Coronavirus desde Vietnam: “El sistema nos mete a una carrera de ratas”

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 13/05/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Justo al otro lado del planeta, en Hanói, la maestra de idiomas Thalía Güido halló lo que en México, su país, fue imposible: una vida serena donde la búsqueda del sustento diario no era una encrucijada agobiante. La capital de Vietnam la recibió con 27 años en el otoño del 2017 y ahí conoció a Tel, un inglés entrenador de futbol de la academia del AC Milan en esa nación asiática. Formaron pareja. 

Vietnam ha sufrido a lo largo de su historia sangrientas invasiones extranjeras: la intervención armada del Imperio Francés en el siglo XIX, la penetración japonesa de la Indochina Francesa de 1940, la guerra ante Estados Unidos entre ’55 y ’75, y la guerra sino-vietnamita en 1979. Esas agresiones son heridas abiertas que, dice la egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana, exacerban la xenofobia.

Sin embargo, despertaba en su vivienda del barrio Tay Ho, cerca de las aguas del hermoso West Lake de esa ciudad, e iniciaba el día meditando para en la tarde dar clases de inglés y español en la universidad Dai Nam y otras instituciones en las que obtenía ingresos “de privilegio absoluto”. De pronto, este año la calma se cimbró.

Ese país y la ciudad donde ella vivía, a 218 kilómetros de la frontera con China, se sintieron amenazados por el virus que crecía entre esos vecinos del norte. Thalía perdió el empleo, y el gobierno socialista del presidente Nguyen Phú avisó que por la crisis sanitaria del coronavirus los visados para extranjeros serían restringidos de modo dramático. 

Thalía y Tel regalaron lo que había en su departamento y abandonaron un país donde al igual que China –con el que Vietnam tiene 1300 kms de frontera- existe la cultura del consumo de animales salvajes, el origen probable del COVID-19, una enfermedad que podría ser zoonótica (que pasó de un animal a un humano).

La travesía de la pareja y su perro vietnamita Ticho Alberto (al que ella salvó de ser sacrificado como alimento) les implicó ir de Hanói a Ho Chi Min, y de ahí a Saigón para conectar a Tokyo y luego a México.

De regreso en la colonia Del Valle, hoy Thalía repasa desde el encierro, junto su familia y su novio, la gravedad con que afrontó Vietnam la pandemia y sus días finales allá, una pesadilla causada por una infección masiva que, siente, debe revolucionar nuestra especie.

Aníbal Santiago (AS): Cuéntame cómo era un día normal en Vietnam.

Thalía Güido (TG): Delicioso porque trabajaba tres horas al día (risas). Me levantaba a la hora que quisiera, me hacía un juguito. Meditaba, hacía yoga, dibujaba, leía. Y ya en la tarde iba a dar clases.

Para los extranjeros es un privilegio absoluto: la hora la pagan en promedio 18 dólares y hasta 35. Alcanza para todo. Para ahorrar, renta, gastos, porque es increíblemente barato.

AS: ¿En qué momento sentiste que el coronavirus era algo serio?

TG: En un grupo de Facebook, Hanói Massive, vi mensajes de chinos en problemas en Hanói porque nadie los dejaba hospedarse. Si un hotel recibía a un chino, lo cerraban y los ponían en cuarentena. El gobierno prohibió su entrada al país y bloqueó sus vuelos. Los vietnamitas decían “¡malditos chinos!”. Ahí pensé: “si el gobierno reacciona así, esto es grave, ¿qué está pasando?”.

En ese momento Vietnam sólo tenía 16 casos, todos en tratamiento. Pero una chica vietnamita (Nga Nguyen) fue a Francia y Italia a un fashion week (los desfiles de Gucci y Saint Laurent). Regresó a Hanói con síntomas y no le dijo a nadie. Ahí se anunció que ella contagió a quién sabe cuántos. Cerraron cuadras completas y tanques militares, con agua a propulsión y cloro, fumigaron edificios. Y así en todos los lugares que ella visitó: bares, centros comerciales. Si sales a la calle sin máscara te multan.

Vietnam es comunista y tiene una vigilancia muy estricta, autoritaria, y la gente cede. Confían plenamente en el gobierno, le tienen una confianza ciega. 

AS: Al parecer el virus provino de un animal salvaje que los chinos suelen consumir. ¿Vietnam comparte esa cultura?

TG: Sí, y que coman perros, gatos, ratas, en Vietnam al parecer salió de la guerra: ya no había más que comer. Yo vi como matan perros y gatos: horrible. Vietnam tiene su medicina tradicional basada en la medicina tradicional china. Creen que el cuerno de rinoceronte o los testículos de tigres, curan. Y a los huesos de los tigres los hierven para hacer una bebida. El pangolín, que parece un armadillo, es lo que más consumen: se comen sus escamitas como medicina. Y también comen unas tortugas ancestrales (pelodiscus sinensis).

Vietnam es un punto clave para el tráfico de animales salvajes a China que llegan de Tailandia, Laos.

AS: Me contaron que salvaste un perro…

TG: Un vecino tenía en jaulas dos Phu Quoc (Ridgeback), la raza que los vietnamitas comen. Los venden por kilo, su carne es un delicatessen y se vende muy cara: por eso los “cazaperros” los roban. Un día fui a acariciar al más cachorrito y el dueño salió súper pedo con una pala y me hizo así, señalando sus ojos: “te estoy viendo”. Le dije, “nada más lo acariciaba”. Hizo una seña de que lo esperara y volvió con un costal de comida, su shampoo y su medicina. Zafó al perro y me lo dio. Tomó su celular y puso en Google Translate: “me acaban de robar a mi otro perro, va a estar mejor contigo”. Nos lo quedamos, le pusimos Ticho Alberto, y vino a México con nosotros.

AS: ¿Cuál es la situación de los extranjeros en Vietnam?

TG: Hay odio al extranjero, hacia los gringos, franceses, japoneses, chinos, los que invadieron. Y tú, como extranjero, pasas por cualquiera de esos. Los entiendo, no los culpo.

Hace días nos contaba un amigo que estaba paseando con su esposa y su perro en Hanói. Un cuate vietnamita se bajó con un palo de golf y los empezó a golpear: “¡Regrésate a tu país, ustedes trajeron el virus, malditos extranjeros!”. 

AS: Con la cuarentena, ¿cuál era tu situación laboral?

TG: Cancelaron las escuelas el 30 de enero y todos creímos que serían dos semanas. De repente tres, un mes… Hasta que las escuelas dijeron: “Lo lamentamos, no te podemos pagar”.

Empezó a ser preocupante, pero Tel (su novio) me dijo: “me hago cargo mientras vemos si vendemos shampoo para la renta”. Y él tenía un guardadito. Me dijo: “de última usamos los ahorros”. 

AS: ¿Las medidas de aislamiento ya eran mucho más rígidas?

TG: Implementaron medidas súper estrictas desde que el virus estaba solo en China. Por precaución, todo se clausuró. Y en marzo hubo una semana estresante, espantosa; cada día cambiaban las cosas. De repente (las autoridades) decían: “sólo se extenderán las visas por tres meses”, y a los dos días, “solo un mes”. Ya Vietnam bloqueaba vuelos de Italia, España, Inglaterra. El gobierno quería sacar a los extranjeros para no lidiar con ellos si las cosas se ponían mal. 

AS: ¿Por qué decidieron volver a México? 

TG: Avisaron que se bloquearían todos los vuelos el 24 de marzo: nadie podría entrar ni salir. Ahí dijimos: “tenemos que irnos ya”.

AS: ¿Qué sensaciones te causó dejar tu casa?

TG: Me dio un ataque de pánico: grité 20 minutos a una almohada. Nos quitaron el suelo y nos fuimos en caída libre. Al empacar me bloquee porque era muy doloroso: era nuestro hogar construido en tres años y todo cambió de un día para el otro. Nos sentíamos perdidos, en el limbo. Tomé fotos de las cosas (para regalarlas) y las publiqué en Facebook: un horno, trastes, todo.

AS: Tu pareja es inglés, vivía en Vietnam, y de golpe radica en México. ¿Cómo se siente?

TG: Pensé que le iría peor. Llegó a la casa de sus suegros —a los que vio por primera vez— y a un país que desconoce. Pero lo veo bien. Lo consienten con comida mexicana y dice: “estoy feliz”. Se siente resguardado, porque también es cierto que en Vietnam muchas veces nos sentíamos solos. Y ahora sucede algo extraordinario que nunca vivimos: con mis papás y mi hermano diario nos sentamos todos a comer y cenar. Curioso: el virus también nos trae eso.

AS: ¿Cambiará la pandemia al ser humano?

TG: Será imposible regresar al mundo como lo conocíamos y eso me genera esperanza. Las crisis están siendo evidentes pero estaban ahí. Mucha gente está agarrando la onda de lo frágiles que somos, de lo frágil de la vida y de cómo nos necesitamos apoyar para sobrellevar esta oscuridad: la incertidumbre es lo peor que le puede pasar al ser humano. Es una nueva vida sin planes y eso angustia. 

AS: ¿Cómo vislumbras el futuro?

TG: Tengo en mi cabeza dos panoramas claros. Este es el peor: Asia está demostrando tener muchísimo más control de la epidemia que cualquier país de Occidente. ¿A qué costo? La mayoría de los gobiernos asiáticos son muy autoritarios y no consideran las libertades ni los derechos humanos. Hay una tendencia autoritaria y me da pavor que Occidente, a costa de un virus, justifique las tecnologías de espionaje y limite libertades y derechos que tanto nos ha costado conquistar. Eso es fácilmente justificable en un estado de excepción. 

Y el mejor panorama es que la gente se dé cuenta de la ridiculez del mundo, lo estúpido de este sistema de deudas y créditos, hipotecarios, estudiantiles. La gente es esclava de eso cuando esto se puede caer en un abrir y cerrar de ojos. Quizá por la crisis la gente diga: “No más, basta, no necesitamos esta mierda”. El sistema nos mete a una carrera de ratas que persiguen la chuleta todo el tiempo. 
Esta entrevista —aquí presentada de manera casi íntegra— se realizó originalmente para el sitio de podcasts Así Como Suena. EP

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