Las afganas que gritan

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 18/08/21

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Afganistán queda al otro lado del planeta, a casi 14 mil kilómetros de México. Afganistán es una nación musulmana regida por las inflexibles leyes de la Sharia, y México es un país en su mayoría católico guiado por la fe, no por el castigo despiadado ante la “desviación” religiosa. Quizá por esas dos razones, tan sencillas, creíamos Afganistán nos quedaba muy lejos. Geográficamente, culturalmente.

Pero estos días nos dimos cuenta que no tanto. Tanto el COVID como la polarización pro o anti AMLO -que conquista a los mexicanos en un bucle infinito que oscila entre el “cómo estamos cambiando” o “aquí no está cambiando nada”-, se distrajeron un poco. Dejamos de solo vernos el ombligo para asomarnos a Oriente Medio. Como pocas veces en los últimos años, ávidos de información estiramos el cuello para atestiguar lo que está pasando del otro lado del planeta, y abrimos mucho los ojos, alertamos los oídos: queremos saber.

No es casual. Desde que tenemos memoria, al oír Talibán, los ciudadanos, cualquiera, de inmediato asociamos esa palabra a un poder maldito, a un ente macabro, a una fuerza armada demencial. Aunque nuestra cabeza no se haya instruido jamás en ese conflicto complejísimo que abonaron en su tiempo la URSS y en este siglo Estados Unidos, Talibán es la encarnación de un régimen violento hasta lo inconcebible. Y ser mujer ahí es una condena a muerte, metafórica y literalmente. 

Cuesta creer que en pleno 2021, cuando La Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU no se discute bajo ninguna circunstancia, y ni siquiera la cuestionan públicamente los gobiernos más autoritarios porque hacerlo (aunque la violen) es desacreditarse ante el mundo, el Talibán exista. Y que ahora, sin ningún obstáculo, ante la salida del ejército de Estados Unidos se disponga a gobernar sin oposición, contraviniendo los más elementales avances de la civilización y bajo la premisa abierta de la inferioridad de las mujeres y su derecho a aplastarlas. 

La Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán (RAWA), un organismo que impulsa una nación democrática y laica con derechos para las mujeres, recordó ayer una treintena de condiciones que espera a las afganas con los talibanes en el poder. Para darnos una idea, aquí van cinco: 

+ El trabajo de la mujer fuera de casa está prohibido

+ La educación para la mujer se prohíbe en cualquier institución

+ La mujer solo puede estar fuera de casa con su ‘mahram’ (esposo, padre, hermano)

+ Las ventanas de sus hogares serán tapiadas para no ser observadas

+ La mujer debe cubrirse íntegramente con burka (también el rostro), bajo pena de azote.

Monstruosa, la lista sigue, por ejemplo, autorizando a los hombres a golpear a sus esposas, y a practicar (solo ellos) la poligamia. 

En las redes, recurso para medir el sentir social en la pandemia, una parte de la población mexicana opinó. Mucho, con escasos límites, con indignación, con sorpresa, y a veces con desinformación, claro, porque no había modo de un día para otro de conocer la historia y los procesos de un país tan remoto y ajeno. Existe la necesidad de decir algo. 

Y entonces otra parte de las redes, tan presta a condenar más que a comprender, desaprobó a la gente común que algo tiene que decir sobre la tragedia universal del sanguinario retorno de un régimen que empuja por instalar en la barbarie a una región del mundo donde viven 38 millones de personas, entre ellas más de 20 millones de mujeres condenadas en estas horas al infierno. En todo caso, es buena señal que un país se preocupe tanto por otro en el otro extremo del planeta, en vez de mirar en silencio el show del horror. 

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, lamentó que el gobierno afgano al que durante años su gobierno apoyó se rindiera ante los talibanes, y que su población lamentara paralizada el avance enemigo. “Los estadounidenses no deben morir en una guerra que los afganos no están dispuestos a luchar por sí mismos”. Y quizá en algo tenga razón: por la pantalla vimos multitud de hombres afganos –no mujeres- trepándose desesperados a aviones para huir de su país, y a hombres que miran resignados la irrupción de su verdugo en camionetas con armas de alto poder. 

¿Y las mujeres?

Ayer, perdido en el maremágnum noticioso, vimos imágenes quizá sin antecedentes: mujeres afganas refugiadas en la ciudad de Qom, en Irán, marcharon por las calles cubiertas con sus burkas negras pero con la voz fuerte y los puños alzados, en protesta por el retorno de los talibanes. Y después la agencia Pajhwok Afghan News nos mostró videos de grupos de 4,5 mujeres, también con burkas pero caras descubiertas, gritando en las calles de Afganistán y levantando pancartas para que por ningún motivo se pierdan –quizá para siempre- los derechos que han ganado en las últimas décadas. A su alrededor, los peatones (hombres) las observaban anonadados por su valentía, como también las veían los talibanes que con ametralladoras las rodeaban y pasaban desafiantes delante suyo.

Ante un planeta preocupado pero paralizado, podrían ser las mujeres afganas, hoy en grupitos aislados y en el futuro no sabemos cómo, la semilla que desde esos escenarios de pavor se conviertan en sublevación. EP

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