Alta Edad Media

Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 13/04/20

Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Cuando se habla de Edad Media viene a la imaginación la época más oscura de la historia. Desde el hecho de que no había luz eléctrica ni antibióticos, hasta la manera en que se ha forjado en su enseñanza desde la primaria y el estereotipo que arroja mi mente cuando sumo esas dos palabras. Por mucho tiempo se dividió la Edad Media en alta y baja. La alta ocurrió primero, pero en realidad mil años es un periodo demasiado largo para poder nombrar algo con el mismo nombre. Mil años para llegar a otro lugar. Mil años para que empezara la luz. Mil años para renacer.

Casi todo lo que sé de historia está mal. Dudo de mi memoria, de lo que leo en internet, en mis apuntes de la universidad o en los libros que tengo. Cualquier duda está a un whatsapp de distancia y mi gurú es sin duda la rata Idalia.

Idalia y yo somos ratas. Y también lo son todos aquellos que hayan nacido en 1984. O doce años antes, o doce años después. O sus múltiplos. Somos ratas en el horóscopo chino y éste es nuestro año.

Tal como lo previó Ludovica, no será (no está siendo) un año fácil en lo individual ni en lo colectivo. Se dice que si alguien va a sobrevivir el apocalipsis, son las ratas. Los animales literalmente, si bien Ludovica dice que quien haya nacido bajo este signo, tomará mejor que el resto este año tan convulso.

Lo absurdo del pensamiento mágico se conecta un poco con la incertidumbre de la ciencia en materia de COVID-19 en este año. Nadie sabe exactamente cómo predecir el futuro, pero al analizar qué ha pasado en otros años de la rata de metal, qué con otras epidemias y cómo afrontarlo, se conectan cosmología, ciencia e historia en un punto que me gusta contemplar de lejos, desde este presente del que no logro deshacerme. Ni yo ni nadie. El mundo está en sintonía en esto.


Cuando me hicieron una biopsia de tiroides a principios de febrero, en los laboratorios me informaron que me darían los resultados en tres días, pero pasaron seis y no llegaban ni mi doctora me llamaba. Empecé a enumerar en mi cabeza cuántas series y películas había visto donde alguien espera esa llamada del doctor.

Al quinto día, me empecé a impacientar, a la vez que evitaba pensar en eso.

Me di cuenta cómo los días previos habían pasado casi desapercibidos y cómo el tiempo de espera eran días extra de vida. Pero cuando llegó la fecha límite y el resultado seguía sin llegar, algo en mí se inquietó. Un tenso hueco que empezó a abarcarlo todo: mis días como un ruido sordo, mis noches en forma de insomnio donde dormía pero no soñaba nada.

Quería que la incertidumbre terminara, pero tampoco quería saber en el fondo el resultado. Intuía que algo no iba a estar bien.



Antes de tener un estudio juntas, Idalia y yo estuvimos a punto de conocernos a lo largo de toda nuestra vida. Quizá por eso, cuando al fin nos conocimos, la amistad se dio con la naturalidad  con que dos niñas chiquitas construyen una ciudad con tierra y orines en un arenero, la llenan de plantas y de flores y la llaman su patria.

Durante muchos años cada una vivió sus propios proyectos, hasta que las pérdidas y reacomodos de 2019 dieron pie a la construcción de una nación en conjunto: panamá


Un año antes había entrevistado a Idalia para un podcast que tuve sobre procesos creativos. El proyecto se llamaba Ruido Blanco y lo hacíamos entre Karina Jiménez y yo. El hilo conductor de las entrevistas era divagar en torno a la materia prima de cada artista —escritor, dibujante, ilustrador, diseñador, ensayista, historiador, científico. Por mi nula experiencia como locutora, trataba de hacer todo en una sola toma. Esto me hacía tomar decisiones como poner el título de la pieza al mero principio, antes de siquiera haber hablado, basada en pequeños datos que hubiéramos intercambiado la entrevistada y yo antes de empezar.

Con Idalia, hablamos de la historia de un país, de la guerra y de la reconstrucción. Y el título de ese episodio fue “Seríamos mejores personas si hubieran bombardeado nuestra ciudad”. La manera cínica de plantear las verdades más brutales es algo que siempre me ha fascinado de Idalia. Es algo que al principio me hacía tener la impresión de que era una persona dura, pero el humor entraña en ella la ternura más dulce. Nombra el miedo y se ríe. Acaricia a un gato que acaba de rasguñarla, porque sabe que en el fondo fue una reacción descontrolada. El mundo se destruye y recompone cada vez y eso nos cambia. Quien lo ha perdido todo, sabe de qué habla. Así, esas naciones que vieron derrumbarse su patria después de la Segunda Guerra Mundial, se volvieron otras al tener que volver a colocar cada piedra en su lugar. O en uno nuevo


Tengo piedras en la boca desde enero, las sigo teniendo. Pero hoy ya no tengo tiroides, ni nódulos indefinidos, ni carcinoma papilar. Lo bueno de las afecciones de la tiroides es que se resuelven removiendo toda la glándula. Y con una pastilla de por vida. Llevo casi tres semanas con la pastilla y me siento normal. Ni muy cansada ni muy hiperactiva. La afección de las piedras y la de tiroides no están relacionadas, sólo son vecinas. Las piedras me ayudaron a encontrar el nódulo de la tiroides. Las piedras siguen en mi boca. La tiroides estará ya en algún basurero de órganos.

Por mi ventana veo al fin florecer la jacaranda de la banqueta de enfrente. Hace unos días también cumplí un año en mi nuevo departamento. Yo que pensé que el año pasado había sido una época convulsa, no sabía lo que nos esperaba en éste. Cuando vine a ver el departamento vacío me convencieron tres cosas de él: los pisos de madera en las dos habitaciones, el techo alto y la jacaranda que podría ver acostada desde mi cama, sus flores violetas. A las pocas semanas de que me mudé, las flores de la jacaranda desaparecieron. Igual me gustaba tener tan cerca el árbol, recorrer con la mirada sus ramas intrincadas hacia el cielo y un fin que no alcanzaba a ver desde mi ventana. Hoy por fin las jacarandas volvieron y sé que llevo un año aquí.


Si algo ha caracterizado al año de la rata es la indeterminación, la falta de certidumbre y la paciencia como ejercicio de supervivencia.

Los días previos a recibir el resultado de la biopsia me hicieron recordar una escena de The green mile, donde los condenados a muerte viven sus vidas normalmente antes de que llegue la fecha de su ejecución. Recordaba sobre todo al personaje que tiene un ratón por mascota; su paz durante los días de encierro, sin aspirar a nada. Hasta que llega el día en que llega la ejecución y entonces se pierde de sí, no para de patalear y gritar y llorar y pedir clemencia. Lo recordaba siendo arrastrado por el camino, los guardias diciéndole que tiene que caminar ese último trayecto y él sin poderse mantener en pie.

Si la noticia iba a ser mala, prefería que la espera no terminara. Estaba casi segura de que el lugar en el que estaba parada en ese presente era mejor que lo que estaba por venir. Por primera vez googlear síntomas y estadísticas me tranquilizaba más de lo que me angustiaba. No era ya una gasolina para la ansiedad, sino lo que me permitía hacer tierra en la realidad: verla a los ojos.

Todas las páginas médicas que consulté decían que el cáncer de tiroides, si no se ha expandido, se alivia removiendo la glándula. Sin radio ni quimioterapia posterior. Quizá con un tratamiento de yodo radioactivo al mes de la operación. Ya veremos.

Aun así, había algo en mí que se resistía a despedirse de su glándula. Era como reconocer por primera vez el fin de mi existencia más claramente. Paso a paso, pérdida a pérdida. Un punto allá puesto en algún lugar y tiempo que aún no llega, pero se ve en el horizonte. Perder una parte de mi cuerpo y seguir viva sin poderle hacer un funeral a mi glándula y todo lo que se me haya muerto con ella.

Cuando seguían sin llegar los resultados, no resistí más y llamé a patología, pero me dijeron que era mi doctora la única que podía informarme cómo habían salido. Le mandé un mensaje a las 9 de la mañana de un martes y tuve que esperar hasta casi la 8 de la noche que me devolviera la llamada. Los resultados no eran buenos y sobre todo, no eran concluyentes. Sólo removiendo la glándula y analizándola físicamente se podría determinar si era un tumor o no.

Pasé de una otorrino a un endocrinólogo. Sólo que nadie me había dicho que los endocrinólogos son los médicos más ocupados del universo. Me pasaron el dato de cuatro, y todos me daban cita en dos, tres, seis meses. Se volvió claro que no iba a saber pronto qué tenía en la garganta. Y la espera se me colocó en el cuerpo como un alivio una vez más.

Los médicos y cirujanos que siguieron tenían todos nombres de la naturaleza. Rivera. Sierra. Campos.


No he tenido una piedra, sino varias. Las piedras que tengo desde enero o antes. Hasta enero por primera vez causaron que se me infectara la glándula salival.

Un día expulsé dos pequeñas, creo que era una sola pero al entrar en la estratósfera de mi boca, se quemó, se dividió. Semanas después, expulsé la segunda, en una sola pieza. Verlas ahí, tocarlas, fue como hacer tierra. Piedras que aterrizan. Partos que ocurren de la glándula a la boca.


Yo quería operarme de la tiroides en junio, cuando empezaran las vacaciones y tuviera más tranquilidad laboral. No tenía ningún síntoma realmente. Era la idea sola de tener un nódulo indeterminado lo que no me dejaba dormir. Lo que me hizo alcanzar presiones constantes de 150/100, 146/98, 140/105.

—¿Mi forma de ser tan acelerada, mi constante ansiedad tendrá que ver con mi nódulo? —le pregunté al doctor Rivera.

—No sé si a lo largo de tu vida haya tenido algo que ver, pero sí puedo asegurarte que la ansiedad actual se debe al nódulo más que a la tiroides. ¿Para qué postergarlo más? Quítatela ya.

A los dos días fui a ver al cirujano. Me agendó la operación en tres semanas, un miércoles que coincidía con el primer aniversario luctuoso de mi tío. Si algo me ha enseñado el pensamiento mágico, es que no existe la magia como tal, pero que uno puede evitar la mala suerte con plena consciencia de que está haciendo el ridículo.

—¿Es absurdo no operarme ese día por esa razón? —le pregunté al doctor Sierra.

—Cada quien toma sus decisiones por razones diferentes —me respondió de buena gana, y me agendó la cirugía para el 25.

Pero el 25 se adelantó por cinco días con la llegada de la contingencia sanitaria. Si no me operaba cuanto antes, tal vez no podría operarme en todo el año. Las distancias y el tiempo se acortan y hay que saltar o quedarse dentro del avión que está por estrellarse.


Es abril y aunque ya no tengo tiroides, sigo con la tercera piedra bailando de mi glándula a mi boca, por el conducto que conecta ese interior con una salida que no parece encontrar. Me imagino que mi piedra está en un laberinto del que nacerá en el momento menos esperado. Los ratos durante el día en que la piedra se me pierde y no la siento, la extraño. Y empiezo a preguntarme si sin querer la expulsé al fin y no me di cuenta; si me la tragué o la escupí o la mastiqué junto con la comida, si se fue con la espuma cuando me lavé los dientes. Luego reaparece y aunque, hace que me duela la boca, me reconforta tenerla cerca y me pregunto si en cuanto nazca realmente la iré a extrañar.


Todos los trámites médicos para el reembolso del seguro me hicieron trazar naturalmente una línea del tiempo. Recordar fechas y horas precisas, costos que no regresarán, días de negación y de claridad. Y todo ese mapa también me hace sentir que nada pudo haber pasado de otro modo ni en otro momento.

Lo que más miedo me daba de la operación era que el nódulo se hubiera expandido y afectado mis cuerdas vocales. No me importan las cicatrices, pero no me imaginaba una vida donde ya no pudiera hablar.

En cuanto desperté de la operación sentí a una mujer parada a mi lado. No sé si era una enfermera o una cirujana.

—Tranquila —me dijo— tranquila.

Y yo, como si probara si un micrófono está encendido, empecé a decir de corrido:

—Hola. Hooola. Holaaaa.

Y cuando escuché mi propia voz, le pregunté a la mujer si no afectaba a la herida que me pusiera a llorar.

—Puedes hacer lo que quieras, me dijo, y se alejó de mi cama.

Y yo lloré, sumida en una confusión de manchas y colores, porque no traía mis lentes. Y escuché mi llanto, porque aún podía hablar.


El diagnóstico final no fue más amigable ni concluyente. Digamos que si hubiera tenido esta intervención en abril del año pasado, la palabra que habrían usado para describir el nódulo habría sido un carcinoma. Pero gracias a un estudio fechado en mayo de 2019, mi nódulo no cubría todas las características necesarias para serlo. Saqué 5.9 en el examen del cáncer.

Idalia se rio cuando se lo conté. Había pasado un mes de no vernos, dos semanas de no hablarnos. Idalia alias la rata, mi mejor amiga e historiadora favorita. Cuando le hablé de la ironía del cáncer entre cuerpo y palabras, ella me dijo que le recordaba a cómo en algún momento del siglo XIX se decidió que el siglo XV ya no era parte de la Edad Media.

—Burckhardt le dio un nuevo nombre —me explicó—, el siglo XV dejó de ser parte de la Edad Media gracias a que él dijo que ahora se llamaría “Renacimiento”. Y así, se reconfiguró una época que siguió siendo la misma, sólo con la magia de un nombre.


Mi herida es una línea que mide 6 cm. Está en la parte baja del cuello y tiene forma de sonrisa. Así que cuando le mandé una foto a Lilian, mi cuñada, ella me la devolvió con unos ojos dibujados sobre la herida, que la volvían una carita feliz


En mayo Panamá cumple un año. Habíamos pasado meses, Idalia y yo, consiguiendo las firmas de nuestros avales y aún no metíamos los papeles para la renovación. Viendo el futuro más inmediato y reacias a dar clases en línea, decidimos no renovar el contrato. Panamá es un espacio imaginario que mientras tanto habitaremos en nuestros corazones. Espero que tengas razón, rata, pensé anoche, tratando de conciliar el sueño, triste y frustrada porque nuestro país era una tierra prometida hermosa de habitar. ¿Seremos mejores personas cuando la guerra acabe, ahora que han bombardeado nuestra ciudad?


La paz que me ha dado la cuarentena es quizá la paz que me dio esta larga espera, no la cuarentena en sí misma. Sino una vivencia que consistió en esperar, en ser paciente, en no patalear. Y quizá con eso en mente, veo por la ventana la jacaranda tirar sus flores, y sin preparación para que llegue el día en que se quede pelona y vuelva a recorrer sus intrincadas y ahora vacías ramas, he dejado de esperar nada. Y cuando siento que la presión me anega la mente, respiro profundo. Respiro fuerte. Respiro tan fuerte, que si hubiera alguien a mi lado, podría escuchar mi respiración.


—¿Rata, sabías que la peste bubónica fijó el fin de la Edad Media y dio entrada al Renacimiento? —le cuento a Idalia.

—De hecho, muy pronto dejaremos de llamarle Edad Media a la Edad Media —agrega ella—, porque se ha comprobado que no es una época oscurantista como se ha supuesto. Pero quién sabe cuándo llegue otro Burckhardt a colocar nuevos nombres a nuestro pasado.

—Nuestro pasado que ahora mismo es presente.

—Eso. EP

“La marcha”, por Kaosita

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