Boca de lobo: Son sólo indios

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 11/12/19

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

—Disculpe, ¿la entrada del Metro Hidalgo?

—Por ahí—, me señaló hace dos semanas un dedito, y solo alcancé a ver toldos mugrientos sobre lentes oscuros, memelas, calendarios, DVDs, playeras, tenis, fundas de celular, relojes, gorras y tres millones de productos entre los que la multitud luchaba por caminar, engullida por un pantano made in China.

Caminé, busqué, enfoqué como si mis ojos fueran binoculares empañados. No hallaba la entrada.

Pregunté otra vez: “¿La entrada del metro, oficial?”. “Frente a los tacos”, dijo y dio una sacudida a su mentón-brújula. Y otra vez a rebuscar desde avenida Balderas las escaleras que me llevarían al andén imposible. Nada: solo multitudes avanzando densas. Por ningún lado la entrada maldita: gente, puestos, gente, puestos y puestos, y el pobre Centro Cultural José Martí vecino de la Alameda arrinconado como ante un pelotón de fusilamiento.

“¿La entrada del Metro, señora?”, insistí. “Ahí”, sonrió alzando las cejas para que viera a tres metros de nosotros la boca del túnel sepultado por la vendimia masiva.

Me zambullí debajo del tsunami del ambulantaje exterior para revolcarme en el del interior. Ahí, la oleada era golosa: montañas de bombones Bon o Bon, chocolates Cremino, malvaviscos De la Rosa.

Esta ciudad se volvió ambulantaje en los cuatro puntos cardinales y lo demás es un pasado sin vestigios. El Centro Histórico impecable y libre solo vive en las fotos porfirianas de los Sanborns cuando tomamos café, enterrado por la dictadura de líderes de la venta informal que deben vivir en palacios del sultán de Brunei pero en Iztapalapa. El “reordenamiento” prometido desde Ramón Aguirre hasta Sheinbaum es una mentira que los chilangos aceptamos, resignados al destino. Los ambulantes han sido paridos por el lazo de la pobreza y la corrupción callejera, y el partero es un gobierno que ayuda a que al monstruo le nazcan miles de hijos luego incontrolables.

O bueno, controla si quiere. El fin de semana las brigadas del gobierno capitalino arrancaron a las indígenas triquis sus bolsas, blusas, manteles, telares. Sorprendió la ira de Alexis Yépez, coordinador de jóvenes de Morena, extirpando a las mujeres sus productos, empujando junto a sus colegas al que se le pusiera enfrente, gritando, llenando sus brazos de las artesanías porque al Zócalo de la izquierda había que dejarlo limpio aunque fuera necesaria una razzia que contradiga a su presidente: “de todos los pobres, la preferencia la van a tener los pueblos originarios”.

Hace un par de años, por un reportaje visité Santos Reyes Yucuná, oficialmente el municipio más pobre de México enclavado en La Mixteca oaxaqueña, tierra triqui. Hice la misma pregunta a tres personas: ¿aquí qué comen? “Maíz, un poco de frijol”, dijo el alcalde Alberto Martínez. “Un poquito de maíz y frijolito”, explicó el abuelo Pedro Alejo. “El maíz, el frijol”, respondió el campesino Gregorio Cruz, que me dio una frase de exótica construcción pero clara como su pobreza: “Todo no tenemos”.

Esta capital, en concreto La Candelaria de los Patos, se ha llenado de triquis migrantes. Viven en chozas de cartón (mejores hogares que los de su tierra). Su pueblo los echó con su desamparo, y aquí los echan a patadas del Zócalo porque a alguien le disgustan.

Eso sí, en Twitter el gobierno se disculpó: “es inaceptable el trato que recibieron”. Al día siguiente, una artesana triqui relató en cortito a Canal 6 Telediario qué les dijeron los funcionarios de ese mismo gobierno: “Que somos indios”.

En la ciudad hay ambulantes de primera y de segunda. Algunos, los sometidos al poder clandestino, tienen amparo oficial para conquistar territorios (Metro Hidalgo lo sabe). Otros son sólo indios. EP

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