Amante Cuerpo y Fruto

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

Texto de 20/02/20

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

a Carmen

1. Mi amiga Alaíde cita de memoria fragmentos de libros y canciones que no solo propina en el momento más adecuado sino que responden preguntas que una no imaginaba tener. Envidio su memoria textual. Yo puedo parafrasear una que otra cosa, pero la única cita que me sé de memoria, y a medias, es lo peor que debería yo recordar de Antón Chéjov: “La medicina es mi esposa y la literatura mi amante. Cuando me canso de una, paso la noche con la otra”. Continúa diciendo: “y sé que es desordenado, pero no es aburrido, y ninguna de ellas pierde nada por mi infidelidad”. Patriarcales analogías aparte, ¿cuándo demonios voy a memorizármela entera y/o utilizar esta cita? ¿en qué contexto? ¿a quién le voy a cambiar la vida propinándole estas palabras?

Escribo esto justo cuando se celebran 160 años del nacimiento de Chéjov, escribo esto justo cuando he terminado de leer El fruto prohibido de Liv Strömquist un ensayo gráfico (no, no es novela, es ensayo gráfico) (sí, existe tal género) y nada es casualidad. Si las mujeres de los cuentos de Chéjov hubieran leído este libro, su vida sería otra o la misma pero reñida hasta con los dientes. 

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Liv Strömquist  cubre una amplia gama de temas (Chéjov los llamaría problemas, estoy segura), la menstruación, la vulva, la industria de los tampones, la concepción del orgasmo femenino como algo “opcional” en el sexo, entre tantos más. El libro inicia con una fabulosa lista historiográfica de, cito: “Los hombres que estuvieron demasiado interesados en lo que suele denominarse el órgano sexual femenino”. Así reconocemos las irrealistas concepciones sobre el cuerpo femenino y el sexo de señores como San Agustín, Arnobio de Sicca, John Money, Georges Cuvier, Isaac Baker Brown, Jean-Paul Sartre, entre tantos más.

El trabajo de esta cartonista sueca, en premisa y estilo, me recuerdan a la mordacidad de Alison Bechdel en Dykes to Watch Out For, y de Kate Beaton en Hark! A Vagrant. Los bloques e ilustraciones de Strömquist son firmes, enérgicos, con hermosos e inteligentes sarcasmos por parte de una narradora que no esconde nada. Además, a este panorama histórico de la sexualidad femenina, se unen notas a pie de página y una contextualización clara sobre el tema. Este es un ensayo bien documentado, una perspectiva feminista puntual y precisa.

Resultado de imagen de Dykes to Watch Out For

Llama la atención, por cierto, que el título de la obra en inglés es Fruit of Knowledge: The Vulva Vs Patriarchy. Así que si bien el título en español pierde esta apuesta de: conocimiento + vulva vs. patriarcado, en el contenido nada se pierde; Strömquist no pierde su objetivo: desmantelar y demostrar cómo las diferentes culturas han moldeado el cuerpo y la sexualidad de las mujeres sin verdaderamente pensar en el cuerpo de las mujeres. 

Resultado de imagen de Hark! A Vagrant


2. El cuerpo de las mujeres o, el pensar en el cuerpo de las mujeres es lo que atraviesa la obra de Ana Mendieta. Fotógrafa, cineasta, performancera, escultora, pintora: una artista entera. La cubano-americana Ana Mendieta llegó a mi vida cuando para una clase tenía que escribir un poema ekfrástico y decidí hacerlo sobre la idea de cuerpo en la fotografía. Un par de clicks en Google y llegué justo a su serie Siluetas. Realizadas entre 1973 y 1978 en estas piezas efímeras (pues están hechas en la arena, en la tierra, con flores, lodo, sangre, nieve, todo lo que la tierra es) Mendieta deja la huella de su cuerpo o la huella de la naturaleza en su cuerpo.

“La huella un cuerpo”, escribí en mi fallido poema que, en todo caso, triunfó al llevarme a recorrer el cuerpo de la obra de Mendieta. Siluetas se compone de más de 200 piezas, entre ellas hay dos son mis favoritas. Una es de 1973 y se trata del cuerpo de Ana en lo que asemeja una fosa, brazos, piernas, torso, rostro están cubiertos por pequeñas flores silvestres blancas, como nacidas de su cuerpo o porque su cuerpo. Muerte y vida desde un solo lugar. La otra muestra a Mendieta de pie y desnuda frente a un arroyo que fluye. Ana (¿puedo llamarla por su primer nombre?) mira directamente a la cámara mientras su cuerpo está cubierto de plumas. Su mirada, ¿es tristeza, dolor, rabia? 

Ana Mendieta. Alma. Silueta en fuego, 1975

Su cuerpo una aseveración.

Hay un par de fotos más de Ana Mendieta que me encantan, no es de Siluetas sino de la serie Sin título (Trasplantes de vello facial). Ana con bigote rizado, blusa roja, cabello recogido en chongo y arracadas. Ana con blusa amarilla y barba. El rostro de Ana prestándose a la masculinidad.

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Ana Mendieta. Sin título (Transplantes de vello facial), 1972

El cuerpo de Ana.

El cuerpo de Ana fue encontrado el 8 de septiembre de 1985 afuera de su edificio. Cayó, eso dicen las redes, cayó del piso 34 de su edificio. Ella y su pareja habían discutido. Él declaró que había bebido tanto que no entiende cómo ocurrió, cómo y por qué cayó el cuerpo de Ana. 

El cuerpo de Ana no pudo haber caído.

Podría decir aquí: “nos quedan sus fotos, nos quedan sus muchas siluetas, nos quedan sus videos y sus fotografías”, pero lo que nos queda es la certeza de que su muerte quedó impune. 

Su cuerpo una silueta más en una banqueta de Nueva York.

3. A mi amiga Carmen y a mí nos interesaban con frecuencia los mismos temas en la escritura, los mismos libros. Creo que nos llegaron a gustar las mismas mujeres y los mismos hombres. También las mismas bandas. Nuestros hijos se hicieron amigos en el momento que se reconocieron el uno en el cuerpo del otro. Los dos tenían casco, mochila, chaleco y botas en un verano de más de 40 grados porque los dos eran ¿astronautas? ¿científicos? 

Carmen y yo tallereábamos lo que escribíamos. Nos prestábamos libros con frecuencia, nos los devolvíamos, hablábamos de ellos. Teníamos blogs. Divorcios. Trabajos en escuelas. Tantas cosas en común.

Hace unas semanas quise volver a leer El amante de Marguerite Duras, al abrirlo me di cuenta de que no era mi edición, sino la de Carmen. ¿En qué momento llegó a mí? ¿Se quedaría ella con el mío? 

Poco importa. 

Lo que importa es que si, como dice Calvino, “leer por primera vez un gran libro es un placer extraordinario” releerlo CON los subrayados y las notas de una amiga que ya no está y de quien no te pudiste despedir es doblemente extraordinario.

Así, la vida de la narradora, una jovencita más dueña de su cuerpo que cualquiera de los personajes femeninos de Chéjov, toma otra dimensión para mí. Me siento doblemente voyeurista. En esta la historia de la relación sexual entre una niña de 14 y un joven de 26 en la Indochina de entreguerra observo las decisiones, la pasión, la entrega de la protagonista y descubro las decisiones, la pasión y la entrega a la lectura y a la escritura de mi amiga. 

Carmen encierra en un cuadro la siguiente cita: “Hemos aprendido nada, a mirar la selva, a esperar, a llorar”. La narradora se refiere a ella y a su madre y hermanos. Carmen subrayó, marcó, tal vez se memorizó esta cita, como lo hace Alaíde, para sí y para nosotras. Y cuando digo nosotras no me refiero a ella y a mí, sino a nosotras, a todas, a las mujeres, a Liv, a Ana, a nuestras amigas María, Rafaella, Natalia, Lorena y Mónica, a su pareja que la acompañó hasta el final, a todas las que hemos aprendido o estamos aprendiendo o queremos aprender “nada, a mirar la selva, a esperar, a llorar”.

Cuando El amante se publicó a mediados de los 80’s le llamaron novela, fue recibida como texto autobiográfico. El tiempo y la experiencia nos indican ahora que es autoficción, y que Duras era una maestra para hacer de lo personal el relato ficcional mejor contado: “En las historias de mis libros que se remontan a la infancia, de repente ya no sé de qué he evitado hablar, de qué he hablado, creo haber hablado…”.

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La protagonista de Duras es dueña de su cuerpo y de su deseo, toma y deja lo que desea. Mi amiga Carmen era un poco así. No, ella no vivía en Indochina y no, no tenía un amante adulto en su adolescencia. Pero era dueña de sí, sabía que el cuerpo de las mujeres ha sido definido por el patriarcado y encontró maneras para liberarse. Lo sé porque recuerdo nuestras conversaciones, lo sé porque seguí su vida desde acá cuando ella vivía allá. Lo sé porque aún cuando perdimos contacto sabíamos la una de la otra. Lo sé porque no esperaba menos de ella. 

Lo sé, también, porque en uno de los pasajes de El amante la narradora, al hablar de su madre, dice “Su heroísmo soy yo” Carmen no solo lo subrayó, sino que creó una nota al margen que dice “Mi heroísmo soy yo”. Y sí.

4. “La literatura es amante, cuerpo y fruto” le diría yo a Chéjov. Y si no me lo creyera, y si el señor preguntara “¿y la medicina?”, entonces yo haría hincapié en que la literatura también es medicina, que la literatura y el arte son restaurativos. Le diría “mire Señor Chéjov Liv Strömquist, Marguerite Duras y Ana Mendieta —y muchas autoras y artistas más— han reparado muchísimo más en nuestros cuerpos que cualquiera de ustedes. Y no me hable de la complejidad de sus personajes, mejor siéntese con sus amigos en grupos de tres y discutan de la historia cultural del cuerpo de las mujeres”. 

Y mientras Chéjov y sus amigos discuten sobre lo que ellos y otros tantos no quieren discutir, yo abriría el libro de Duras y diría en voz alta la frase que Carmen habría subrayado y editado para sí, para nosotras: “en el cuerpo se me aparece la amplitud de mi vida”. EP

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