Por una hermandad de respeto a la naturaleza: la Orden del Cóndor de las Californias

En esta reflexión personal, Patricio Robles Gil narra el nacimiento de la Orden del Cóndor de las Californias, una hermandad dedicada a honrar a quienes han entregado su vida a la conservación de la naturaleza.

Texto de 05/08/25

Cóndor

En esta reflexión personal, Patricio Robles Gil narra el nacimiento de la Orden del Cóndor de las Californias, una hermandad dedicada a honrar a quienes han entregado su vida a la conservación de la naturaleza.

Lazos invisibles, causas comunes

La sangre une con fuerza a hermanos y hermanas biológicos. La amistad, en cambio, es una hermandad elegida que se construye sobre la lealtad, el respeto y la confianza mutua. Pero existe una tercera forma de hermandad, acaso más poderosa: la que une a quienes, quizá sin haberse visto nunca, comparten una causa mayor, una pasión común o un compromiso profundo.

A lo largo de mi trayectoria he tenido el privilegio de desempeñar diversos roles, que podrían agruparse en dos grandes campos: el artístico y el de la conservación del mundo natural. Es en este último donde he consolidado mi compromiso, canalizado mi pasión y capacidad creativa en favor de la protección y permanencia de la naturaleza.

En el ámbito artístico, he colaborado y entablado relación con pintores, escritores, escultores, galeristas, fotógrafos, directores de museos, editores, diseñadores, cineastas y videógrafos. Como conservacionista, he trabajado de manera cercana con empresarios, fundaciones, organizaciones medioambientales y culturales, editoriales, agencias gubernamentales, líderes de comunidades indígenas, exploradores y activistas, tanto en México como en el entorno internacional.

Igualmente, he conocido a biólogos que se han dedicado durante décadas al estudio y resguardo de una sola especie, que trabajan en regiones remotas, muchas veces carentes de comodidades, y enfrentan la incertidumbre de esta vocación. También a fotógrafos legendarios, cuya obra ha logrado sensibilizar al mundo y proteger vastos territorios naturales gracias a la elocuencia de sus imágenes. Conservacionistas que, además de adentrarse en los bosques y selvas del planeta, gestionan con gobiernos la creación de nuevas áreas naturales protegidas. Y líderes indígenas que velan con determinación para que sus comunidades no pierdan la conexión ancestral con la naturaleza. Hay algo singular en esta comunidad: el propósito común de asegurar la permanencia de la vida en la Tierra.

De todos los ámbitos y gremios con los que he tenido la oportunidad de relacionarme, solo algunas de las personas profundamente comprometidas con la conservación de la biodiversidad y los espacios salvajes del planeta me han llamado “hermano”. Recuerdo especialmente que me sentí muy honrado cuando Tashka Yawanawa, jefe de una tribu amazónica de Brasil, me llamo “Irmano”, tras bendecir y celebrar un performance que provoqué en honor a la marsopa vaquita, realizado en el Museo Nacional de Antropología, en el Bosque de Chapultepec. Sus palabras resonaron en mí: todos somos hermanos cuando luchamos por la permanencia de la vida en el planeta.

© Patricio Robles Gil

Lamentablemente, la vida en la Tierra enfrenta hoy serias amenazas. Nos encontramos en el umbral de la sexta extinción masiva, un fenómeno impulsado directamente por la acción humana. A ello se suma el calentamiento global, que no solo agrava esta crisis, sino que acelera dramáticamente la pérdida de biodiversidad. A propósito de esta tragedia, un dato profundamente alarmante: en 2014 se reveló que, en tan sólo las últimas cuatro décadas, las poblaciones de fauna salvaje a nivel global se habían reducido en un 50 por ciento. Diez años después, en 2024, ese porcentaje ascendió a un 73 %, lo que confirma la rapidez y severidad con la que estamos deteriorando los sistemas vivos del planeta.

El camino andado: una reflexión vital

Algo sucedió en mi mente al cumplir los 70 años. Además de recapitular y evaluar las acciones que he emprendido en favor del medio ambiente, apareció ante mí la imagen de un reloj. Un sentido de urgencia se apoderó de mí.

De ese ejercicio de memoria quiero destacar un par de iniciativas relacionadas con el reconocer trayectorias. La primera, a principios de los años noventa, cuando fundé dos organizaciones conservacionistas. Fuimos pioneros en involucrar a la iniciativa privada en acciones de conservación, ante la evidente falta de recursos públicos destinados a esta causa. Reconocimos a aquellas empresas e individuos comprometidos otorgándoles una escultura en bronce de una especie emblemática de México.

Años mas tarde, a finales de la primera década de este siglo, llevamos a Mérida, Yucatán, el Noveno Congreso Mundial de Tierras Silvestres (WILD9). En esa ocasión, quise nuevamente reconocer el compromiso con el mundo natural, pero ahora dirigido a un fotógrafo internacional. Volví a esculpir en bronce, esta vez un íbice africano. La escultura fue entregada a James Balog, reconocido por sus dramáticas secuencias fotográficas del retroceso de los glaciares a nivel mundial. Ninguno de estos dos reconocimientos subsiste a la fecha, seguramente por tratarse de iniciativas impulsivas, aunque muy conscientes, de mi parte.

Al finalizar WILD9, tomé conciencia de las muchas batallas perdidas. Las organizaciones que fundé habían cerrado y, algo frustrado, mi mente comenzó a buscar nuevas iniciativas. Una idea se volvió prioritaria: el deseo de reconocer a aquellas personas que nos han inspirado a lo largo de de nuestras vidas.

© Patricio Robles Gil

Pocos son los reconocimientos o premios que se otorgan a los verdaderos “guerreros” y “guerreras” cuyo compromiso de vida ha estado dedicado a la conservación del mundo natural. Muchos de ellos permanecen aún en el anonimato y, en el caso de México, su visibilidad es casi inexistente. A menudo he escuchado que estos premios se entregan para reforzar su compromiso; sin embargo, me parece injusto que el reconocimiento llegue, en algunos casos, al final de sus vidas. Aun así, en ausencia de otros gestos, considero de gran valor otorgarlos, ya que estas personas nos han inspirado, han abierto camino y señalado el rumbo. Reconocerlas es, en esencia, un acto de gratitud y justicia hacia su visión, su invaluable aportación y su inquebrantable espíritu.

La Orden del Cóndor de las Californias 

Hace tres años regrese al Parque Nacional Sierra de San Pedro Mártir, en Baja California, para conocer el programa de recuperación del cóndor de las Californias, una especie que se había extinguido en México. Gracias al esfuerzo de 23 años de trabajo de dos colegas-héroes, Juan Vargas y Catalina Porras, el cóndor ha regresado nuevamente a nuestro país. Lo que presencié me pareció el programa más exitoso que México ha tenido para la recuperación de una especie en peligro. Pero lo más revelador fue descubrir muchas de las razones por las cuales hemos fracasado en otros proyectos y regiones. Por estas razones, por la vulnerabilidad de su situación y por los escasos recursos con los que cuentan, decidí apoyarlos mediante un programa de difusión y recaudación de fondos, lanzando una campaña de adopción de cóndores.

© Patricio Robles Gil

Este programa de adopción ha sido retador e interesante en su implementacion, principalmente debido a la mala imagen que arrastran las aves carroñeras, al grado de que, cuando se hace referencia a una persona mezquina y tramposa, la llamamos “buitre”. Incluso algunos donantes potenciales me han expresado abiertamente que consideran al cóndor un ave extremadamente fea.

Sin embargo, el cóndor de las Californias es la quinta ave con mayor envergadura del planeta; la cuarta es su primo cercano, el cóndor de los Andes. De hecho, el cóndor andino es un ícono global, presente en los escudos de países de los que es nativo, como Chile, Ecuador, y Colombia. En Bolivia, La Orden del Cóndor de los Andes es, desde 1925, el reconocimiento de más alto honor que ese gobierno otorga a nacionales y extranjeros por servicios eminentes a la nación o a la humanidad. Esta comparación me ha llevado a reflexionar: ¿por qué, si ambas especies comparten hábitos carroñeros, una es símbolo de identidad continental, mientras que la otra permanece casi en el anonimato y cargada de prejuicios?

Con esta asimetría ornitológica de trasfondo surge la Orden del Cóndor de las Californias: una hermandad urgente, profunda y vital, nacida del anhelo de reconocer y enaltecer a quienes han consagrado su vida a la protección del mundo natural. Brota como respuesta a la indiferencia de una sociedad que aún no asimila que su supervivencia depende de la salud del planeta. Emerge del reconocimiento de una ignorancia que invisibiliza a especies como el cóndor, joyas vivas de nuestra historia natural. Responde a la necesidad de forjar símbolos y emblemas que, como en los antiguos tiempos, nos inspiren a cuidar la Tierra. Y, sobre todo, nace para dar rostro y nombre a los nuevos héroes de la conservación.

Un acto simbólico marcó el nacimiento de esta hermandad. El 12 de marzo de 2025, entregué tres esculturas en bronce de un cóndor de las Californias. La primera, en mano de Juan Vargas —para él y Catalina Porras, su compañera en este compromiso—, en reconocimiento a su entrega para establecer una poblacion viable de esta especie en Méxcio. La segunda fue para Vance Martin, conservacionista que durante cuatro décadas llevó la defensa de los espacios salvajes a todos los continentes. La tercera, para Anne Valerie Clark, por dedicar su vida a recuperar una región transfronteriza del desierto chihuahuense. Dos meses más tarde, el 20 de junio, entregué una cuarta escultura al Dr. José Sarukhán, en reconocimiento a su larga trayectoria en favor de la biodiversidad mexicana.

La escultura, de mi autoría, muestra al cóndor desafiante: gira su largo cuello hacia atrás y, con el pico entreabierto, nos enfrenta. Nos reclama por nuestra pasividad, ignorancia, indiferencia, arrogancia y avaricia. Sus garras se aferran con fuerza a la roca, a la tierra, simbolizan la permanencia y la lucha milenaria contra la extinción.

Ahora, el reto es que esta hermandad también permanezca. Estoy trabajando en ello. EP

 La Orden del Cóndor de las Californias. Escultura en bronce. 33 cm. © Patricio Robles Gil

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