Miho Miyahara: la karateca del grito de sable

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 30/09/20

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Miho Miyahara no puede con su flequillo. Le tapa la mirada al dar entrevistas, cuando se divierte con amigas, si visita su templo budista Hojuin y también cuando un país, Japón, ve a su más grande karateca por tv porque está enfrentando a titanes del mundo: la turca Serap Özçelik, la ucraniana Anzhelika Terliuga o la mujer contra la que peleó en 2018 en el célebre Open de París, la francesa Alexandra Recchia, una efigie planetaria del arte marcial. Al vencerla en la final, Miho inició su vuelo hasta lo más alto, a donde hace unos años ni siquiera pretendía llegar: durante la pubertad, la hoy campeona mundial se arrepintió de consagrarse al karate.

Como una niña, la gran esperanza japonesa en los Juegos Olímpicos Tokio 2020 (que pese a la pandemia finalmente serán en 2021) batalla con ese flequillo cortado redondo, simple: duro y dale, sacude la cabeza, se lo mueve con la mano, espanta con su guante de pelea el oscuro pelo lacio que amenaza poner una veladura en su mirada. 

Ya tiene 24 años y desde hace nueve, aún como menor de edad, sacudía los tatamis de Turquía, Austria, Holanda, España y otros países. Trotamundos adolescente, la karateca más temida de los próximos Juegos Olímpicos se colaba a la élite de un deporte donde la veteranía está hermanada a la excelencia con atletas que superan los treintas.

Para ser la campeona mundial en 55 kilos, la categoría más ligera y veloz, debió madurar. Pero la niñez todavía se le fuga y no solo en el acné juvenil: su cuarto en la Universidad de Teikyo, donde se entrena con seleccionados nacionales y se bate contra rivales hombres, lo pueblan montones de peluches, cobijas pastel y sin problema posa para el Olympic Channel con Maya y Mai, sus roomies karatecas, con gorros de osos pandas o gatitos. 

Se despierta a las 6 de la mañana, sale a correr a las calles de Tokio, entrena, desayuna, estudia en la universidad, cocina con el equipo. Lavan los platos y trabajan en el campo: entre sus compañeras cultivan arroz, cebada, trigo, es un puente filosófico hacia la tierra, para que nunca se desprendan de la naturaleza. A las 4:30 pm vuelve a entrenar, llega a su departamento a las 9 de la noche y cierra el día bromeando en su cama junto a sus amigas. “Era pequeña y rápida”, recuerda Maya. “Pequeña pero muy fuerte”, añade Mai. La conocieron de niña, en días en que Miho descubrió a su hermano en acción. “Lo vi peleando y pensé: es un deporte asombroso. Y entonces pedí permiso a mis padres”. A los seis años comenzó a practicar con Syun-Yu Akiyoshi, entrenador y a la vez monje del templo Hojuin Kannon, al que la karateca aún se consagra. 

En la enseñanza había mano dura: esa escuela se especializaba en clases para niños desobedientes o violentados en la escuela, y para el maestro era normal apretar las tuercas de su ley. Miho sufrió. “Pensé abandonar el karate unas cuantas veces desde que estaba por acabar la Secundaria —acepta—. Evitaba las prácticas: mi madre y mi maestro me regañaban”.

El rigor extremo, con pequeños que oyen “¡mantén la pierna elevada, el cuerpo recto!” bañados en sudor bajo su uwagi (chaqueta), zubon (pantalón) y obi (cinturón), tenía un aliciente menos en relación a otras disciplinas: en 120 años de Juegos Olímpicos, el Comité Olímpico Internacional le había dicho “no te quiero” al deporte nacido hace cinco siglos en Okinawa.

“La conocieron de niña, en días en que Miho descubrió a su hermano en acción. “Lo vi peleando y pensé: es un deporte asombroso. Y entonces pedí permiso a mis padres”.”

A las autoridades les preocupaban los violentísimos ataques, como el puñetazo tsuki y la patada ushiro geri, causantes de graves daños en los competidores. La prohibición dejaba una frustración internacional: el karate había conquistado todos los continentes y mucho le debía al cine. Karate Kid, película en la que un bajito sensei, el profesor Miyagi, ayudaba a Daniel —niño apocado que sufría bullying— a hacerse fuerte, en 1984 enamoró de karate al mundo y expandió su enseñanza en infinitas academias. 

Aún faltaba más de una década para que naciera Miho, que a los 13 años, pese a su crisis interna, decidió seguir. 

En 2016 se esparció la gran noticia: el arte marcial más popular de la Tierra estaría en Tokio 2020, es decir, dentro de su cuna, Japón, en modalidad de kata (movimientos preestablecidos) y kumite (combate) con protección acojinada en pies y manos para reducir al mínimo los daños.

¿Pese a esas medidas, por qué la chica nacida en Fukuoka mete miedo sobre el tatami azul y rojo de 8×8 mts? Da saltos incansables en puntas de pies para que su resorte explosivo la vuelva indomable: los ataques son imprevisibles y es insoportablemente escurridiza para eludir embestidas. Sus ojos, inexpresivos frente a los medios, son iguales en la pelea: dicen poco o nada. Para el rival es complicadísimo descubrir sus emociones y así detectar vulnerabilidades en esta mujer de templanza cibernética.

Cuando asalta a la oponente, sus puñetazos en serie son supersónicos. Imposible para la mente descifrar las intenciones de dos brazos que se agitan como aspas enloquecidas con el arreglo musical de sus kiai, como su arte marcial llama a los gritos descargados durante las ofensivas, en Miho furiosos y agudísimos. Para definir si ganó un punto, no es raro que los  jueces pidan repetición en cámara lenta.

Durante las múltiples pausas de un combate (un solo episodio de dos minutos) voltea hacia atrás y escucha: poco celosa de su autonomía, opta por seguir los consejos de Taiju Higuchi, su entrenador, joven al que se le dan fácil las sonrisas y abrazos, y que eufórico en las victorias carga a Miho como a una nena, distante de los solemnes y fríos guerreros nobles de Okinawa que idearon el karate para proteger a su último rey, Shō Tai.

En los triunfos, la marcialidad japonesa de Miho también se disipa: cierra los puños, salta feliz, hace estallar su melena negra y suelta hacia las gradas un grito penetrante. Adiós a los protocolos. Cuestionada sobre sus expectativas en Tokio, admite: “Quiero que mis movimientos ofensivos emocionen a los espectadores”. Raro: en esta era de pragmatismo y exigencia de victorias, ella privilegia la emoción.

Hace dos años, en la Premier League de París, enfrentaría a la más temible de todas, Alexandra Recchia, pentacampeona del mundo. “Una atleta fantástica, una leyenda, un fenómeno”, dijeron en vivo los comentaristas de Karate World TV para definir a la atleta francesa que, herida de un pómulo por una pelea previa, dedicaba Miho una mirada dramática. Bajo una multitud y con los cámaras apuntándolas, la asiática empezó perdiendo 2-0, pero en su cara no había angustia. Serena, siguió abajo con la zozobra del cronómetro que se consumía. Pero a solo un minuto del final soltó una seca, espectacular y sorpresiva patada ippon en el rostro de la portentosa rival. Con esos tres puntos dio vuelta el marcador. Pese a la satisfacción, tuvo la calma de voltear hacia su entrenador, oír indicaciones y volver a castigar a la europea con golpes maquinales, veloces, contundentes. 

La acabó con un 7-4 y probó al mundo que ya era la mejor.

En seguida, bajo su flequillo rebelde pronunció lo que es para ella el sonido de la alegría: su kiai, ese grito agudo, filoso como un sable. EP

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