
La icónica fotografía de “la niña del napalm”, donde el fotógrafo Nick Ut registrara a Phan Thị Kim Phúc, a los nueve años, desnuda, corriendo por la carretera, y cubierta de napalm, huyendo de un bombardeo en Vietnam, cumplirá cuarenta años el 8 de julio. Poco más de una semana antes del aniversario de esta imagen, que le diera la vuelta al mundo y vertiera conciencias enfurecidas en contra de la Guerra de Vietnam, en México se produjo una fotografía igualmente escalofriante. La primera vez que la vi, en un teléfono celular que alguien me mostraba, me vino a la mente de inmediato la imagen de Ut. Ésta es nuestra niña del napalm, me dije. La segunda vez que vi la fotografía, publicada en la portada de un periódico en venta dentro del metro, me quedó claro que, en mi conciencia, se convertía en la última gota que derramaba el vaso de la violencia que se vive en México. La imagen de la que hablo, producida por Joaquín Murrieta, muestra a dos chicas huyendo de la escena donde explotara un coche bomba, afuera de la Presidencia Municipal de Nuevo Laredo, el 29 de junio, a escasos días de la elección presidencial que a todos nos tiene ahora tan entretenidos, y que espero no deje en el olvido a tan poderosa imagen.
Uno de los poderes fundamentales de la imagen consiste en que no se puede des-ver. Una vez vista, la escena de las dos chicas que huyen, resulta imposible de borrar de la memoria; lo persiguen a uno. La chica de mayor edad, cubierta en sangre, con los pantalones ensangrentados y la blusa rota, camina sosteniendo un celular con una mano y tapándose la boca con la otra. Resulta imposible no pensar en las horas que siguieron, preguntarnos si alguien piadoso la habrá cubierto con una chamarra, o le habrá regalado ropa para quitarse esos jeans manchados de sangre, si habrá hecho el esfuerzo imposible de lavar la camisa enrojecida que quizás era su favorita, o si la habrá tirado a la basura.
Existe un dilema fundamental en el fotoperiodismo que comúnmente se comenta utilizando como ejemplo la fotografía de Ut. ¿Qué debe hacer un fotógrafo? ¿Tomar la foto o ayudar a quien necesita auxilio? La respuesta precisa la ejemplifica el caso de Ut, quien tomó la fotografía, y después llevó a Kim Phúc a recibir atención médica. Así como alguien ayudó a la “niña del napalm”, espero que alguien haya ayudado a esa chica tamaulipeña a limpiarse la sangre de la cara. Esa misma cara que en el instante de la fotografía se cubre con la mano, en un gesto que es símbolo inequívoco de pasmo. Cuando algo nos impresiona, todos recurrimos a este gesto. Tiene el celular en la mano, acaba de hablar con alguien, pero ahora, se cubre la boca. Quizás sea para no dejar que se nos escape el alma ante el horror. Con la boca cubierta, esta chica, como tantos otros, calla ante el caos de la violencia. Ésta es la diferencia fundamental entre la imagen de Murrieta y la fotografía de la “niña del napalm”. En el bombardeo en Vietnam, la niña grita, vocifera; su dolor encuentra cauce en su llanto. En cambio, la “niña de la sangre” se cubre, como conteniendo dentro de su ser la convulsión de estar ahí. Pero sus ojos, que miran fijamente hacia una nada más allá de la cámara, anuncian sin contención el horror del instante, la certeza de que lo que se ha visto, al igual que toda imagen, no se podrá borrar nunca de su memoria.
Tanto en la fotografía de Nick Ut, como en la de Murrieta, hay una segunda víctima protagonista que corre. En la fotografía en Vietnam, se trata de un niño, cuyo grito es aún más fuerte que el de Kim Phúc. Su grito es, no tanto de dolor, sino de desconsuelo. El mismo gesto aparece en el incidente en Nuevo Laredo, en el rostro de una chica más joven, unos pasos atrás de la primera, una niña en realidad, vestida con uniforme de escuela, sus pies torcidos en la moción del escape. Habla por teléfono. Seguramente le habla a su madre—a quién más se le habla en esas circunstancias más que a la madre—y a ella le informa sobre el horror que ha visto, sobre el infortunio de estar en el lugar equivocado. Sus rodillas están cubiertas de sangre, manchadas sus calcetas escolares, como si hubiera caído a la mitad de un juego, pero no. No es su sangre, es la de otros. La muerte es de otros. Pero a la vez es de ella. Es la muerte de su inocencia. El horror contenido en esa sangre es de otros, pero también es de ella y es de todos.
Existen ya muchas imágenes icónicas de la guerra contra el narcotráfico, pero pocas revelan el desconcierto propio del instante mismo de la violencia. Vemos infinitas fotografías del resultado posterior del acto de violencia, de su consecuencia, sus muertos, sus ruinas. Pero ésta imagen, al igual que la de Nick Ut, retrata el instante mismo del caos, el momento de la interrupción de la vida diaria, cuando el pánico sorprende a las víctimas en segundos, donde su mundo se derrumba en instantes. Napalm y sangre. Dos substancias cubren sus cuerpos. A unos les quema, a otras, las mancha. En ambos casos la substancia dejará tras de sí las huellas indelebles de la insensatez. Marcadas quedarán las víctimas, las testigos y los que las vemos impresas en papel, o en la pantalla de un celular. Los cuerpos se lavarán, sanarán las heridas; quedarán imágenes indelebles, cicatrices.
La imagen de Nick Ut puede consultarse en: http://periodismohumano.com/files/2010/12/NU.jpg
La imagen de Joaquín Murrieta puede consultarse en:
http://www.visionradio.com.mx/2012/06/29/estalla-coche-bomba-en-estacionamiento-de-la-alcadia-de-nuevo-laredo-siete-heridos/
y en: http://agencia.cuartoscuro.com/
El problema de la segunda foto, es el fondo de la imagen, hace sentir a uno en un lugar apretado, sin libertad.