corredora, ni me distingo por tener una disciplina modelo. Me engaño cuando me digo que hoy voy a cambiar y me desengaño cuando eso nunca pasa. Pero hay casos excepcionales.

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Hace cinco años intenté hacer por primera vez el reto del inktober. Y fallé. No sé si era la mezcla de usar herramientas poco compatibles: un pincel muy grueso y una libreta de bolsillo muy pequeña. O si era no tener un rumbo fijo.

No conocía en aquel entonces la lista que Jake Parker (inventor del inktober) propone cada año. O bien quería buscar otros detonantes, inventarme mi propia lista; pero tampoco lo hacía. Me empezaba a atrasar y me ocurría lo que al ir postergando algo termina pasando: me abrumaba y abortaba la misión.

Hace dos años, nos propusimos hacer el reto entre varios amigos, y eso me impuso una responsabilidad mayor a hacerlo sola. Había varios factores que ayudaban: tener una meta en común, el trabajo colectivo, el disfrute mismo de hacerlo.

Pasa con este tipo de retos lo mismo que favorece agarrarle el ritmo a correr. Ir acompañado genera un ritual compartido al que se quiere volver. Lo mismo que los premios esperados: tomar un jugo saliendo, la felicidad de las endorfinas, despejar la mente.

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Nunca he corrido un maratón.

De chica cuando corría en los Viveros, siempre terminaba llorando y peleándome con mi papá. Cuando mi tío Tolín volvió de Estados Unidos, a vivir otra vez a México, vivió un tiempo en casa de mi papá, y ellos se volvieron muy amigos. O siempre lo fueron, pero luego de tantos años viviendo en países diferentes, vivir en la misma casa dio un nuevo aire a su hermandad.

Ambos estaban divorciados y ambos sacaban a pasear a sus hijes los fines de semana. Así que nos íbamos mis primas, mi hermano y yo con esos dos papás a vivir aventuras de fin de semana.

Comíamos casi siempre en taquerías.

Íbamos al estadio a ver a los Pumas.

Corríamos en los Viveros.

Inauguramos así una nueva rutina que no sé cuándo se acabó, pero que determinó por completo lo que siento cada que entro a los Viveros de Coyoacán.

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El mayor entendimiento de los proyectos a largo plazo, es que sólo los puedes hacer un paso a la vez. Como todo. Encontrar un momento y destinar un tiempo específico cada día, de preferencia a la misma hora, ayuda a seguir realizando una actividad y a que se vuelva cotidiana. Dibujar, correr; hasta dormir y comer.

Me pasa lo mismo cuando corro o cuando dibujo, que la angustia se va diluyendo conforme avanzo. Y eso ha de ser gracias a las endorfinas (otra vez). Saber que siempre hay una salida de emergencia y que, en caso de que no logre correr las dos vueltas, puedo detenerme antes, en cualquier momento. No exigirme demasiado hace que el paso por el tiempo presente se vuelva más soportable. Cuando me jalo hacia el futuro, me tropiezo.

Y luego, gracias a las endorfinas otra vez y a la respiración a ritmo, llega ese momento en que se deja de pensar.

Saber que en las actividades físicas y en las artísticas puede ocurrir lo mismo que en las rutinas diarias, me ayuda a bajar el estrés un poco. Así como dejo de pensar que es un tedio lavarme diario los dientes o bañarme, y sólo lo hago, así igual en los días de octubre, me pasa que me toca sentarme a dibujar y ya.

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Como empecé a fumar como a los trece años, mi papá se desesperaba y hacía todo lo posible porque dejara mi vicio. Yo me escondía, le robaba cigarros a mi mamá, decía mentiras, encontraba proveedores y siempre lograba seguir fumando. Mi papá se daba por vencido a veces, pero me pedía que, por lo menos, lo equilibrara con el ejercicio.

Había domingos buenos y otros peores. A veces era el dolor de caballo lo que me impedía seguir. Otras era que mi papá me regañaba por andar fumando y nos empezábamos a pelear. Yo sentía que mi incapacidad para correr y mi falta de aliento no tenían que ver tanto con mi adicción al tabaco, como a que correr tiene que ver con otras cosas que van más allá de la capacidad pulmonar, y sobre todo porque a esa edad obvio no tenía aún ninguna afección por llevar un año fumando. Eso sería después.

¿De qué nos peleábamos en el fondo mi papá y yo? ¿Qué subtítulos llevaban esas peleas que nos abismaban, y qué quieren decir en mi memoria esos domingos llenos de verde y plantas y familia que a veces sí nos acercaban?

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Este año no había dibujado mucho. Así que no sólo me propuse hacer como otros años el inktober, sino que, además, me planteé hacer varios retos. Unos por octubre. Otros por impulsarme a dibujar.

Así, en una decisión que sólo podía interpretar en su principio como un atasque, me propuse hacer un inktober con pasos de baile que me detonara la palabra del día de la lista oficial. Y además, otra donde dibujara arañas.

Le escuché a un ilustrador decir que, cuando uno dibuja, debe apagar todo lo demás, silenciar el resto del mundo; poner en todo caso música o algún podcast que disfrutar mientras estamos clavados con los ojos en el papel. Y así lo hice. Cada día, trato de desconectarme un rato y he empezado a dibujar muy feliz mientras escucho podcasts.

El inktober de las arañas se ha ido llenando con dibujos semi-realistas de arañas y telarañas con frases oídas en el podcast; siento que es parecido a subrayar algo que me gustó mientras lo escucho. Esta yuxtaposición de texto e imagen que en apariencia no tienen ninguna relación, es un juego de azar en donde proyecto y me encuentro con cosas inesperadas.

Por otro lado, seguí con una libreta de sobremesas desde hace años abandonada. Y en una libreta de formato similar, empecé a hacer retratos del natural en tiempo real. No de fotos ni de la memoria ni de la imaginación. Dibujar lo que veo, y lo que veo es gente por la que siento afecto.

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Durante la adolescencia, mi incapacidad para correr tenía que ver con que simplemente no sabía cómo respirar con un paso firme.

Mi papá perdía la paciencia y me decía que por lo menos debía completar una vuelta, media vuelta, una cuadra más de los Viveros. Me ponía metas cada vez más realistas, hasta que lograba cumplirlas. O a veces no, y entonces, como niña chiquita, lloraba, mientras mi hermano y mi prima Valeria corrían por atrás o adelante, pasándola bien; y sus risas me hacían desear ser la hermana menor. Porque por otro lado iba Marcia, hija mayor también, corriendo adelante con su papá sin mayores incidentes.

Cuando al fin acabábamos la vuelta, yo venía pateando piedras y tragándome las lágrimas. Mi papá veía de reojo a su hermano y suspiraba; nos volvíamos enemigos momentáneos aunque quisiera ayudarme. Nuestros dos papás entonces nos decían que los esperáramos entre doce y catorce minutos en lo que ellos dos corrían otra vuelta más. A veces Marcia, que era la que mejor entendía lo que era correr, corría alguna otra vuelta. Y el resto nos quedábamos ahí sentados haciendo dibujos en la tierra con un palito, platicando de cualquier cosa, huyendo de ardillas que querían algo que nosotros no podíamos darles.

Entonces regresaba mi papá, vacío de todo rencor. Y yo, aunque no hubiera logrado correr nada, lo reencontraba vacía también. Nos tomábamos los seis un jugo cada quien. Regresábamos a ese departamento colectivo a bañarnos. Nos íbamos en la tarde a comer.

Me tardé muchos años en dejar de fumar. Y otros más en aprender a respirar corriendo.

Cuando pienso en la técnica, aunque en su momento no lo haya introyectado, veo a mi papá explicándome cómo mi paso y mi respiración tienen que tomar el mismo ritmo. Recuerdo también que muchas veces no podía seguir porque me daba dolor de caballo. Y mi papá teorizaba de que se debía a mi falta de condición, pero que con las semanas y entre más lo practicara, se iría pasando. Empecé a entender que si respiraba por la nariz el mayor tiempo posible, tardaba más en dolerme el caballo. Y quizá invento este recuerdo, pero me gusta pensar que alguna vez logré dar la vuelta entera, dos kilómetros doscientos.

En la universidad empecé a ir a correr sola. Dejé de fumar cuando en un juego de futbol llanero, me agoté tanto que estaba segura de que escupiría los pulmones. Me dio miedo tener menos de veinte años y ahogarme así.

Los recuerdos tienen formas raras pero algunos son como hilos que jalas y te despliegan una imagen total, compuesta de miles de viñetas fantasma imposibles de aprehender una por una. Así igual un año se comprime en la memoria y es imposible decantarlos en días o semanas individuales.

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Todas mis libretas son de formato plegable, mejor conocidas como leporello, y me estoy reservando el momento de desplegar todo este mes y de un solo vistazo, o en una secuencia casi animada, ser testigo del tiempo en forma de dibujos.

Pensaba que imponerme hacer tantos retos de dibujo a la vez me estresaría al segundo día, pero ha resultado un momento de gran alegría en mi día, un oasis que procuro no saltarme.

Aunque también, como correr cualquier maratón (me han dicho), tengo momentos de flaqueza, molestias que pienso que me impedirán terminar y llegar a la meta. Pero retos como éste tiene esa característica también, que me pueden angustiar, pero también dar paz: la existencia de una meta me hace empujarme a seguir, porque sé que el esfuerzo no durará para siempre y que con el ritmo de la respiración es posible disolver el dolor de caballo.

Así que no olvido recordarme que cada reto, cada kilómetro, sólo puedo vivirlo un paso a la vez, en compás con la respiración, y un dibujo al día, todos los días.

Bajo esta lógica, tal vez algún día sea capaz de correr un maratón. EP

“Sin prisa ni pausa”, Santiago Solís

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