Una sociedad sin el bote de basura

Paulina Madrigal, consultora en Economía Circular y Cero Basura, profundiza en nuestro concepto problemático de la basura y cómo este altera irreversiblemente el mundo en el que vivimos por ser completamente opuesto a la gestión de residuos compostables y reciclables.

Texto de 17/05/21

Paulina Madrigal, consultora en Economía Circular y Cero Basura, profundiza en nuestro concepto problemático de la basura y cómo este altera irreversiblemente el mundo en el que vivimos por ser completamente opuesto a la gestión de residuos compostables y reciclables.

En México, cada persona produce alrededor de 1 kilo de basura al día. El promedio en la Ciudad de México (CDMX) es de 1.4 kg por persona según el Inventario de Residuos Sólidos del 2019. Esto significa más de media tonelada por persona al año. 

La basura desaparece de nuestra vista pero no del planeta. Gran parte de nuestros residuos sigue en algún lado, en este momento.

Mi nombre es Paulina Madrigal, tengo 36 años y nací en Uruapan, Michoacán, en donde viví hasta los dieciocho años. Mis recuerdos de la infancia y de la adolescencia están llenos de paseos en zonas naturales de mi estado. Desde entonces, me maravillaba ver la exuberancia de estos lugares. Sin embargo, siempre había algo que me llenaba de vergüenza e impotencia: el pañal desechable a lado del manantial, los empaques de frituras en medio de las plantas, las botellas de refresco, las latas de cerveza y los desechables ensuciando el paisaje. 

El comportamiento irresponsable con los desechos durante los paseos suele estar relacionado a la falta de civismo por no colocar “la basura en su lugar”. En realidad, no hay “buen lugar” para lo que llamamos basura que no es más que el conjunto de residuos, producto de la actividad humana, que al ser revueltos pierden completamente su valor por lo que deberíamos simplemente dejar de generarla. 

¿Es esto posible? Debería serlo, ya que en la naturaleza no existe tal concepto, incluso las heces de los animales tienen una función para la tierra, los seres muertos se reintegran a la naturaleza o alimentan a otras especies. La misma humanidad nunca había contaminado tanto el planeta como en los últimos sesenta años.

Si se diseñaran productos de larga duración con materiales realmente compostables o fácilmente reciclables, entonces dejaríamos de hablar de basura y podríamos enfocarnos en gestionar los residuos como composta o materia prima para otros productos. Así, limitaríamos actividades extractivas innecesarias y dañinas.

Aunque pongamos “la basura en su lugar”, como dicta aquel viejo eslogan, esta se va a los rellenos sanitarios o a tiraderos al aire libre (legales e ilegales). Allí, nuestros desechos se convierten en gases de efecto invernadero y en líquidos contaminantes que afectan altamente las zonas aledañas en donde viven personas, animales y plantas que son ecosistemas con sus propios ciclos. Ellos estuvieron en ese lugar antes y, desafortunadamente, su hábitat es alterado por la basura que viene desde lejos.

¿Te has preguntado a dónde va tu basura? La basura de la Ciudad de México va a tiraderos que no están dentro de la CDMX (bueno, excepto esos innumerables tiraderos ilegales dentro de la ciudad que seguramente has visto) sino en el Estado de México y en Morelos. 

“Un ser humano consciente de su entorno y de sus acciones no solamente es desvalorizado, sino que es ridiculizado.”

Las responsabilidades en la gestión de residuos van desde 1) el diseño del productos que no se volverán inevitablemente basura; 2) pasa por el consumo al elegir de forma responsable y separar los residuos correctamente, y 3) termina en al gobierno a través de mecanismos de gestión eficiente de los residuos sólidos urbanos. Son responsabilidades compartidas y proporcionales al impacto que cada actor genera.

A pesar de este panorama, mi intención no es culpabilizar ya que, aunque tuve un fuerte sentimiento de defensora de la naturaleza cuando era niña y adolescente, mi vida de adulta me enseñó, igual que a muchos, que había otras cosas más importantes que la naturaleza como el tener éxito en la vida. Esto se mide por el nivel de ingreso económico traducido en el cúmulo de bienes como ropa, carros, casa, artículos tecnológicos, viajes, maquillaje, etc. Actuar en contra corriente al consumismo no sería algo “normal”, o al menos común.

Si bien tuve alguna intención de dedicarme a algo relacionado con el medio ambiente, desistí al escuchar en innumerables ocasiones que “esas son cosas de hippies”. Un ser humano consciente de su entorno y de sus acciones no solamente es desvalorizado, sino que es ridiculizado. 

Si en ese entonces hubiera sabido que la economía que nos enseñan en la escuela está incompleta al no tomar en cuenta los límites de la Tierra, hubiera probablemente optado por profundizar en lo relacionado con el cuidado de los ecosistemas. ¿Alguien más por aquí le pasó algo similar? ¿Algún ambientalista de corazón que no se atreva a revelar sus gentiles intenciones con este planeta?

Por mi parte, preferí estudiar Relaciones Internacionales, aunque dudaba en elegir la carrera de Finanzas porque de verdad me intrigaba la importancia del dinero en la sociedad. Lo claro era que los argumentos económicos son los de mayor peso en la mayoría de las decisiones. 

Me alejé del medio ambiente. Por el contrario, fijé sueños que proyectaban las tendencias de moda y un sinnúmero de objetos inútiles.

Mi experiencia profesional ha sido tanto diversa como atípica, ha tocado el sector público y el privado. Primero, trabajé en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) pero consideré que me hacía falta comprender problemáticas microeconómicas desde adentro, lo que llaman “observación participante”. Después, hice una Maestría en Manejo de Proyectos Internacionales en ESCP-París la cual me abrió la puerta a la auditoría y el control de gestión financiero. Las experiencias profesionales que más me marcaron fueron en las siguientes empresas: L’Oréal, Deloitte y Loewe. Durante mi estancia en Francia, que duró 8 años, contraje matrimonio y me plantee la posibilidad de ser madre.

Aquellos valores cercanos a la naturaleza que tenía de niña y adolescente me alcanzaron junto con algunos cuestionamientos ¿Quería de verdad traer un hijo a este mundo lleno de contaminación y de miseria en varios sentidos? ¿Le enseñaría a un hijo a alinearse al sistema tanto como yo a pesar de sentir una constante incomodidad por la incongruencia de mis actos y mis valores?

Después de mucho reflexionar decidí abandonar mi vida supuestamente exitosa y ser madre. Ya no podía continuar con el absurdo de trabajar diez horas al día para pagar unos días en algún sitio que de verdad me gustara lejos de la oficina, donde abundara la naturaleza. 

Exploré la posibilidad de ir a vivir a una comunidad autosustentable pero sabía que no era una opción viable en familia, era demasiado lejano a lo que vivíamos. En esa búsqueda encontré un concepto llamado zero waste o “cero basura”, que es un estilo de vida en el cual se evita tanto el desperdicio como el consumismo y se vive de forma más consciente acerca de nuestro impacto ambiental. Aunado a este estilo de vida, las cinco “R” de Bea Johnson, quien es considerada pionera, llegaron para cambiar mis hábitos de consumo:

  1. Rechazar: objetos inútiles como los artículos promocionales y plásticos desechables (incluyendo los biodegradables).
  2. Reducir: mis necesidades. Sinceramente, no necesito ropa nueva cada temporada.
  3. Reutilizar: darle larga vida a lo que tengo, reparar, remendar.
  4. Reciclar: los residuos inorgánicos restantes.
  5. Reincorporar los residuos orgánicos por medio de la composta. Es maravilloso convertir en tierra fértil o abono lo que hubiera sido contaminación.

Estos principios me hicieron pensar que seguro podría aplicar las “R” desde cualquier parte del mundo y no tendría que vivir en una aldea. Así fue como me aventuré a reducir mi consumo, a hacerlo más consciente.  Ha sido un camino muy satisfactorio pero no llano.

Al principio, pensé que era una cosa como para hipsters. Pero también recordé que los residuos plásticos de mis fiestas de cumpleaños siguen por ahí ya que tardan en desintegrarse hasta cuatrocientos años. 

Después, fui escéptica por el precio y la calidad de los productos con los que comencé: toallas sanitarias de tela, cepillo de bambú, cosmética rellenable, champú sólido sin empaque y productos a granel. Tuve tanto buenas como malas experiencias.

Finalmente, llegué a la conclusión de que esto de la vida ecológica también debe tener varias oportunidades. Es como cuando vamos al supermercado: si un champú no nos funciona, probamos otro, pero no dejamos de ir al supermercado. Igual pasa con los productos ecológicos, no todos nos van a funcionar, pero con el tiempo llega la práctica y la facilidad para identificar lo que mejor nos va. Además, podemos recomenzar cada día ya que puede haber retrocesos, y es normal.

Un motor que me ha mantenido motivada ha sido la maternidad. Ahora tenemos dos hijos y, aunque el cambio de hábitos toma cada vez más sentido, también el cansancio  y la carga mental ligada a los cuidados dificultan la aplicación de conocimientos. Curiosamente, constato que el movimiento cero basura, como estilo de vida, está siendo impulsado por las mujeres

Es innegable la difícil tarea de lidiar con un ritmo de vida acelerado, con las miradas extrañadas con comportamientos responsables, con el cansancio, con la dificultad para encontrar proveedores conscientes y con la falta de tiempo para conectar con actividades más cercanas a los ciclos de la naturaleza como la composta, el huerto, la preparación de alimentos, entre otras. Por lo que recomiendo mantener en mente nuestra principal motivación y rodearse (al menos virtualmente) de personas que compartan el mismo interés.

Cuando nos mudamos a México, en el verano del 2018 comencé el modelo de negocio de una tienda sin desperdicio pero las proyecciones de ventas no parecían ser suficientes para justificar la inversión. Había algo que faltaba: conciencia. ¿Quién compraría en un mercado en donde no se ofrece todo lo que conocen?¿Quién está dispuesto a dejar de contaminar a costa de su comodidad? 

Desistí entonces de la tienda y comencé a concientizar a través de pláticas y acompañamientos a personas o familias y de nuestro pódcast Ideas a Granel. Algunos clientes me pidieron asesorar sus negocios; y así llegó la Economía Circular a mi vida y la creación del Programa Cero Desperdicio PROCEDES.MX, que es una Consultora en Economía Circular.

La Economía Circular ofrece una visión cero desperdicio con estrategias para cualquier tipo de actividad (negocios, instituciones o gobierno), es una tendencia mundial que genera beneficios ambientales, sociales y económicos.

Los tres principios de la Economía Circular según la Fundación Ellen MacArthur, quien es una referencia mundial en esta materia, son:

  1. Eliminar residuos y contaminación desde el diseño
  2. Mantener productos y materiales en uso
  3. Regenerar sistemas naturales

En México, la Economía Circular es un tema relativamente nuevo. Sin embargo, la CDMX cuenta con un Programa Cero Basura y se está discutiendo acerca de una Ley de Economía Circular a nivel nacional. Cada vez más emprendimientos aplican estrategias de Economía Circular para diferenciar su negocio o para alinearlo con valores medioambientales.

“Estamos todavía lejos de revertir el daño causado al planeta pero cada persona puede evitar toneladas de basura y CO2, puede ahorrar el agua que requiere otro ser para sobrevivir, puede proteger el pedacito de Tierra en el que vive. Cada gesto cuenta y todo suma.”

Desde mis redes y conferencias reflexionamos acerca de algunos obstáculos para integrar la conciencia ambiental a las actividades de nuestra sociedad, estos son algunos ejemplos:

1. La falta de difusión sobre los beneficios de cambiar el consumo y los procesos de producción. La idea de que cuidar nuestro entorno es una “caridad” o “sacrificio” persiste. No obstante,  visto desde perspectiva de Capitalismo Natural: estamos agotando nuestros activos y no los estamos regenerando. Esto no tiene sentido económico. 

2. El medio ambiente es visto como algo secundario y no fundamental. Desde el sistema educativo hasta el ejercicio profesional, el medio ambiente es accesorio cuando debería ser parte de cualquier decisión ya que nuestra subsistencia y bienestar depende de ello.

3. La falta de un ambiente propicio para iniciativas relacionadas con el cuidado de los ecosistemas: emprendimientos, proyectos comunitarios, políticas públicas, etc.

Y la última reflexión está relacionada con la crítica a las “pequeñas acciones”. Si bien es cierto que las responsabilidades deben ser proporcionales a cada actor, no debemos subestimar el poder del consumo a pequeña escala.

Cada vez hay más demanda de productos con responsabilidad ambiental, también la oferta se ha incrementado. Gracias a esas “pequeñas acciones”, cuyo impacto positivo desconocemos ya que no están institucionalizadas, podemos observar cambios. Estamos todavía lejos de revertir el daño causado al planeta pero cada persona puede evitar toneladas de basura y CO2, puede ahorrar el agua que requiere otro ser para sobrevivir, puede proteger el pedacito de Tierra en el que vive. Cada gesto cuenta y todo suma.

Las pequeñas acciones son importantes porque elevan el debate. Así como un día nos cuestionamos acerca del uso absurdo y excesivo de las bolsas de plástico, otro día podemos hablar de la pertinencia de los modos de producción y terminar cambiando la forma en la que concebimos nuestra relación con la naturaleza. La conciencia podría entrar al observar el bote que refleja tantos errores de la humanidad: el de la basura. Si lo quitamos, no tendremos dónde esconder los errores del consumismo por lo que tendremos que ingeniar la forma de no producirlos. Cero basura.

¿Y si en el fondo todos somos ambientalistas? EP

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