Ayuujk: Sobre calabazas y chilacayotes. Lengua, palabras y visión del mundo

Ayuujk es el blog de Yásnaya Aguilar Gil y forma parte de los Blogs EP

Texto de 21/05/19

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Para Liuba, n’itsyu’nk

Una de las frases más recurridas para explicar la importancia de la diversidad lingüística ha sido: “una lengua es una visión del mundo”. Una visión del mundo que se pierde cuando muere una lengua. Siempre me he preguntado qué implica. ¿Qué es exactamente una visión del mundo? ¿Es posible compartir una visión del mundo con hablantes de lenguas distintas a las nuestras? ¿El hecho de hablar lenguas distintas necesariamente niega la posibilidad de compartir una misma visión del mundo? La frase en sí misma tiene un tono determinista que esconde muchas veces la complejidad de la relación entre mundo y lenguaje. No seré yo quien aquí dé una respuesta contundente a estas preguntas (y agregar ¿qué es el mundo? ¿cómo visionamos el mundo?) pero creo que es importante sospechar de ella. La relación entre el mundo o la realidad, lo que sea que eso sea, y una lengua en específico suele ser compleja y no necesariamente directa.

Tenemos una palabra, silla, que se relaciona no con un objeto concreto y objetivo del mundo sino con el conjunto abstracto que forman todas las sillas del mundo, una palabra que no se relaciona con el conjunto de los bancos ni de los sillones. En un enunciado concreto, la palabra silla establece una relación con un elemento concreto del conjunto de las sillas del mundo. Puede relacionarse con ella por su pertenencia a ese conjunto, a esa abstracción. Imaginen que existiera una palabra distinta para cada uno de los objetos concretos que llamamos silla, habría tantas palabras como sillas en el mundo y surgirían nuevas palabras en tanto se fabricaran nuevas sillas mientras dejarían de usarse aquellas palabras que designaban sillas que han dejado de existir. También existiría palabras distintas para cada una de las partes de cada silla en concreto, si el respaldo de una silla en concreto se llama así, respaldo, el respaldo de otra silla concreta recibiría un nombre diferente y así, hasta la locura. Si la relación del mundo (¿qué es el mundo?) y los elementos de la lengua fuera directa enloqueceríamos y nuestra mente colapsaría en un océano potencialmente infinito de palabras. Cada lengua en el mundo cuenta con sus propias abstracciones, si la palabra silla del español se relaciona con todo un conjunto de elementos silla que excluye a los bancos y a los sillones, la palabra tsënaypaajt del mixe se relaciona con un conjunto que, además de las sillas, incluye a bancos, sillones y todo objeto que sirva como soporte para poder sentarse sobre él. Puedo traducir silla como tsënaypaajt en un enunciado concreto de manera útil y exitosa cuando coinciden ambas palabras, pero nunca serán lo mismo: los hablantes de español sabrán que silla no es sillón ni banco y los hablantes de mixe sabrán que sillón y banco son también tsënaypaajt. ¿Esto significa que las personas que hablan solo mixe no pueden distinguir entre bancos, sillas y sillones? ¿La lengua que hablan los obliga a no hacer estas diferencias que el español sí hace? Nada más lejos de la realidad, aun cuando las llaman tsënaypaajt, quienes hablan mixe puede distinguir entre sillas, sillones y bancos, así como los hablantes de español pueden distinguir entre sillas de madera, de metal o de plástico y no por distinguirlas les llaman de modo diferente, son sillas. ¿Qué tanto la lengua condiciona entonces la visión del mundo? ¿A qué nivel?

Algo parecido sucede con la palabra carne en español que puede usarse en contextos como “Soy de carne y huesos” refiriéndose a la carne que nos recubre el cuerpo o puede utilizarse en referencia a la carne que se va a cocinar pronto: “Traje un kilo de carne para la parrillada”. En mixe, ambos tipos de carne toman nombres distintos: ne’kx para la carne de un ser vivo aún pegado al cuerpo y tsu’utsy para la carne que se lleva a una parrillada. Si tuviéramos que traducir del mixe al inglés, ne’kx sería flesh tsu’utsy sería meat, una diferencia que no captura la palabra carne del español.

Sin embargo, aunque tener una misma palabra para nombrar un conjunto no impide percibir las diferencias concretas entre los miembros de ese conjunto, si lleva a ciertas anécdotas divertidas que evidencian el entramado tras la manera en las que las palabras clasifican conjuntos de objetos (por no hablar de abstracciones). Cierto día, mi hermana, bilingüe mixe-español, acudió a una tienda de la Ciudad de México y preguntó por el precio de una calabaza, la dependienta le aclaró: “ésa no es una calabaza es un chilacayote” (palabra del náhuatl con pleno derecho ya en castellano); mi hermana, sorprendida, respondió: “por eso, es un tipo de calabaza pero es una calabaza” (en mixe el chilacayote es solo un tipo de calabaza y recibe el nombre tse’ al igual que el resto de las calabazas). La dependienta siguió insistiendo y enfatizando que había diferencias claras entre calabazas y chilacayotes (aun cuando hay muy diversos y contrastantes tipos de calabazas también) mientras que mi hermana le repetía una y otra vez que el chilacayote era al fin y al cabo una calabaza. Sin ponerse de acuerdo en el nombre, la posible transacción se frustró y mi hermana volvió a casa preguntándome: “¿verdad que el chilacayote es calabaza? Le respondí que para nosotras, en mixe, son lo mismo, tse’, pero en español son distintas: chilacayote y calabaza. “¿Y en el mundo real, son lo mismo o son distintas?” Me insistió. “No sé qué sea el mundo real” Le respondí. Luego le marcamos a un amigo biólogo y comenzamos otra discusión. EP

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