Ricardo Anaya: el que es mucho siendo nada

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 23/09/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Tiene algo de androide: el video inicia y Ricardo Anaya levanta sus manos con sincronización coreográfica, exactamente al mismo nivel, en la misma postura, con idéntico ademán, y se retira el cubrebocas N95 (el oficial, por supuesto) con los índices y pulgares derechos e izquierdos formando dos círculos gemelos, del mismo diámetro. Cuando los listones del cubrebocas se desprenden de su cara, casi que se le jalan las puntas de las orejas con el mismo doblez. 

El excandidato presidencial hace descender al cubrebocas también con la coincidencia de sus manos en el movimiento hacia sus piernas, donde el aditamento debió posarse con la suavidad de un gatito de angora que descansa en el regazo de una duquesa. Sólo cuando han pasado tres segundos desde el retiro de su protección para boca y nariz —tres segundos lentos, extraños, intrigantes, pero sobre todo preparados— suelta un frío, aséptico, delicado, prolijo, “Hola, ¿qué tal?”. En esos tres segundos y en los minutos que siguen hay algo no humano en ese humano. Como si el individuo estuviera programado digitalmente.

Todo es pulcramente ridículo en la secuencia con que anunció su regreso a la vida pública el panista que perdió escandalosamente las elecciones del 2018, y que ridiculizado por el 22% de la simpatía del electorado escapó de un Partido Acción Nacional —su partido— que él mismo arruinó y dividió y que desde luego nunca terminó de quererlo, y que además escapó de un país que también le dijo: “no te quiero”. 

Partió sin decir nada, huyó con cobarde elegancia, como un french poodle apaleado por su dueño aunque todavía perfumado, que con saltitos sigilosos, graciosos y con cola de pompón se escapa con jadeos imperceptibles perdiéndose en el fondo de un lúgubre callejón gris con tinacos, tendederos, delincuencia, pintas; un callejón que era México y del que nada tenía que decir ese político proveniente de un mundo de floridos jardines residenciales, alejado años luz del sentir popular.

“Es su estilo, respétalo”, me podrían decir. Pero ocurre que con Anaya su forma, repleta de entrelíneas, connota. En abierta paradoja con su juventud verificable en la lozanía de su piel, sus rasgos —y no hablo de su físico sino de su personalidad, su esencia, su entraña— son rancios, viejos, vetustos, de político tricolor de los años 70, 80, 90, ya con vahos de naftalina. Quizá también por ese tufo a PRI no logró atraer amor: es sólo fachada, obsesión por la forma agradable que busca quedar bien.

“Un amigo me confió: “Cada vez que veo a Anaya imagino a Carlos Salinas”. Como al expresidente, lo percibía pragmático y vulgarmente ambicioso.”

En el video de seis minutos abre con un “Hola, ¿qué tal?” bastante sonriente como para contagiarnos su alegría del retorno a la política, y décimas de segundo después esa sonrisa se le borra de tajo, se vuelve un gesto adusto, serio, recio, porque sabe bien que de inmediato dirá “espero que tú y tu familia estén bien en estos momentos tan difíciles”, y tiene claro que en estos momentos difíciles difícilmente caben las sonrisas. No hay modo de que ese brusco cambio emocional sea orgánico. Está muy planeado pero es imposible creerle al actor.

Alguna vez, durante la campaña en la que competía contra Meade y López Obrador, un amigo me confió: “Cada vez que veo a Anaya imagino a Carlos Salinas”. Como al expresidente, lo percibía pragmático y vulgarmente ambicioso.

Y al igual que Salinas, y podemos comprobarlo en el referido video “Anaya anuncia su regreso a la vida pública y explica sus razones”, el “joven maravilla” nunca titubea, no tropieza, jamás cae en una muletilla: su dicción es de campeón de oratoria y marca los instantes con el justo vaivén de sus manos. A las palabras estratégicas las modula lento, fuerte y espeso, merecedor de diploma con mención honorífica en el Colegio de Imagen Pública de Víctor Gordoa. “He decidido regresar DE LLENO a la vida pública”, “El número de homicidios con datos del PROPIO gobierno es el más alto desde que existen registros”, “Más que oponer, el reto es PROPONER”. Es decir, hay una perfección de plástico y tristemente vacía en ese hombre del que hace cerca de tres años todos nos preguntamos: ¿y éste de dónde salió?

Salió de su insólita capacidad de trepar, como si un escalador debutante lograra tan sólo con prodigiosa enjundia ascender una pared peligrosísima, y triunfante, a la hora de bajar, se hubiera hecho trizas contra la montaña porque en realidad no tenía ningún conocimiento técnico ni filosófico sobre la escalada en roca y la montaña.

Aquella pregunta, “¿de dónde salió?”, que tantos nos hacíamos, más que una pregunta era una prueba de la desgracia nacional: no se necesita hacer nada, nada honorable, brillante, novedoso, digno, riguroso en el servicio a la sociedad; en realidad no se necesita servirla. No se necesita demostrar nada para ocupar lo más alto de la política mexicana. Sólo ve derrotando enemigos y vas bien.

Pues otra vez el hombre que no ha hecho nada (o nada bueno) está de vuelta, gana protagonismo, el partido al que hizo trizas y que no se recupera de su caída dice que celebra su vuelta (también le interesan mucho las formas) en vez de gritar “¡otra vez tú!” y, peor aún, todos hablamos de él (mea culpa) hasta con emoción, aunque siga siendo el hombre del que nada bueno se recuerde. 

Qué dolor, esa es nuestra política: puedes ser mucho siendo nada. EP

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