El viejo mundo de los abrazos

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 14/10/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Pablo Gershanik, gran amigo de la prepa, recriminaba que mis abrazos carecieran de la presión, la calidez y el agarre de los suyos: a veces al saludarme me reventaba sin pudor unos besos sonoros en los cachetes, cuando me abrazaba me comprimía los pulmones varios segundos, y me preguntaba “¿Cómo vas, flaquito?” mirándome a los ojos, en un deseo genuino de que yo le respondiera.

Como a mí la avalancha de la adolescencia me había embestido salvajemente y por todos los frentes —-desde el acné hasta una timidez que carcomía mi personalidad—, cuando era buen momento de probar que quería a una persona el cuerpo se me helaba: los músculos, rígidos, consumaban el roce aguado de un molusco más que un acercamiento fraterno. Cuando Pablito sentía ese contacto fofo sonreía y me decía: “Abrazo del PRI”. Y entonces se burlaba de mi torpe frialdad aproximando su torso al mío, adoptaba la forma de un abrazo pero sin tocarme en lo absoluto —como si formara un caparazón— y después, a la hora de comprimirme con manos y brazos, solo daba tres toquecitos a mis omóplatos con la yema de sus dedos medios. Sí, era algo imperceptible como si oprimiera ligeramente las teclas de una computadora: “hago como que te tengo cierto afecto (mínimo, claro) pero evito hasta el límite de lo absurdo cualquier contacto, al que reduciré a lo indispensable porque casi-casi estoy tocando una salamandra viva y no una persona”. Pablo daba los toques con los dos dedos en mi lomo, se separaba de mí y cerraba el gesto repitiendo “abrazo de PRI”, como para que no me quedara duda de que mi efusividad era como la de un político de olor agrio abrazando a otro por horrible obligación. 

“Yo quería a varias y varios, pero me daba miedo demostrarlo, y entonces lo que mostraba era que no quería aunque quisiera.”

Jamás pude llegar a los niveles expresivos de Pablo, entrañable amigo por años y años, pero esa cercanía física que se embarraba al otro como si gritara “somos gente y nos queremos” fue clave para sentirme valioso en días en que no había bombero que apagara mis tormentos interiores.

Yo quería a varias y varios, pero me daba miedo demostrarlo, y entonces lo que mostraba era que no quería aunque quisiera. Deficiente ecuación que me traía tristonas distancias con el mundo, incluyendo mis padres, mi hermano. Pero aquel “abrazo del PRI” me ahorró terapias y al menos ayudó a que no se sintieran salamandras quienes eran importantes en mi vida.

Con los años no llegué a curarme, pero de a poquito mitigué mi mal. Le fui perdiendo el miedo a los abrazos apretujados (si se justificaban, claro), inclusive con más tiempo estrujado que el que indican los manuales tácitos de convivencia en sociedad. Por eso, ahora que estamos instalados en la infinitud de esta existencia con tapabocas como mordazas, que nuestras manos se derriten de tanto alcohol, que la presencia del otro nos da temor, que dejamos los zapatos fuera de casa como si fueran minas terrestres en la guerra, creo en esa frase que va y viene por todos lados: “extraño los abrazos”. Con mi hija saludito de pies que chocan, con mi amigo Virgilio roce de codos, con mi mamá inclinación de cabeza a la usanza japonesa (eshaku, aclara Google), con mi hermano Juan prolongada mirada frontal con arrugas risueñas.

Fue mi amigo el culpable de habituarme al “si quieres, demuestra”. ¿Y ahora, Pablo, donde coloco estos brazos vacíos?

Yo, que tanto tiempo hice sentir a muchas y muchos el terrible abrazo del PRI, extraño la otra era: estrechar sabroso.
¿A dónde te fuiste, viejo mundo de los abrazos? EP

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