Boca de lobo: Bialy, el gato polaco de Azcapotzalco.

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 23/12/19

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

“Los gatos duermen y duermen”, dijo mi amiga Anahí para animarme a una mascota por primera vez en mis últimos 35 años. Cauto, busqué sabiduría en mi entorno y recibí deliciosas palabras sedantes: “Solo piden cariños limitados”, “son enigmáticos”, “encarnan el punto exacto entre independencia y afecto”, “te sanan al ronronear”, “son criaturas sinceras, esponjosas”.

Ante ese futuro encantador, con la habitante menor de casa metíamos poco después las narices en una caja transportadora que en el Parque México protegía a unos hermanos recién nacidos. “Los salvé en un horrible callejón de Azcapotzalco”, nos confió la rescatista gatuna Edith, como para que imagináramos un sendero de Mordor con fuego, monstruos y tinieblas, y adoptáramos. 

Cuatro gatitos blancos había dentro; para tres no existimos. Jugaban, dormían, y aunque dijimos “mira ése, ése y ése”, de pronto uno nos flechó con sus ojos astutos. Parado en el fondo, semioculto, no le daba importancia al protagonismo y, muy importante, nos veía (era una señal). Pronto se acomodó en nuestro asiento trasero viendo al mundo con el sosiego de celebridad de Hollywood en limusina. “Qué calmado, tranquilo”, comentamos sobre Insurgentes. 

La miniatura entró a casa e imaginé una nueva vida tersa como su espuma blanca: el pelo de ese gato filósofo.

¿Cómo se llamará? Muy sofisticados, decidimos que fuera en otro idioma. A la web Indifferent Languages le das una palabra en español y te la regresa en 185,987 idiomas. Probamos. “Tigre” era tigeris en letón. “Tranquilo” era hiljainen en finés. “Flexible” era elastik en albanés. Todo era demasiado exótico, hasta que probamos “Blanco”, que en polaco era “Bialy”. Y Bialy se llamó el gato polaco de Azcapotzalco. Nombre dulce acorde con su personalidad. 

De vuelta a casa el primer lunes supimos que sería imposible dejar los baños abiertos. Se había enredado en papel higiénico hasta extender metros y metros: una bacanal de tiras revueltas. Y al otro día, al entrar, un ecocidio: las cinco plantas que daban frescura al hogar fueron despedazadas por su cuerpo del tamaño de un elotito. Las mordió de arriba abajo y escarbó furioso la tierra hasta arrancarlas de raíz, como para que ni por error se les ocurriera volver a vivir. Murieron la malamadre, la costilla de Adán, la siempreverde china, el ficus benjamina y hasta la diefembaquia, que (supe después) es venenosa para los gatos: pobre, ella también falleció en el aparato digestivo del gatito.

Bialy trepa a los estantes y come harina, abre las alacenas y deglute espaguetis crudos, ataca con fiereza el pan Bimbo. Ha penetrado con sus colmillos mandarinas y la bolsa del Nesquik. Ha destapado las cajas plásticas del pollo rostizado para saborearlo, y si te descuidas se zambulle en tus Frutilupis con leche. 

Sube a los sillones y salta a las paredes para tirar los cuadros, y en un partido de las Águilas de Filadelfia atacó a los linebackers hasta tirar la pantalla. Celoso, no soporta los adornos: se enfrascó en una lucha terrible con unos elefantitos de la India hasta terminar partiéndolos, hizo polvo una casita de barro de Masatepe, revoleó en un estante pilas de DVD’s (sabe que con Netflix eso es absurdo) y bateó una copa antigua heredada a mi tía abuela.

De a poco supe que no tiene idea qué es eso de “el punto exacto entre independencia y afecto”. Quiere amor empalagoso las 24 horas: se te tira encima como un perro enamorado. El cariño le nace a maullidos tan dolorosos que te obliga a abrir el cuarto a las 5 de la madrugada y acariciarlo entre sueños, para con sus lamidos en tu oreja y su ronroneo poderoso demostrarte que sabe retribuir ese sacrificio humano.

Hace días nos preguntábamos si, como otros años, pondríamos arbolito navideño. Imaginamos las lucecitas haciendo corto circuito, sus colmillos triturando esferas, las pobres ramitas escarchadas llorando rocío de tristeza. Adiós, tradición. 

Y entonces recuerdo aquel “Los gatos duermen y duermen” con que me serenó hace 10 meses mi amiga Anahí, mientras observo mi pobre hogar devastado por la guerra de nuestro gatito tranquilo. EP

Bialy

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