
Las rodillas del soldado alemán se miran roídas como por ratas. Se doblan cerca del cuerpo, y entre ellas una mano protege la lata de alimento. La boca de ese cuerpo convulso se abre con la voracidad del hambre perpetua, sus dientes pelados lo convierten en animal desquiciado. La blancura que le rodea es nieve, o es muerte. Algunos destellos de luz son huesos, los del cadáver que se postra al lado del soldado dentro de la trinchera. Su hedor debe cubrirlo todo, debe inmiscuirse en el sabor de la comida que con cuidadosos mordiscos consume el soldado atrapado en el paisaje de la guerra. Ésta es sólo una de las muchas escenas que Otto Dix construyó como su testimonio de la Primera Guerra Mundial. Enlistado como voluntario en 1915, a Dix tocó vivir en carne propia los horrores de la guerra de trincheras. Un portafolio de cincuenta grabados, producidos a partir de la idea de “Los desastres de la guerra” de Goya, resultó su testimonio más perdurable.
La discusión en torno a si el arte posee una función específica, se complejiza cuando hablamos del arte sobre la guerra. Si el arte persigue una función estética, ¿para qué representar los elementos más viles de nuestra experiencia humana? ¿Porqué hay países que hasta la fecha envían a artistas como visitantes a las guerras, para captar la energía de esa empresa absurda, su espíritu, su existencia misma? Quizás porque no importa cuán irracional resulte una guerra, ésta siempre reflejará elementos fundamentales de la naturaleza humana. Quizás al vernos a nosotros mismos en las peores de las circunstancias, la verdad se asoma más nítidamente. Tal vez, aquel es el estado natural de la humanidad. Dix atribuyó, en una entrevista en 1963, que fue gracias a su naturaleza inquisitiva que se enlistó en aquella experiencia infernal. “Tenía que experimenta cómo alguien caía a mi lado de repente, y está muerto, y la bala le ha pegado certeramente. Tenía que experimentar eso de manera directa. Yo lo quería… Quizás era una persona inquisitiva. Tenía que ver todo eso yo mismo. Soy tan realista, sabes, que tengo que verlo todo con mis propios ojos para poder confirmar que es de esa manera. Tengo que experimentar el fondo más infinito y nefasto de la vida por mí mismo”.

Es un hecho excepcional que hasta el 2 septiembre, tenemos en la Ciudad de México la oportunidad de ver los grabados de “La Guerra” de Dix, en préstamo por parte de la colección del Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, en el Museo del Palacio de Bellas Artes. La serie se muestra como parte de la exposición “Expresionismo alemán: el impulso gráfico”, a la par de grabados, litografías, óleos, dibujos, carteles y libros ilustrados de artistas como Wassily Kandinsky, Ernst Ludwig Kirchner, Max Beckmann, George Grosz, Erich Heckel, Oskar Kokoschka, Emil Nolde Max Pechstein y Egon Schiele. Aún cuando nunca hayamos estado en una guerra, las imágenes de Dix nos evocan angustia, claustrofobia, saturación. Nos hacen sentir un personaje más, de ojos desorbitados, huyendo del bombardeo en la ciudad de Lens. Nos hacen sentir que todos tenemos la capacidad para desquiciarnos ante el horror y la crueldad. Que todos podríamos ser el soldado que viola a la monja, y la monja que es violada por el soldado. En el meollo de la guerra no hay bandos, ésa es la certeza del caos: el instante donde se borra el límite entre quién es quién. Es entonces cuando la soledad del soldado abandonado en pleno Apocalipsis la compartimos, aún cuando nunca la hayamos visto. Los desastres de la guerra responden al sentido común humano, repitiéndonos, infinitamente, el absurdo y la irracionalidad de la guerra. No es gratuito que tantos de los personajes de Dix estén locos y desquiciados. Casi dejan de ser humanos. En definitiva, al menos, aquellos hombres que avanzan con sus máscaras de gas. Como surgidos de otro mundo subterráneo donde la mirada no fuera necesaria, y sólo existiera el lenguaje de la amenaza. Implacables, avanzan sobre la tierra, con sus líneas de tinta, embarrándolo todo de obscuridad.