El cubrebocas que me dio identidad

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 20/10/21

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Con el cubrebocas hice fila entre la porra para entrar al estadio del Atlante, con el cubrebocas crucé el torniquete, con el cubrebocas bajé por las escaleras azulgranas para acomodarnos en nuestras butacas. Y también con el cubrebocas le dije a mi madre que era increíble que 38 años después de que me llevara a esa misma tribuna y ella jamás volviera, estuviera de regreso. Aunque en 1983 el equipo jugaba de noche y entre semana, aceptaba que fuéramos con un “Vamos, voy a ver a Cabinho”. Yo, un chavito desconcertado, dudaba de si esa mujer que viajaba sin inconveniente desde la colonia Viaducto Piedad hasta las gradas de la Nochebuena admiraba como yo el estruendo goleador del brasileño afro o, en realidad, él era sólo su amor platónico.

Dejemos los celos de niño y volvamos a nuestro tema: del cubrebocas, como buenos ciudadanos, ni nos acordamos ese domingo futbolero de hace semanas. Qué podía importar si el Atlante estaba volviendo a su ciudad 14 años después de migrar a Cancún, caliente y vaporosa pero congelante hasta hacer tiritar su corazón de barrio chilango. Qué podía importar si los potros volvían a estar con su gente y en casa tras 19 años de relinchar afligido por su destierro en tres estadios ajenos.

Con la mitad de la cara oculta por el KN95 veía tranquilo el partido, admiraba la persistencia que en cualquier momento demolería a Correcaminos de Tamaulipas. Llegó el minuto 30 y la barrida de Armando Escobar. En el área el jugador contactó la pelota que dando tumbos, sin gracia pero con entusiasmo, caminó hacia la red y nos hizo gritar. Grité fuerte por todo lo que ese gol implicaba, y entonces sentí que me estaba gritando a mí y a nadie más. 

La vibración de mis cuerdas vocales, ese sonido empujado por mis pulmones, dio maromas entre mi boca y el interior afelpado de la mascarilla: mis decibeles fueron y vinieron como pelotas de ping-pong entre mis labios y la tela tibia de propileno. El ruido apagado de mi gol se escabulló por los costados del cubrebocas, y retumbó en mis orejas para que sus sedimentos sonoros se difuminaran tímidos en la platea grana y azul. “Así son los goles en pandemia”, pensé al salir del estadio, contentos por el 3-0 que me había llevado a un triple grito de gol, que fue como dar un alarido dentro de una cubeta.

Así como los cubrebocas ya sirven para gritar pasiones sin riesgo, desde ese domingo de agosto me he vuelto un fisgón del cubrebocas ajeno. Semanas atrás, vi cómo a Fabricio, un célebre entrenador de la pista de atletismo a la que voy para dar dignidad a mi joven madurez, dirigía a sus atletas adolescentes con un fantástico cubrebocas aerodinámico negro que se pega a la cara en forma de poliedro. Y hubo más: un par de mamás de sus deportistas que observaban la práctica en la tribuna, se dirigieron a él y le entregaron un paquetito de regalo. Intrigado, él lo abrió y sacó un fantástico cubrebocas gris, afelpado, alisado, tejido en una especie de terciopelo fresco que te aplana los cachetes suavemente, como un ligero masaje facial. “Épale, gracias, qué bonitos”, les agradeció sorprendido, y ellas le explicaron muy en serio: “es cubrebocas de gala”. Y no era para más, ponerse esa mascarilla es cubrirte con un smoking de cara.

En mi valoración reciente de los cubrebocas observé una escena interesante. Una actriz con la que tuve una charla, en un momento en que se cansó de ese aditamento de tela se lo retiró cuidadosamente, lo dobló con la dulzura con que se dobla un vestido de noche y lo colocó en un receptáculo de plástico pulido, casi atornasolado. “¿Y eso?”, pregunté intrigado. “Un portacubrebocas”, fue lo único que respondió, como si me dijera “entiende por dónde va la elegancia en estos tiempos”.

Que nunca se pierda el estilo, no importa la edad. Desde el inicio de la pandemia, mi madre —no vayan a creer que tengo Edipo— usa KN95, pero no cualquier KN95. Lejos del KN95 blanco que nos da a los simples mortales aires hospitalarios, personalidad de nosocomio, ella los usa en gris. Siempre gris. Quizá ese color le da más presencia, disimula los tonos cenizos que sobre el blanco esta ciudad impregna, refuerza su mirada acuática. Mi hija, su nieta, le dijo: “abu, son hermosos tus cubrebocas grises”. Acto seguido la abuela le regaló tres cubrebocas grises que la pequeña atesora y cuida más que sus autógrafos de Jesse & Joy. “¿Por qué te gustan tanto los cubrebocas grises?”, le pregunté intrigado. “Son elegantes. Y combinan perfecto con mi uniforme de la escuela”. Su vuelta a clases presenciales ha sido con KN95, pero gris, desde luego. Con cuánta seguridad cruza la puerta del colegio.

Indeciso, nunca satisfecho, yo oscilaba entre el KN95 blanco, los cubrebocas negros de Waldo’s de cinco por 19 pesos y uno Fullsand para playa que todo el tiempo se resbalaba por su tela tipo teflón. En síntesis, no hallaba mi estilo. 

Pero no hay mal que dure cien años. Hace poco, mi amigo Lendo dejó de ser puma por un día para acompañarme a ver al Atlante. Al salir del estadio, otra vez triunfantes, vimos un puestito de cubrebocas con el escudo y los colores del equipo. Tentado, pregunté su precio. Una ganga: 30 pesitos. Quién sabe por qué no me animé y seguimos rumbo a Eje 6. Me detuvo: “si tienes ganas, cómpratelo”. Convencido volví mis pasos, saqué el dinero y me puse la joya de tela colorida. Al fin es mío el cubrebocas al que estaba predestinado, también encontré mi identidad. EP

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