Boca de lobo: El milagro del boliguayo

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 13/11/19

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Sentados en un rincón del patio hablaban bajito, miraban retraídos a los demás, se juntaban entre ellos en el recreo como protegidos por un caparazón. Y al ponerse de pie daban pasos huidizos, sigilosos, muy distintos al correr libre y atrevido con que en la secundaria Coronel de Marina Tomás Espora se divertían sus compañeros argentinos. 

Ya instaladas las democracias de Sudamérica, con mi mamá y mi hermano habíamos despedido a México, el país que nos dio amigos, escuela, casa, trabajo y montones de cosas durante 12 años. Intentaríamos en ese 1988 volver al país donde nacimos, pero que para mí era tan extraño como familiar el color de piel de esos chicos de mi nueva escuela del barrio porteño de Liniers -que por su aspecto bien pudieron nacer en México-, a los que nadie se molestaba en conocer. “¿Quiénes son?”, pregunté un día a Jami, mi primer amigo allá, intrigado por su discreción morena. “Boliguayos”, dijo. “¿Boliguayos?”. “Sí, bolivianos y paraguayos”, explicó. Eran los hijos de migrantes que habían salido de sus indígenas países en ruinas gobernados por hombres blancos. 

Y una parte de la sociedad que los recibía les ponía ese sambenito oral, los marcaba con ese término, “boliguayos”, un nombre que los revolvía en un mismo costal como despojo amorfo de dos naciones despreciables (por morenas, pobres e indias, supongo). Sufrían a sus 14, 15 años, una especie de linchamiento. A veces silencioso (la indiferencia), a veces escandaloso (no opines, boliguayo / no vas a jugar, boliguayo / qué estás diciendo, boliguayo). Los “boliguayos” carecían de nombre propio e identidad, solían tomar clase al fondo del aula, y si había que referirse a uno en particular recurrías a “el boliguayo narizón, el boliguayo flaco, el boliguayo del lunar”. No había “boliguayas”, o nunca vi una en la escuela, y hoy me pregunto si, marginadas de la educación, esas mañanas no estarían trabajando junto a sus madres limpiando casas.

Ese retorno a Argentina fue pasajero. No hubo modo de quedarnos en un país con una hiperinflación galopante. Pero quienes sí hallaron el modo fueron los “boliguayos”. Cuando como turista volví, hace 15 años, supe que las multitudes agachadas sobre los sembradíos de la provincia de Buenos Aires eran, en gran parte, bolivianos: hasta hace una década sumaban en Argentina 350 mil. Y también lo eran quienes vendían alfajores en el tren, se volvían nanas, eran peones de la construcción, limpiaban casas, ofrecían legumbres en la acera.

Poquito después de ese 2004 el mundo escuchó mucho sobre Bolivia, luego de jamás escuchar nada: por primera vez en su historia ese país indígena tendría un presidente indígena. Un sindicalista cocalero de 46 años, Evo Morales, asumía la presidencia de un país cuya línea de pobreza abarcaba al 63% de su gente. Trece años después, ese presidente la bajó al 35% según el Banco Mundial. En sus 13 años de gobierno el PIB creció nominalmente 327%. Este año la economía vivirá un crecimiento mayor al 4%, el más alto del continente. En 2001 el analfabetismo en Bolivia era de 13.4% y hoy es de 2.4%. Durante su presidencia, la esperanza de vida subió de 65.3 a 70.9 años. Y la inflación pasó de 4.91 % en 2005 a 1.51% en 2018. 

Del lamento boliviano, al milagro boliviano.

Natural que esa nación, sometida por la miseria desde su fundación hace dos siglos, lo eligiera presidente tres veces. Ante la incontrovertible prosperidad, la sociedad impuso vía las urnas su permanencia. La reelección era legal, y la gente dijo: Evo, otra vez. 

Cierto, debió irse con la gloria, y no intentar un cuarto periodo, ahora retorciendo la ley y luego de una votación que dejó muchísimas dudas. 

Pero hoy los gritos que aturden en México y el continente sueltan con histeria una ofensa fácil: ¡Fuera, dictador!

Nunca lo fue. Lo eligieron siempre con métodos democráticos, y eso lo pagó dignificando a un país que hoy debería ser nuestro espejo.

¿Lo llamarían “dictador” si Evo hubiera sido un presidente transformador y ejemplar tres veces elegido, pero blanco y de ojos claros?

Nunca lo dirán, pero les resulta insoportable el éxito del boliguayo. EP

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