De la dignidad humana a la dignidad planetaria: un cambio necesario

Miguel Ignacio Rivas y María José Pantoja reflexionan sobre cómo la dignidad puede ser el eje para enfrentar la crisis socioambiental y la desigualdad global.

Texto de & 02/10/25

Miguel Ignacio Rivas y María José Pantoja reflexionan sobre cómo la dignidad puede ser el eje para enfrentar la crisis socioambiental y la desigualdad global.

“De eso se trata todo esto: de vivir a ciegas”.

Leila Guerriero

En medio de múltiples crisis —climática, social y económica—, la pregunta sobre la dignidad se vuelve urgente. Ya no basta con pensarla en clave individual: hoy está ligada a la justicia social, la igualdad y el respeto al planeta. En este texto exploramos cómo distintas visiones contemporáneas nos invitan a ampliar su alcance hacia todos los seres vivos y hacia la vida misma.

En muy poco tiempo hemos visto y sentido procesos disruptivos abrumadores que derivan en crisis a diversas escalas. Hoy estamos atestiguando la ruptura del paradigma de los procesos productivos globales, el nacimiento de cambios económicos profundos a escala planetaria, un agotamiento del sistema capitalista después de la Segunda Guerra Mundial. También, de acuerdo con el Institute for Economics & Peace, 78 países están involucrados en conflictos armados activos más allá de su territorio, cifra que no se observaba desde la Segunda Guerra Mundial. El calentamiento global deriva de nuestra pésima gestión ecosistémica, todo ello enmarcado en procesos de polarización social sin precedentes. Sin duda, estamos atestiguando una transformación profunda impulsada por las múltiples crisis ambientales, sociales y económicas que están interconectadas y desafían la capacidad adaptativa de los sistemas sociales y naturales.

Hasta donde podemos observar, estos hechos no advierten un cambio de rumbo en los procesos de gestión de la biosfera. De hecho, se han intensificado las narrativas que fragmentan el diálogo común entre los países usando como instrumento, por un lado, la desinformación que circula velozmente en las redes de comunicación digital y, por otro, las acciones y omisiones que exacerban los impulsores del cambio climático y la pobreza. Seguimos en un mundo marcado por una profunda desigualdad, la mercantilización de la vida y una crisis climática. Por esto, el concepto de dignidad humana se ha vuelto central en los debates sobre justicia social, sostenibilidad y políticas públicas.

Hay tres enfoques contemporáneos que abordan este concepto desde perspectivas distintas pero complementarias: Michael J. Sandel, filósofo político; Sandrine Dixson-Declève, copresidenta del Club de Roma, en Earth for All: A Survival Guide for Humanity (2022); Thomas Piketty, economista francés, en Equality: What It Means & Why It Matters (2025). 

La dignidad más allá del individuo: comunidad y sostenibilidad

Sandel sostiene que la dignidad está íntimamente ligada al reconocimiento moral de las personas como miembros de una comunidad política, que necesariamente se articula en torno a concepciones y valores compartidos sobre vida buena y el bien común. En efecto, a diferencia de las teorías liberales —como la de John Rawls— que entienden que la justicia implica la neutralidad frente a las concepciones del bien que tenga cada individuo, Sandel propone que no es posible ni deseable separar las cuestiones que involucran la justicia de las que involucran las nociones de la vida buena. 

Es decir, para el filósofo estadounidense, la vida buena y la justicia están enraizadas e imbricadas en valores compartidos. Desde esta perspectiva, la dignidad no solo implica el respeto a la libertad individual, sino también incluye indefectiblemente el sentido del bien común, el sentido de pertenencia, la defensa de un proyecto común del que somos mutuamente responsables, así como el establecimiento de límites morales al mercado. 

De acuerdo con Sandel, permitir que todo tenga un precio, desde la salud hasta la educación, y que cada quien adopte libre e independientemente su concepto de vida buena, degrada la dignidad humana: transforma lo que debe ser valorado moralmente en meras mercancías y exacerba el individualismo. La dignidad y la justicia tienen, en este sentido, una base moral fincada en lo común, la colectividad y la identidad.

Por su parte, Dixson-Declève ofrece una visión de la dignidad centrada en la justicia estructural y planetaria. Su propuesta parte de reconocer que las condiciones materiales son indispensables para una vida digna: nadie puede ejercer su libertad o desarrollar su potencial si vive en pobreza extrema, sin acceso a salud, educación o participación social. Además, subraya que la dignidad no puede sostenerse sin un entorno natural sano; por lo tanto, propone una economía del bienestar que garantice la equidad y la sostenibilidad. La dignidad se concibe como el derecho de todas las personas, presentes y futuras, a vivir con seguridad, respeto y oportunidades, en estabilidad y respeto con el planeta.

Aunque surgen de tradiciones distintas, ambos enfoques coinciden en rechazar la concepción puramente individualista de la dignidad y la justicia. Para Sandel, la dignidad se desfigura cuando se ignora la dimensión comunitaria y moral del ser humano; para Dixson-Declève, se pierde cuando las estructuras económicas y sociales reproducen desigualdades y degradan el medio ambiente. Estos enfoques convergen en la necesidad de reformular nuestras instituciones, nuestras economías y nuestras prioridades sociales para que la dignidad y la justicia no sean un privilegio, sino un derecho universal. En efecto, nuestras instituciones y nuestras legislaciones han de recordarnos defender y fomentar esa comunalidad, ese proyecto en común y nuestros deberes mutuos.

La dignidad desde la igualdad: la aportación de Thomas Piketty

Para Piketty, la dignidad humana está indisolublemente ligada a la igualdad social y económica. No puede haber un respeto genuino por la dignidad de las personas en contextos de desigualdad extrema, donde las oportunidades vitales, el acceso a los bienes comunes y la participación política están profundamente desbalanceados.

Piketty rechaza las nociones formales o meramente legales de igualdad; propone una igualdad sustantiva, basada en la redistribución de la riqueza (mediante una política de impuestos progresivos o tributación progresiva), el acceso equitativo a la educación, la salud y la representación democrática. Desde esta perspectiva, la dignidad no es solo un atributo moral del individuo, sino un resultado de las condiciones materiales y políticas que permiten a cada persona desarrollar plenamente sus capacidades.

La acumulación desmedida de riqueza y poder, advierte Piketty, erosiona el sentido de comunidad y convierte a vastas mayorías en sujetos subordinados, negándoles la posibilidad de vivir con autonomía y respeto. En este sentido, la igualdad es una condición de posibilidad para la dignidad: sin instituciones que limiten la concentración de capital y promuevan una distribución justa de los recursos, la dignidad queda reducida a un ideal vacío.

Así, esta visión se entrelaza con las propuestas mencionadas: la construcción de sociedades verdaderamente dignas requiere no solo cambios culturales y éticos, sino transformaciones estructurales profundas en los sistemas económicos y políticos que configuran nuestras vidas.

Ampliar la dignidad: hacia una ética para todas las vidas

Aunque los tres enfoques coinciden en la necesidad de replantear nuestras nociones de justicia y dignidad desde una perspectiva humana más justa, igualitaria y solidaria, un argumento verdaderamente completo debe ir más allá: la dignidad no puede limitarse a los seres humanos. En un planeta vivo, interconectado, interdependiente y frágil, es necesario ampliar el concepto de dignidad a todos los seres vivos, reconociendo su valor intrínseco y su derecho a existir, más allá de su utilidad para la especie humana.

Esta reflexión encuentra una base sólida en el concepto de socioecosistema, que permite entender la vida humana no como una entidad aislada de su entorno, sino como parte integral de una red compleja de interacciones entre sistemas sociales y ecológicos. Un socioecosistema es una unidad dinámica donde las personas, sus culturas, sus instituciones y los ecosistemas que habitan se encuentran profundamente entrelazados. Esta noción resalta que la dignidad humana está directamente conectada con la salud del entorno natural: no puede haber bienestar humano sostenible si los ecosistemas que lo sostienen están degradados o destruidos.

Ampliar el concepto de dignidad bajo una perspectiva socioecosistémica implica reconocer que todos los seres vivos y sistemas naturales poseen un valor que trasciende su mera funcionalidad instrumental. Esta visión se alinea con las corrientes de la ética ecológica, con el ecofeminismo que reconoce la interconexión de todos los seres vivos y el entorno y que defiende que no puede haber justicia ambiental si no hay justicia de género, y también con las cosmovisiones indígenas que entienden la naturaleza no como un recurso, sino como una comunidad de vida a la que pertenecemos. Si aceptamos que la dignidad humana exige condiciones materiales, sociales y morales, también debemos aceptar que estas dependen del respeto a los ecosistemas y al resto de los seres vivos.

En la base de estas perspectivas hay una clara crítica a la idea instituida a partir de la modernidad de que el ser humano, por ser racional, es superior al resto de los seres no humanos. Esta tesis es lo que ha sostenido la justificación de que todos los demás seres y los recursos de nuestro entorno han de servir a nuestros fines sin restricción, lo cual nos ha llevado a ser incapaces de ver más allá de la utilidad de las demás especies y, por tanto, a no ver con claridad la profunda e ineludible interconexión e interdependencia de todos los seres vivos. Es necesario entonces hacer a un lado esa tesis de la modernidad y abrazar otra concepción de la humanidad, de la dignidad y la justicia. 

Si unimos entonces las tres primeras propuestas y la perspectiva socioecosistémica, podemos concebir la dignidad y la justicia de manera más extensa y abarcante. Ampliar la dignidad a todos los seres vivos no significa equiparar todos los derechos o negar la especificidad del ser humano, sino reconocer los límites éticos de nuestra relación con el mundo natural. Como sociedad global, estamos llamados a construir un marco de justicia que proteja la libertad y el bienestar humano, y que también honre y preserve la dignidad de la vida en todas sus formas. Esta ampliación del concepto de dignidad no es un ideal abstracto, sino una necesidad urgente frente a las múltiples crisis que amenazan nuestra casa común, tenemos que dejar de vivir a ciegas, no somos los únicos. EP

Referencias 

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