Coronavirus desde la Polinesia: encierro en un velero

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 27/05/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Cuando el coronavirus se expandía por el mundo internándose por tierra para infectar a millones en pueblos y ciudades, ellos flotaban en un pequeño velero entre el azul colosal. A la fotógrafa peruana Theda Acha y el financiero español Francisco Ortega, un matrimonio que hace una década eligió hacer una vida surcando los mares, la cuarentena los sorprendió con su hijo de seis años, Fran, sobre su embarcación en las costas de Tahití. En Papeete, la capital de ese conjunto de tres islitas de la Polinesia Francesa cercadas por el océano Pacífico, pretendían dar una pausa a sus más de 3,500 días en altamar por los que conocieron ya cuarenta países, y que implicó travesías con muchas emociones pero no pocos peligros.

Exhaustos después de navegar 50 mil millas náuticas (más de dos vueltas a la Tierra) en mares de Europa, África, América, Asia y Oceanía, la pandemia y las órdenes del gobierno de Francia (al que pertenece Tahití) no los dejaron desembarcar: si se mantenían en un arrecife estarían a salvo, con los peligros del COVID-19 a distancia.

Hace diez años, con una realidad solvente en Santa Fe, al poniente de la Ciudad de México, Francisco Ortega, consultor del banco Santander y en su juventud capitán de yates en Málaga, planteó a su esposa, editora de foto de la revista Chilango, renunciar un año a las cadenas de la tranquilidad material. Un año, solamente.

Theda aceptó. Viajaron desde México al pueblo francés Les Sables-D’Olonne, compraron el catamarán Olé e inició el larguísimo viaje.

Al cumplirse los 12 meses acordados, decidieron no volver a sus viejas vidas. Iniciaron una nueva, acuática, a la que llegó tres años después el nuevo tripulante, su hijo Fran. 

Desde su velero y con vista al pueblo polinesio de Arue, Theda, de 48 años, relata la llegada del virus a ese punto de Oceanía y su alucinante vida marina.

Exhaustos después de navegar 50 mil millas náuticas (…) no los dejaron desembarcar: si se mantenían en un arrecife estarían a salvo, con los peligros del COVID-19 a distancia.

Aníbal Santiago (AS): ¿Cuáles fueron las primeras noticias que tuvieron sobre el coronavirus?

Theda Acha (TA): A pesar de que siempre estamos aislados, [su esposo Francisco] está informado. Dijo: “Esto se ve grave. Compremos comida porque vamos a estar en cuarentena”. Como él fue uno de los primeros casos de [gripe] H1NI [en 2009] en México, quedó traumado. No le creí y le dije “estás exagerando”, pero empezamos a meter comida a los almacenes del barco que llenamos para las travesías. 

AS: ¿Qué hizo el gobierno?

TA: No querían cerrar los aeropuertos porque la Polinesia vive del turismo. Si los cerraban la economía se venía abajo, se termina todo. Al final lo hicieron. El primer caso de una infectada de coronavirus fue una polinesia diputada que estaba en Francia. Volvió el 15 de marzo con síntomas. Su pareja es un buzo que tiene su centro de buceo donde ahora estamos. Un día llevamos a Fran al colegio y la directora nos dijo: “Ya no vengan, el primer caso es el de la mujer del buzo que está en el mismo lugar que ustedes”. Nos veían como apestados. Dijimos: “Bueno, es cierto que usamos los baños con esa persona. A confinarnos en el barco”. La siguiente semana avisaron que no habría escuela, y a la otra Tahití cerró fronteras porque subían los casos por turistas y polinesios que regresaban de Francia o Estados Unidos.

AS: ¿Cuál fue la motivación para afrontar hace diez años una vida navegando?

TA: Un poco evadir la realidad. Pero en algún momento era la pasión de llevar a cabo un sueño. [Francisco me dijo] “¿Te unes al sueño o no?”. Claro, me sonó tentador porque como fotógrafa, aventurera, siempre me gustó viajar. Me parecía algo increíble a pesar de que en la vida cotidiana siempre me mareaba. Ese ha sido mi handicap hasta hoy, por esta vida he tenido que soportar los mareos. 

AS: Explícame cómo es vivir en un lugar chiquito en medio del mar.

TA: Vivir en un barco cansa porque es un espacio muy pequeño, restringido: no hay privacidad ni espacio. Todo es tan estrecho que cuando te peinas en el baño te golpeas el codo. Cosas de ese tipo…

Y hay oleaje, mal tiempo. Esta vida navegando años estuvo muy bien, pero con un niño es agotadora. Ya pensaba ir a tierra, pero el coronavirus no me ha dejado buscar departamento. 

Dijimos: “Bueno (…). A confinarnos en el barco”.

AS: ¿Qué sensación te da el mundo estos días?

TA: La humanidad ya pasó epidemias. Cuando llegaron los españoles a México, Perú, sus enfermedades aniquilaron a la población. Pero después de la tormenta viene la calma. Yo he pasado eso, por tormentas terribles donde pensé que iba a morir. Al final, todo pasa.

AS: ¿Cómo se siente tu hijo?

TA: Pregunta: “¿Mamá, ahora que termine esa enfermedad puedo ir a tierra a jugar al parque con mis amigos?”. Extraña, está desesperado, se pone agresivo como todos los niños que quieren salir, se pone a pegar. Quiere comer un helado y no podemos. Jugamos LEGO, invento cosas. Es frustrante para un niño estar encerrado en un barco, aunque la ventaja es que nadamos: estamos encerrados al aire libre.

AS: Acabas de mencionar una tormenta que sufrieron. ¿Me la cuentas?

TA: El Mar Mediterráneo es de los más complicados porque cambia mucho. Ves al mar tranquilo y, de un momento a otro, sale el siroco (un viento muy poderoso procedente del Sahara). Viene de la nada, no lo esperas porque no está en las previsiones meteorológicas. Una madrugada en la costa Amalfitana estábamos navegando y el viento empezó a subir y subir y subir, 40, 50 nudos. El barco se movía impresionantemente. Estábamos con un frío espantoso, viento… El barco se movía como una licuadora en el oleaje. Tienes que estar con un arnés porque el viento es tan, tan fuerte que te caes al mar. Estaba súper mareada y no podía ayudar a Paco. [Le dijo:] “¡Atraviesa las velas del barco!”, que es la única manera de frenarlo en una tormenta, con el riesgo de que se rompa una vela o el mástil. Estuvimos con ese viento dos, tres horas. Ahí dije: “Ya valimos, ya me quedé”. Al final pasó: empezó a bajar el viento poco a poco y llegamos a tierra.

AS: En sus largos viajes, ¿se han enfrentado con inseguridad, delincuencia?

TA: En Cabo Verde me robaron mi cámara. Y hay ciertas zonas donde sabes que hay piratas. Somalia es un lugar, Indonesia otro. Y a las costas venezolanas no te puedes acercar porque ha habido muchísimos casos de gente que han matado. Van al barco con pistolas, les roban todo y los matan. 

Es frustrante para un niño estar encerrado en un barco, aunque la ventaja es que nadamos: estamos encerrados al aire libre.

AS: ¿Cómo es la navegación nocturna?

TA: Siempre alternamos guardias cada dos horas. Levantarse cada dos horas toda la noche, y durante días, es agotador. Pero el barco todo el tiempo tiene que estar vigilado porque un par de ocasiones pasó que venía un transatlántico, un carguero. No te ven porque tú eres un punto y ellos son enormes. Tuvimos que llamar por la radio al barco para decirle: “Oiga, estamos a media milla de ustedes, tienen que cambiar su rumbo porque nos vamos a chocar”.

AS: ¿En tantos años han tenido problemas serios de salud?

TA: En las Islas Marquesas un pescador que tenía dos pescados me dijo: “Agarra uno y yo el otro”. Y justo el que yo agarré era el que estaba malo. Cuando lo comí, inmediatamente sentí que me ahogaba. Estuvimos tres semanas sin salir del barco con fiebre, vómitos.

AS: Imagino que tanto sol te va lastimando la piel…

TA: El color de mi piel ha cambiado desde que navego y te llenas de manchas blancas. Incluso me salió una especie de melanoma y el médico me dijo: “No puede seguir en el sol”. “Es que esta es mi vida”. “Tienes suerte de que no te ha dado cáncer”. Uso bloqueador todo el tiempo y somos la familia del sombrero: yo uso un sombrero enorme.

AS: ¿Se dan encuentros con animales marinos?

TA: Aparece un puntito. Entonces, ¿ese puntito que será, será un barco? Lo ves con el binocular y ves que es un barco o una roca. O ballenas. Hay que tener mucho cuidado porque son tan grandes que si chocas contra una ballena, te rompe el barco.

AS: ¿Has visto barcos hundidos?

TA: Sobre todo en el Caribe, ahí había muchísimos piratas. Puedes meterte al barco y hay muchos peces. Incluso en México vi uno en Veracruz y estuve buceando. 

AS: ¿Tu mejor experiencia en diez años?

TA: Los griegos. De Grecia conocía la Grecia Antigua de cuando estudias. Y son súper lindos. Uno se hizo amigo nuestro y nos llevaba naranjas al barco. En las mañanas yo tenía naranjas frescas para mi jugo. Me quedé sorprendida: es gente que no busca nada a cambio.

AS: Una analogía de la vida en altamar y la cuarentena debe ser la soledad. ¿Cómo vives en las navegaciones no tener amigos cerca?

TA: A veces nos hemos comunicado con gente: “Oye, estás a tres millas de nosotros, ¿a dónde vas?”. “A tal lugar”. “Naveguemos juntos”. Y así hemos navegado con gente durante dos, tres días, y hasta te cuentan su vida. Pero después cada uno sigue por su camino. Soy muy sociable y siempre me ha gustado estar con mi familia, amigos, hablar con gente. Extraño, añoro eso. Me afecta bastante.

Aparece un puntito. Entonces, ¿ese puntito que será, será un barco? Lo ves con el binocular y ves que es un barco o una roca. O ballenas. Hay que tener mucho cuidado porque son tan grandes que si chocas contra una ballena, te rompe el barco.

AS: ¿Qué implementos no pueden faltar al navegar?

TA: La brújula, comida, y las cartas náuticas, que las debes tener en papel por si la electrónica falla: un rayo te cae en el mástil y te funde la electrónica. Y hay que tener mucha paciencia: esto no es un coche ni un avión con el que llegas en tres horas. Aquí tardas diez, quince días, dependiendo del viento. Si no hay viento te quedas parado.

AS: Explícame cómo funciona una carta náutica.

TA: En las cartas náuticas electrónicas que bajamos por Internet y que vemos en la pantalla del barco, tienes las direcciones del mar y el viento. Y en las cartas de papel vas midiendo la distancia entre un lugar y otro con una reglita, y calculas las millas que hay. Si quieres ir de un punto a otro marcas a qué punto quieres ir, cuántos nudos estás haciendo, y en cuánto tiempo, según el viento, vas a llegar. Qué sé yo: si son 20 millas y tienes 5 nudos de viento, vas a llegar en 2 horas. 

No sé cómo hacían Colón y compañía. Ahora te conectas y te dicen la meteorología, a qué hora entra más viento, en dónde, y decides si sales o no. Muchas veces hemos dicho: “No podemos navegar en cuatro días, hay un viento terrible en esa zona”.

AS: ¿Qué les implica estar en una embarcación a vela?

TA: Cuando cruzamos el Atlántico llevamos comida para más de un mes. Y lo más importante es que dependes del viento, y sobre todo de los vientos alisios, que son los que te empujan. Así hicieron las grandes navegaciones de Colón, todos los españoles (en la Conquista), y los grandes navegantes de la historia. 

AS: ¿Pescan para alimentarse?

TA: Sí, cuando hay menos viento y el barco va más despacio.

AS: ¿Cómo se experimenta el tiempo en el mar, que ahora para los que estamos aquí (en el encierro en tierra) resulta agobiante?

TA: En realidad vives con el reloj del sol. Te levantas con el sol, y te acuestas cuando el sol se mete, como era antiguamente. Entonces, vuelves a los orígenes (risas). 

Soy muy sociable y siempre me ha gustado estar con mi familia, amigos, hablar con gente. Extraño, añoro eso. Me afecta bastante.

AS: ¿Cómo está tu situación laboral?

TA: Había conseguido trabajo con los barcos de turistas para hacer traducciones. Lo perdí porque no vendrán cruceros en todo el año. Estoy haciendo una serie fotográfica y en video sobre tatuaje, que en Polinesia es parte de la cultura. Debía hacer entrevistas y ahora todo está parado. Mis proyectos están parados: no veo por dónde, no veo futuro. Pero hay gente en situación mucho peor, tienen que comprar pan para sus hijos y no pueden. Y claro, está la gente que muere sola.

AS: ¿Cuál es la realidad en Tahití por el coronavirus?

TA: La isla está confinada, con testación (a la población) y toque de queda desde las 6 pm. Se prohíbe circular hasta las 6 am y en el día sólo puedes salir una hora un kilómetro: al súper o al muelle a tirar basura. Nada más. Aquí hay un solo hospital (el Taaone). Si se colapsa, olvídate, sería una tragedia porque en islas como Bora Bora o Moorea no hay hospitales. Depende todo de Tahití. Sería una catástrofe. Y aquí hay muchísima violencia familiar, por eso prohibieron el alcohol. 

AS: Descríbeme tu paisaje en este momento.

TA: Estoy en una laguna protegida por un arrecife. Si sales, está el mar abierto. Veo la montaña por un lado con el pueblo (Arue). Es muy verde, hay muchas palmeras, y montañas altas, grandes. El pico de las montañas está con muchas nubes y del otro lado, el mar abierto. O sea, ves el horizonte. EP

Esta entrevista —aquí presentada de manera casi íntegra— se realizó originalmente para el sitio de podcasts Así Como Suena. 

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