Boca de lobo: Ráfagas en Acapulquito

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 14/08/19

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

El verano revienta de gente a Acapulquito, que dispara el termómetro: 30, 35 grados. Abajo, la Costera, con su ruido, desmadre, chupe, hacinamiento y sangre.

Pero yo estoy arriba, me invitaron al Emerald Residence. “Evocar los infinitos matices de la naturaleza para así recrear un pedazo del edén y lograr habitarlo”, dice el lema del complejo de edificios con albercas deliciosas aquí, allá, en todos lados.

Sabemos qué pasa abajo, en el otro Acapulco. Por eso agradezco levantarme, caminar en los azulejos de un departamento de octava planta con aire acondicionado, ver el Pacífico desde la terraza, mirar las olas, tomar el elevador y bajar del residencial frente al que estacionan Volvos, Audis, Porsches. Iremos al gimnasio y luego subiremos a un carrito de golf para que a mis amigos y a mí, entre senderos con palmas, nos lleve a las albercas. Unas con fuentes, otras con acceso al mar, algunas con toboganes y varias con puentes bajo los que las parejitas de enamorados se besan a la sombra.

Sobre un camastro bebo una cucumber lemonade y embadurnado de bloqueador del 50 me quedo dormido. Podría jurar que el Acapulco de abajo no existe. Que tanto dolor, muerte, desolación, aquí junto, a minutos, es un mito.

Cierra los ojos, pon la mente en blanco y México por poco ya no es México: la mente es poderosa. Se va el día entre zambullidas, charlas, cervecitas, cucumber lemonades. Esto es Miami Beach, casi-casi, si no fuera porque me levanto y camino al baño, junto al bar de la alberca, oigo a un mesero decirle a otro en una charla de quién sabe qué: “ese güey ya se recuperó de los plomazos”.

Cae la tarde. “Vamos a La Quebrada”, propongo al amigo que me invitó al Emerald. “Ni madres, muy riesgoso. Ahí no nos metemos”. “Están increíbles los clavados”, insisto. “Nel, está cabronsísima esa zona”. Punto. No negotiation. No queremos pasar de Miami a Siria.

Comeremos en el Centro Comercial La Isla; no, en La Isla Shopping Village, con dulces ríos artificiales y turistas que compran en Lacoste, Guess, Tommy Hilfiger.

Tranquilo, ya imagino las barbecue ribs, pero de pronto, en el acceso que da a La Isla Shopping Village nos frena un oficial: “Si quieren pasar firmen esta carta responsiva”. La leemos. En síntesis, advierte: si algo les pasa adentro, son los únicos responsables de sus vidas. “¿Y esto?”, preguntamos. “Rafaguearon en la mañana el restaurante Kookaburra”. Mierda, y nosotros lamentábamos la suerte de la Costera.

A firmar. Avanzamos pero retrocedo un instante. “¿Sabe por qué lo rafaguearon?”, cuestiono al oficial. “La dueña no pagó la cuota”, dice. Hago algún gesto y me aclara: “pero no mataron a nadie”. Prendo mi celular y busco fotos en Twitter: ahí está la fachada de cristal del Kookaburra que pulverizó un comando armado y en seguida observo al Kookaburra, al que ya tengo a tres metros. Es real, fue atacado con fusiles de asalto aquí, en Punta Diamante. No estaba blindada del terror.

“No hay nadie”, dice una amiga ante los andadores desolados del centro comercial al aire libre. “Debe ser el miedo”, explico.

Falso. Al ratito, la multitud. Por todos lados camina gente que toma helados Hagen, se prueba lentes de sol en Kool, y niños, niños, niños y más niños que suben al bungee miniatura, compran en Juguetibici, sonríen navegando en el río dentro de un barquito pirata que maneja un bucanero.

Amanece, abro los ojos y fisgoneo internet: “cuatro hombres asesinados y siete heridos a balazos en un ataque en un bar de la emblemática zona de La Condesa”. Reviso las fotos. Unos kilómetros abajo y hace horas, en Mr. Bar los cuatro cadáveres quedaron encimados en el piso –veo una panza y una espaldas lívidas-. Sobre sus cabezas quedó la mesita donde bebían. A ella no le pasó nada: arriba de un mantel naranja aún está la hielera que refrescó su final.

Sale el sol. Siguen las vacaciones en Acapulquito. EP

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