Cuando el disparate es un crimen

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 23/12/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Después del éxtasis, de la fiesta hermosa que fue aquel recorrido triunfante por Calzada de Tlalpan entre multitudes para llegar al Congreso y recibir la banda tricolor, Andrés Manuel no me dejó ni un par de semanas disfrutar el saborcito de la victoria. 

La izquierda al fin estaba en el poder, pero de la fiesta no nos repusimos y de inmediato todo pasó a ser una eterna y horrible cruda que en vez de transcurrir en una cama bebiendo agua tenía como escenario de sus desfiguros post reventón a la conferencia mañanera. Ahí, el presidente adoptó el espantoso estilo que no suelta ni porque ya va el 33% de su sexenio: gobernar hablando, que ya es grave, aunque peor aún, gobernar diciendo disparates, uno tras otro, sin darse chance ni de tomar aire. Como el borracho de la fiesta que se levanta entre las sillas para hablar y hablar y hablar, y uno sudando ruega que se calle.

Pero eso no importaba tanto: a inicios del 2019 yo y montones de quienes lo votamos nos aferrábamos a lo que creíamos que él encarnaba, y observábamos el penoso espectáculo que daba en su atril de madera, atónitos pero poniendo por delante la fe: algo bueno le esperaba a México pese a que su voz chillona descargaba sobre todo absurdos y agresiones mientras nos agarrábamos la cabeza con pena ajena cuando exclamaba cosas tipo “fuchi, caca” y miles de sandeces más.

Pasaron los meses, los años, y no hace falta observar las gráficas de la macroeconomía para atestiguar el desastre: no sé cómo será en los estados, pero si antes la pobreza de la capital del país brotaba en los cruceros importantes, ahora casi en cualquier esquina es grosera, masiva, y se parece demasiado a la indigencia. Y claro, está la violencia de la delincuencia organizada y desde luego, la ola asesina contra las mujeres que, según las propias palabras del presidente, “son las que más cuidan a los padres, nosotros los hombres somos más desprendidos, pero las hijas siempre están pendientes de los padres, de los papás, de las mamás”.

No quiero hacer aquí un lamento de su gestión que si uno visualiza tiene forma de una rueda de prensa en Palacio Nacional con algunos periodistas serios pero sobre todo Lord Moléculas y más payasitos. 

Sin embargo, ahora que cumplimos dos años de sexenio es natural que cada quien haga un repaso de lo que siente. 

Hace meses, cuando era posible chelear cara a cara, un amigo que había votado a López Obrador me decía que su presidencia le causaba el efecto de una montaña rusa: algunos momentos de paz en los que aún creía en el líder, pero otros momentos de bajada, zozobra, vértigo y angustia cuando decía barbaridades, muchas teñidas de violencia. Yo no experimento eso: tras el ascenso por la montaña en la fiesta del 1 de diciembre del 2018, todo ha sido caída libre. 

El gobierno de la izquierda en que creí me parece deplorable, un ejercicio de soberbia verbal que sin embargo lo tiene en la cima de la popularidad, asunto que le preocupa más que todo. Miento, Benito Juárez le importa más. 

Llegó un momento en que tantos sinsentidos de esta administración me resultaban agotadores, esencialmente porque yo me veía a mí mismo, semana a semana, quejarme sin tregua. El gobierno tenía rasgos de demencia. Y como le seguía el ritmo a su locura y me quejaba escribiendo y hablando, al final me aturdía con mi amargura a mí mismo.

Y entonces llegó la pandemia, y con ella una especie de vicepresidente que ni siquiera votamos. Gatell-Gatell-Gatell. ¿Cuánto hemos visto a Gatell desde marzo? ¿Cuántas miles de horas nos lo han suministrado vía intravenosa sermoneando mensajes cruzados, confusos, contradictorios, insostenibles, irresponsables? El subsecretario de Salud nunca ha sabido los alcances de la pandemia (no lo culpo, no lo sabe nadie) pero su error criminal ha sido que dice que sabe, que marca fechas, planes, vías o no de mitigación y casi siempre se equivoca. A inicios de año dijo que el coronavirus era de “agresividad leve”, y no lo fue. Cuando otros países ya se confinaban, México, aclaró, “no necesita cuarentena alguna”, y muy rápido alcanzamos la cumbre planetaria de muertos. Pedir pruebas masivas, nos regañó, “parte de una visión completamente fuera de lugar”, y desde entonces la Organización Mundial de la Salud advierte que es muy útil para aislar a los sintomáticos y a los asintomáticos (“test, test, test”, rogó el director general de ese organismo internacional). 

A mediados de año ya estaríamos bien, afirmó Gatell, y estuvimos muy mal. Los cubrebocas de ningún modo ayudaban a evitar el contagio porque “son de pobre utilidad”, y sí ayudan. “En un escenario muy catastrófico”, informó, morirían 60 mil mexicanos, y calculo que en enero habremos llegado a los 150 mil. Su semáforo primero fue importante, y después lo llamó “irrelevante”. El nivel de contagios de diciembre en la Ciudad de México, indicó, no justificaba pasar a semáforo rojo, y sí lo justificaba. Ya ni discutamos el ocultamiento de la realidad documentado por el New York Times, según el cual el gobierno, para evitar el semáforo rojo, usó cifras más bajas de las oficiales en camas ocupadas de hospital con ventiladores y positivos de coronavirus. Amparadas en la luz naranja nuestras calles eran una verbena dramática de contagios, pero el gobierno se ponía una venda y no decía ni “mu” (importa la popularidad, ya lo entendimos)

Pero Gatell no cambia. Sigue expresándose con serena elocuencia, sonríe muy seguido e incluso, cuando acaba de mencionar “lamentables fallecimientos”, nos habla como a personas con distrofia mental, en un tono de “a ver, sé que naturalmente son tontos, pero por favor entiendan”. Y lo último: cuando el mundo entero dice no a los vuelos procedentes de Reino Unido por las amenazas de la nueva cepa del coronavirus, él les dice que bienvenidos: “Cerrar vuelos provenientes del Reino Unido no tendría una contribución específica para disminución del riesgo, no hay evidencia al respecto”, declaró ayer. Lo mismo pasó con los cubrebocas: en vez de decir “no está clara su utilidad, pero por las dudas usémoslo”, aclaraba que no servían aunque ya el planeta entero los usara.

Esta vez pudo decir, en un gesto de prudencia: “no están claros los alcances de la nueva cepa del coronavirus, pero por las dudas cerraremos los vuelos de ese país”. ¿Es esencial para la vida de México recibir aviones de Reino Unido? No. O sí, sólo para él. El subsecretario nos podría estar matando, aún más.

Con mejores modos y mejor forma física, López-Gatell, nuestro vicepresidente de facto, es solo la razonable continuidad de nuestro presidente: el desvarío, el sinsentido, la ignorancia probada, y eso justifica que López Obrador, en un circo tristísimo, le echara porras ante los medios: “¡no estás solo, no estás solo!”.

La diferencia entre ambos es que los disparates del presidente son folclóricos —en su mayoría—, y los de Gatell ninguno lo es, y están matando a miles, miles, miles. EP

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