Comunidades que intentan recuperar el olor a tierra mojada

¿Qué significa el olor a petricor para aquellos expertos sobre el cuidado y el cultivo? Agustín Ávila Casanueva nos dice por qué el olor a tierra mojada es tan deseable y, además, nos comparte el ejemplo de una sociedad en Milpa Alta que ha abogado por la agroecología y que busca rescatar este olor a tierra mojada.

Texto de 16/08/21

¿Qué significa el olor a petricor para aquellos expertos sobre el cuidado y el cultivo? Agustín Ávila Casanueva nos dice por qué el olor a tierra mojada es tan deseable y, además, nos comparte el ejemplo de una sociedad en Milpa Alta que ha abogado por la agroecología y que busca rescatar este olor a tierra mojada.

El olor a tierra mojada. No puedo ponerle un verbo a esa frase porque reconocer ese olor me causa justo eso: pongo en pausa cualquier cosa que esté haciendo. Luego, tomo un hondo suspiro, vuelvo a la acción, pero ahora buscó intencionalmente la interacción con ese olor. Todo lo demás sigue en pausa.

Hay algo que se siente casi mágico. Es como un breve momento de diversión para nuestro cerebro que busca emocionado qué recuerdo o imagen conecta con ese olor. Un día caminando en la montaña. Algún jardín de la infancia. Una tarde dedicada a ver llover. Pero la manera en la que el cerebro de la doctora Helena Cotler interpreta este olor nunca se me había ocurrido: “El olor a petricor es un olor saludable”, dice en entrevista para Este País. Helena no se refiere a que este olor nos genere una buena salud —aunque sí ayuda un poquito—, sino a que es un indicador de la buena salud del suelo. Un suelo sano huele a petricor.

Y es que el suelo es más que el sustento de nuestros pies. Es importante que el suelo esté sano, porque lleva a cabo muchas funciones. El suelo se encarga de la filtración, y por lo tanto, mejora del agua, generando la recarga de los mantos acuíferos. También filtra y transforma los compuestos orgánicos. Es el hogar de millones de microorganismos —que se encargan de darle ese olor distintivo—. Lleva a cabo un intercambio de gases con la atmósfera, es decir, respira, además de participar en distintas funciones ecológicas como el crecimiento de las plantas.

«Es importante conocer estas vocaciones no solamente para no pedirle peras al olmo —o, en este caso, milpas al monte —, sino porque, como dice Silke: “si no respetamos su vocación, podemos perder ese suelo”.»

Y aunque muchos suelos realizan tareas similares, el suelo no es universal. El suelo no es un solo suelo en toda la superficie terrestre del planeta. “Hay distintos tipos de suelos”, explica la doctora Silke Cram del Instituto de Geografía de la UNAM en entrevista para Este País. Cada característica ayuda a definirlos, y mediante estas características, los suelos desarrollan su vocación. Cram ejemplifica: “Un suelo pedregoso, en una ladera, que es somero; es un suelo que probablemente tenga una vocación forestal o de conservación. En cambio, un suelo plano, profundo, con una mezcla de arenas, limos y arcillas, y que tenga una buena cantidad de materia orgánica, tiene la vocación de ser un suelo agrícola”. Es importante conocer estas vocaciones no solamente para no pedirle peras al olmo —o, en este caso, milpas al monte —, sino porque, como dice Silke: “si no respetamos su vocación, podemos perder ese suelo”.

El suelo no es algo dado, es algo que continuamente se va formando. Tiene sus procesos, y entender estos procesos nos permitirá mantener un suelo, evitar su erosión. “No sólo saco y saco”, dice Silke, “sino que también debo de regresar algo”, preferiblemente, algún equivalente a lo que estamos extrayendo.

¿Cómo empata esto con la agricultura? ¿Cómo podemos demandarle a un suelo que produzca nuestros alimentos a lo largo del año y al mismo tiempo, mantenerlo saludable? “Hay que fijarnos en los procesos”, explica Helena Cotler, investigadora del Centro de Investigación en Ciencias de Información Geoespacial, A.C. (Centro Geo), y no se refiere solamente a los procesos del suelo. Hay otros procesos que han demostrado ser vitales para mantener y conservar los suelos: “los procesos organizativos de las comunidades”.

«Los suelos agrícolas actualmente no sólo han sufrido 70 años de erosión por el uso de maquinaria pesada, pesticidas y otras prácticas industriales. Helena añade que “también han sufrido 70 años de migración humana y la erosión cultural que esto conlleva”»

Los suelos agrícolas actualmente no sólo han sufrido 70 años de erosión por el uso de maquinaria pesada, pesticidas y otras prácticas industriales. Helena añade que “también han sufrido 70 años de migración humana y la erosión cultural que esto conlleva”. Las migraciones son una de las causas por las cuales se pierde el conocimiento sobre algunas prácticas agrícolas que han demostrado ser eficientes y renovables, y también sobre maneras de organización, sobre las decisiones de qué y cómo sembrar en los terrenos y parcelas.

A pesar de estos problemas, los productores han buscado adoptar técnicas agroecológicas para sus parcelas. “Las razones han sido distintas”, explica Cotler, “los pequeños productores principalmente cambian de prácticas por cuestiones de salud, tanto por no querer trabajar con algunos pesticidas y fertilizantes, como por no querer consumir lo que se siembra con estos mismos productos”. La doctora Cotler, junto con la doctora María Luisa Cuevas, publicaron en el 2019 un análisis —basado en 61 encuestas—, sobre cómo distintos productores a lo largo de México han realizado esta transición de una agricultura industrializada y extractivista, hacia una con técnicas agroecológicas que permitirá mantener la vocación del suelo. Que lo renueva. Que no lo extingue.

No solamente las cuestiones de salud —bastante graves por sí mismas— han sido las que generan una transición en las técnicas agrícolas. La erosión del suelo es cada vez más evidente y afecta a cerca de la mitad de los suelos agrícolas mexicanos. Y según el INEGI, los agricultores mencionan a esta erosión como el principal obstáculo para desarrollar su actividad agrícola.

«“Los productores empezaron a notar que sus suelos ya no respondían ni con fertilizantes”, narra Cotler, “notaban que sus suelos olían a químicos, no tenían el olor saludable del petricor…”»

“Los productores empezaron a notar que sus suelos ya no respondían ni con fertilizantes”, narra Cotler, “notaban que sus suelos olían a químicos, no tenían el olor saludable del petricor. Por eso están empezando a transicionar a otras prácticas”. Y no solamente los pequeños productores. En su estudio, Helena Cotler y su colega encontraron productores que han adoptado técnicas agroecológicas con terrenos que van desde las veinte hasta más de cien hectáreas.

Este tipo de prácticas han evitado los monocultivos —sembrar sólo un cultivo del mismo tipo a lo largo del año—, y han traído de vuelta la práctica de rotación de cultivos, principalmente de las milpas. “Este cultivo diversificado evita la ruptura en la diversidad y equilibrio de la población de insectos” explica, “esto no solo genera que ningún insecto se convierta en plaga, sino que también ayudan en los procesos de formación de suelo”. También se ha adoptado el uso de árboles como cercos vivos que además de separar los terrenos ayudan a la retención de suelo y agua y proveen de sombra a los cultivos.

Los beneficios de llevar y mantener la vocación del suelo agrícola mediante las técnicas de la agroecología se empezaron a notar rápidamente y a simple vista. Según el estudio de Cotler, después de dos años de usar estas técnicas, los productores notaron —en orden de importancia— los siguientes beneficios: se redujo la erosión de los suelos, hubo un mayor rendimiento de los cultivos, se aumentó la cantidad de materia orgánica —y por lo tanto hubo una mayor inflitración de agua y una mayor retención de humedad—, hubo una mayor diversidad de plantas, y se crearon más trabajos locales.

Estos cambios notorios generan una conversación dentro de las comunidades e invita a más personas a participar. No sólo eso, el aumento en la creación de trabajos retiene a más personas y detiene también la erosión social por la migración. Esto genera que las discusiones y diálogos colectivos retomen nuevamente cada vez más fuerza. En 90% de los casos de productores agroecológicos, la organización grupal en comunidad fue una variable importante para reducir los costos, compartir el conocimiento, expandir las redes y contactos, y comunicar los posibles riesgos a los que se podrían llegar a enfrentar.

Otro punto importante es que estas discusiones provienen desde dentro de las comunidades. No son un tema u organización impuestas por el gobierno. Porque, de nuevo, cada suelo es único y requiere los conocimientos y cuidados especializados que cada comunidad puede proveerles. Tanto las propuestas nacionales del gobierno como las soluciones tecnológicas de las grandes empresas suelen ser universales, es decir, no toman en cuenta esta diversidad. Y pensar en un suelo único, o promedio, —o peor aún, no pensar en el suelo— dificulta pensar en las maneras de renovarlo y mantenerlo sano.

A las y los consumidores también nos toca pensar en la diversidad y en la norma. “Debemos pensar en la forma y en la presentación del producto”, dice Cotler, “estar abiertos a una mayor diversidad de colores, tamaños y formas”. Debemos también pensar en la norma, añade la investigadora, “porque quien hace las cosas bien, ahora tiene que pagar por un sello y una certificación para que su producto sea reconocido como agroecológico”, mientras que la agricultura a base de fertilizantes industriales y herbicidas no tiene que pagar estos costos, y no hay una información clara hacia las y los consumidores de cómo fue sembrado, mantenido y cosechado el producto.

Todas estas situaciones las ha vivido Jorge Isaac Suárez Melo, agroecólogo y ejidatario de Milpa Alta que regresó al campo. “Ahorita quienes estamos en el campo somos gente joven y gente muy grande” dice para Este País Suárez Melo, “se perdió una generación en medio”. Isaac, quien estudió Historia, después de vivir durante algunos años en zonas más céntricas de la ciudad, decidió volver a los ejidos de su familia porque es “de donde me siento parte”. Ahí en San Antonio Tecómitl, se encontró con otros jóvenes de entre 18 y 33 años quienes compartían su sentimiento, y formaron la Sociedad Cooperativa Construir en Raíces.

“Al principio, éramos los locos de nuestro núcleo agrario” nos explica, refiriéndose a que fueron los primeros en adoptar las técnicas y sistemas agroecológicos, “ahora ya hay otras dos cooperativas que, después de ver nuestro trabajo y resultados, han adoptado estos métodos”. Suárez Melo narra que estos cambios no han sucedido sin diálogos, que hay muchas preguntas, incertidumbres e incluso prejuicios “se sigue creyendo que el rendimiento de este tipo de cultivos es bajo y no es cierto; o que el producto no lo van a querer en el mercado”. Sin embargo, Construir en Raíces ha logrado vender amaranto, productos de árboles frutales y de la milpa durante los últimos siete años, además de convertirse en uno de los mayores productores de miel para la CDMX, contando con 120 colmenas.

La base de todo, según nos dice Isaac, es “pensar el suelo como un ente, con un montón de intercomunicaciones que hay que cuidar, y por eso hay que engrosar el suelo constantemente”. Un ejemplo de ello es que cada uno de sus árboles frutales recibe al año 100 kg de composta. Esta composta, los biofertilizantes, sus métodos y sistemas de riego, la manera de construir y mantener parcelas, son todos procesos que realizan desde dentro de la cooperativa. “Todo el material que utilizamos se fabrica desde cero” cuenta Isaac, “esto nos da independencia, nos da una protestad sobre los procesos y los saberes”. Esto no sólo les da un mayor control sobre sus procesos —individualizados, adaptados a su zona y a sus cultivos; contrarios a la solución universal de las industrias —, sino que los hace más eficientes al ahorrarles dinero. Y, además, logra que el suelo de sus parcelas sea negro, poroso, y con olor a tierra mojada.

Un suelo puede tener una vocación muy clara. Pero eso no implica que sea infinita. Si bien debemos respetar las características y propiedades de cada suelo, también debemos de preocuparnos por mantenerlas. El proceso de mantenimiento no solamente ayudará a detener la erosión, sino, al parecer, también ayuda a generar suelos y comunidades más unidas y resilientes. Y tal vez, todo esto quepa ahora en un olor. EP

RECIBE NUESTRO NEWSLETTER

Relacionadas

DOPSA, S.A. DE C.V
T.  56 58 23 26 / 55 54 66 08 /
56 59 83 60

Morelos 23,
Del Carmen,
Coyoacán,
04100,
Ciudad de México