Adiós La Volpe, el ídolo de mi calendario

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 29/04/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Con las cajas de la mudanza apiladas en la sala, entré a mi cuarto, abrí el armario y alargué el cuello hasta alcanzar un rincón lejano. Durante la purga de objetos para fundar en otro departamento mi nueva vida sin el cobijo paterno, en la oscuridad de ese recoveco —donde dormían un sueño eterno los bártulos de los que sólo se acuerda el polvo— detecté un blanco cilindro plástico. 

Intrigado, lo agarré, levanté la tapa de un extremo, me asomé y vi que adentro había un pliego enrollado: quizá un plano, un dibujo, un documento, pensé.

Con precaución saqué la pieza de papel y la extendí frente mí. Guardada y conservada por décadas en ese tubo, la imagen, impecable como si se hubiera impreso horas atrás y no en un tiempo remoto, besó mis ojos.

Leí con el corazón al galope “Atlante 1981”, repasé los cuadritos de los 12 meses, la poblada tribuna del Estadio Azteca, los anuncios de papel higiénico Pétalo y jabón Nórdico sobre uno de los palcos y el triangular escudo azulgrana. Y entonces alcé mis pupilas contentas a lo más alto del calendario: en la formación clásica de pie y cuclillas previa al silbatazo inicial, los 11 del Atlante posaban ante los fotógrafos en los mismos días en que mi papá —que en algún partido me compró ese almanaque— me criaba atlantista.

El lejano día de aquel descubrimiento observé al calendario con esmero, como si se abriera ante mí un valiosísimo códice lleno de símbolos por descifrar. Uno a uno, avancé por los personajes que, con la sencilla casaca azulgrana de cuello en V, iba identificando: Ratón Ayala, Anguiano, Moses, Vucetich, Cabinho, Calaca González, Gonini Váquez Ayala, Bonavena Ramírez. Todos, sin excepción, aguardaban la labor de los reporteros gráficos con sobriedad y elegancia. Pero uno de ellos adoptaba la actitud de un rey. Casaca celeste y short negro, firmes brazos cruzados en su pecho erguido, espalda amplia, medallita religiosa al cuello, mirada segura arrojada en lontananza, y un bigote espeso y bien recortado que era la firma de su rostro impasible.

Ricardo Antonio La Volpe era en esa foto de hace 39 años lo mismo un arquero que un actor de Hollywood. Emocionado, guardé el almanaque, y luego llevé a enmarcar y ponerle vidrio a los 10 atlantistas y a mi ídolo argentino. 

No tengo clara la razón del nacimiento de mi fervor por él. Ignoro si fue porque su porte era de quien más que humano se asume superhéroe, o porque atajaba pelotas como llamaradas al Pata Bendita, Reynaldo Güeldini u otros cañoneros de aquel tiempo. Acaso me persuadió que él anotó el único gol de los Potros en la dolorosa serie de penales de la Final del ‘82 ante los Tigres de la UANL el 6 de junio de 1982, el día que experimenté mis primeras lágrimas deportivas y mi mamá abrazó a su hijito diciendo “así es el deporte”.

Pero quizá la causa para venerarlo en esos días de infancia ni siquiera haya sido su capacidad futbolística (La Volpe era un muy buen portero pero hasta ahí), sino algo más complejo: su habilidad para caer y resurgir, como el Ave Fénix. Sí, el portero de los Potros de Hierro tenía el rasgo de que podía fallar y caer al abismo, pero luego se levantaba, dejaba atrás la ultratumba y andaba como si nada, tan campante con la mirada levantada y su sonrisita mordaz. Después de que Hugo Sánchez le clavara un impresionante gol de chilena juró que si volvía a ocurrir se retiraba. Volvió a ocurrir. La Volpe, pese al histórico escarnio público, no se retiró, se mantuvo por años a buen nivel y mucho después, ya como técnico, confrontaba con argumentos la ideología del excelente delantero intocable que casi nadie osaba contradecir (y Hugo le respondió, también sin piedad).

Al paso de los años La Volpe ya supo brindarnos alegrías concretas, algo rarísimo para los atlantistas. La primera fue el ascenso de Segunda a Primera División contra Pachuca en 1991 (sin ser el técnico oficial dirigía desde la tribuna). Luego el liderato general de 1992 con un equipo fantástico que llenaba el Estadio Azulgrana —otra cosa rarísima en nosotros— aunque jugáramos ante Correcaminos. Y para cerrar el tridente de dichas, el título de 1993 contra un Monterrey que fue avasallado: al fin, el equipo cuyo más reciente campeonato databa de 1947, era campeón. La espera había durado casi medio siglo.

Para entonces, en nuestro hogar él ya era “Ricardito”. “Ricardito hizo esto, dijo lo otro”, comentábamos con papá en casa. El volvía de dar clases en la Universidad Pedagógica, yo de tomarlas en la UNAM, y en tardes cualquiera se hablaba del bigotón de ceño fruncido como si fuera un tío de la familia. Sí, un pariente de carácter jodido, agrio, pero con la virtud de ser consecuente con sus principios. La Volpe creía que “el fulbo”, como decía, debía amigar a la inteligencia, la alegría y el respeto por la pelota (le mostraba una devoción como la de un sacerdote que limpia y saca brillo al cáliz). A esa pelota, insistía, había que tratarla con mucha cabeza. 

Y su cabeza era inspiradora. Más de una tarde de adolescencia fui a la peluquería del barrio La Fama para pedir a la estilista: “larguito atrás y cortito adelante”. Por pudor no le dije: “Córteme a lo La Volpe”, instrucción que pudo ser efectiva porque ella habría entendido a la perfección de qué le hablaba y yo hubiera salido orgulloso a lucir mi melena en las calles de Tlalpan. 

Ya después, el Lavolpe’s Haircut Style que impusimos Ricardo y yo nos fue plagiado por el “Piojo” Herrera, Romano, el “Demonio” Andrade, Almaguer y muchísimos otros. No importa: las peluquerías y el resto de la sociedad saben bien a quién le pertenecen los derechos de autor. 

Transcurrieron sus años como técnico y las copas no llegaron. Cierto, al tipo que insistía en que había que jugar bien antes que acumular títulos en las vitrinas se le pasó la mano. Ganó poco, poquísimo, y se ganó fama de intolerante, despreciativo, grosero. Yo, en realidad, creo que su mayor pecado —agravado por una violenta mirada de águila— era una franqueza cruda, desgarradora, insoportable para nuestro país de protocolos y buenos modales del que hasta te está por ensartar un puñal en la espalda.

Pero el futbol de sus equipos, en especial del Atlas de los ‘90, quedará en la memoria. Un club que nos enamoraba a todos, aunque le fueras a Chivas. Como el chico que llega peinadito y perfumado al café media hora antes de la cita con su primera novia, los que en el futbol nos deleitaban las formas estábamos puntuales, sábado 20:45, para ver en la TV a los magnéticos Zorros. En el arte del futbol ese Atlas era lo que Casanova en el arte de seducir. Y eso lo heredó su selección mundialista de 2006, la versión más fina que hayamos visto del Tri. Eso, siento, es una copa más valiosa, dorada y deslumbrante que muchos campeonatos de equipos que pocos recuerdan. 

Por eso, al dogma “La Volpe no ganó nada”, persistente como una interminable tortura, lo siento como un mezquino proceso sumario, un descrédito injusto: el futbol no es algo tan vacío como la suma de diplomas, como tampoco la vida de una persona puede valorarse por la suma de sus títulos universitarios.

El lavolpismo, su corriente, sí ha ganado campeonatos (con Herrera y el “Profe” Cruz, por ejemplo) pero va más allá: es una forma generosa de encarar al futbol (y a la vida, por lo tanto). Y no sólo por lo que pasa en el césped; ante los periodistas La Volpe evita chismes, frases hechas como “será un partido difícil” o “no hay que confiarnos” que matan la actividad neuronal desde páginas y horas televisivas. Lucha por debatir: discute posiciones, cambios, movimientos, esquemas, y siempre se prestó a explicar con fichitas, en tableros y pizarrones, sus conceptos. Ha sido un maestro paciente y generoso. Desentraña lo que pasa en la cancha, refresca las ideas e impulsa a los periodistas deportivos a elevar el debate, a ponerse a la altura aunque el escenario sea ese horrible y desigual acto llamado “conferencia de prensa”.

Ha quedado muy lejos el Atlante de mis amores que defendió como jugador y técnico. La idolatría tomó formas distintas: ya sólo quise que le fuera bien con Boca, Vélez, Jaguares o el equipo que sea, averigüé qué era más o menos su amado Feng Shui que imponía en sus equipos, reacomodando camas y muebles en los cuartos de hoteles donde concentraban para los partidos.

Ya alguna vez lo escribí: si cierro los ojos puedo convocar a los poderes de mi mente para volver en el tiempo a mi primer partido del Atlante. De la mano de mi padre, Héctor, un joven profesor recién llegado a México desde La Plata —lejana ciudad al sur del planeta—, entramos al Estadio Azteca. Hombres y mujeres de piel curtida ondeaban ese domingo de los años 80 banderas azulgrana, tocaban cornetas y lanzaban alegres un temible grito de guerra: “Chiquitibumalabimbombá”. 

Arrancó el partido. Atlante, dominador, metió un gol al Zacatepec y al rato hizo el segundo. La porra comenzó a lanzar clamores aún más escalofriantes como: “¡Les guste o no les guste, les cuadre o no les cuadre, el Atlante es su padre, y si no, chiflen a su máuser!”.

El caso es que, listos para volver triunfantes a nuestro departamento de Nativitas, a dos del final Zacatepec anotó. Tensos, aguardamos en el asiento la conclusión del duelo. Y sobrevino la tragedia: en el minuto 90, creo que un épico hombre-melena, el “Harapos” Morales, convirtió el empate enemigo. Triste, mi papá me dijo “Vámonos”. La pelota, sin embargo, aún debía rodar unos segundos. Al cruzar el túnel rumbo a Tlalpan nos cimbró otro grito. Volvimos corriendo a la tribuna para saber qué había sucedido: los futbolistas contrarios y su porra verde enloquecían por su increíble victoria. Nos ganaron.

El árbitro, ahora sí, pitaba el final.

Por primera vez papá quiso llorar esos colores; por primera vez yo lo hice.

Aquel mediodía, quizá desorientado por nuestras simpatías futbolísticas, pregunté a mi papá: “¿Por qué le vamos al Atlante?” y me respondió. Razón uno: “porque es un club proletario” (así dijo y no entendí nada, aunque seguro eso era muy importante)”. Con el tiempo supe que su idea era tan básica como: los Potros de Hierro son de gente trabajadora y sacrificada que sufre para sobrevivir. Marxismo-leninismo azulgrana.

Razón dos: “porque como juega en el DF podemos venir a apoyarlo”.

Y razón tres: porque en el equipo juega La Volpe. 

Desde aquel partido, si no es que antes, el Atlante vive el karma de la catástrofe: nos mudaron de estadio en cuatro ocasiones, nos arrancaron de nuestra Ciudad de México para empujarnos al frívolo Cancún, descendimos tres veces e incontables partidos caímos con goles de último minuto. Un potro hermano de desgracias, Israel, una vez me dijo relinchando afligido: “Contra el Atlante los ciegos ven, los sordos oyen y los mudos hablan”.

Los atlantistas nunca nos cansamos de morir, y aunque en 104 años de historia hemos sabido tres años qué se siente ser los mejores de México, no ganar es lo habitual. Un poco como le ocurrió a La Volpe, que en cerca de cuatro décadas de entrenador fue, oficialmente, una sola vez campeón mexicano.

Supongo que al verse sin equipo y en un desempleo agravado por la cuarentena y sus 68 años de edad, declaró la semana pasada a ESPN, discretamente, acaso sin intención de que sus palabras retumbaran: “Ya no quiero dirigir más, ya se me pasó la edad”. 

Pero sí retumbaron esas palabras con las que anunció que no volverá a ser director técnico. Buena parte de la sociedad futbolera se unió a un coro estridente, “qué bueno que te vas”, donde hubo voces (por dar un caso) como la del comentarista televisivo Alfredo Tame: “Se retira un buen generador de ideas de futbol pero uno de los fiascos más grandes en logros colectivos”. 

Yo creo que las ideas son los máximos logros: y el portero que posaba firme en mi calendario de 1981 nos regaló ideas cada día de su vida. EP

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