Philip Roth, The Human Stain,
First Vintage International Edition,
Nueva York, 2001.
El pasado mes de junio se le concedió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012 al escritor estadounidense Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 19 de marzo de 1933), noticia que me da la oportunidad y el placer de comentar su novela The Human Stain, publicada en el 2001 y traducida al español con el título de La mancha humana.
Con pocos personajes, un incidente aparentemente inocuo y un entorno totalmente americano, Roth nos hace transitar por diferentes estados anímicos, sacude nuestra percepción de lo que entendemos por humanidad y nos deja llenos de reflexiones. Si bien la narración se ubica durante el verano de 1998 cuando ocurre el affaire Clinton-Levinsky, en una comunidad universitaria ficticia del noreste americano, gracias al talento del narrador-protagonista (y álter ego de Roth) Nathan Zuckerman, nos movemos sin confusión por diferentes años, contextos y situaciones de diversos dramas humanos que subyacen en la realidad americana pero que en su esencia se presentan en cualquier realidad pasada o contemporánea.
Coleman Silk tiene setenta y un años cuando le confiesa a su vecino, el escritor Nathan Zuckerman, que está viviendo una relación con una joven afanadora cuarenta años más joven que él. Coleman había sido uno de los más prestigiados académicos de la Universidad Athena en la región de Nueva Inglaterra, su rector por muchos años y profesor de griego y de latín. Dos años antes había perdido su prestigio y había sido virtualmente repudiado por la comunidad con la que vivió toda su vida académica.
El incidente aparentemente inocuo al que me he referido sucedió en el salón de clases cuando, al preguntar por dos alumnos que nunca se habían presentado, se refirió a ellos con el término spooks. La palabra inglesa spook se puede traducir al español como fantasma o espectro pero tiene una segunda connotación imposible de traducir a nuestra lengua pues se usa despectivamente para referirse a los afroamericanos. En la edición en español de esta novela, spook se tradujo como negro humo. No es el momento de cuestionar el valor de las traducciones, pero habría que considerar que ciertas palabras esenciales para la comprensión del texto por su valor polisémico se escriban en su lengua original y se expliquen en nota del traductor. Coleman alegó que él había empleado esta palabra precisamente porque nunca había visto a los alumnos inscritos en su clase, pero el problema fue que eran jóvenes afroamericanas quienes, apoyadas por la responsable del departamento de Letras Clásicas, explotaron la situación a su favor.
A partir de este incidente, y literalmente in crescendo, se va desarrollando la historia con los testimonios y pensamientos del narrador omnipresente y de los propios protagonistas, con un ritmo apabullante que me fue transformando en una lectora muy activa. Primero me solidaricé con Coleman Silk, me conmovió que hubiera preferido renunciar a todos sus privilegios antes de reconocer ese desacierto. Después lo detesté por su mentira. Me irritó la estupidez y arrogancia de la joven francesa responsable del departamento de Letras Clásicas, Delphine Roux. Me conmovieron las tragedias de Faunia Farley, la joven afanadora, y de su exesposo Lester Farley, veterano de Vietnam, a través de quienes percibí la aterradora indiferencia a la que puede llegar un ser humano sucumbido por el sufrimiento y la tragedia.
Después de 361 páginas, sentimientos encontrados y largas reflexiones, llegué a la convicción de que la empatía, mostrada por la sublime Ernestine, es la mejor posibilidad de humanidad. Esta convicción, a su vez, da un profundo y valioso sentido a una lectura activa, en este caso, la mía. ~