Sbado, 18 Mayo 2013
Mirador: Labor
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Cultura | Este País | Mirador | J.M. Servín | 255 | 03.07.2012 | 0 Comentarios

Sin título, de la serie "El suicida del toreo". Enrique Metinides, 1971.

Todo aquel que trabaja duro, sobre todo por unos cuantos pesos, tiene vocación de maromero. Enfrenta como pocos los riesgos de tropezarse con el paro forzado haciendo malabares que cada vez con menor esperanza (sino de los tiempos), comienzan al llenar una solicitud de empleo Printaform. Convertida en autobiografía personal forzada por las necesidades del momento, esa anacrónica hoja amarillenta, abuela del Facebook, repleta de preguntas por ambas caras, como corresponde a cualquier interrogatorio, nos obliga a resumir el infortunio de nuestro linaje (origen, edad, escolaridad, experiencia en el puesto solicitado, recomendaciones, etcétera). Tener un trabajo, luchar por conservarlo o conseguirlo nos pone bajo el escrutinio de los otros: jueces y verdugos de nuestras aspiraciones, cuando no compañeros de mal fario. Hay que ganarse la vida como en un circo de múltiples pistas donde se suda el jornal, para que cuando redoble el tambor de los recortes, no caigamos de ese trapecio o cuerda floja donde no hay red debajo que nos salve del abismo del desempleo.

En este país donde gobierna el absurdo y la tragedia, el culto a la “palanca”, donde la clase política y empresarial hacen cuentas alegres incluso de los muertos y el futuro que le deben a las generaciones venideras, la lucha por la vida es un agotador entrenamiento para enfrentar en óptimas condiciones a las marrullerías y malas pasadas que nos juega eso que llamamos “destino”. Mantener un empleo requiere más prudencia de la que cualquiera necesita. El desempleo y la subocupación, es decir, los millones de personas que completan nuestros ingresos con una chamba extra, siempre repuntan en la fría estadística oficial (INEGI), la cual arropa con la mortaja del desaliento a millones de “ninis”. Ni qué decir de los más de 220 mil prisioneros en este país, de los que casi la mitad son jóvenes, listos a profesionalizarse como delincuentes y a amotinarse a la menor oportunidad. El filósofo Theodor Lessing propone que seamos perezosos en todas las cosas excepto en amar y en comer, excepto en ser perezosos. ¿No sería esto una deliciosa revancha ante el paro forzado al que obliga la mezquindad de los políticos y el sistema financiero internacional, a una enorme mayoría de indignados en todo el mundo? Una revolución de brazos caídos pondría en entredicho las bondades del trabajo asalariado que a nadie saca de apuros y sí, por el contrario, nos pone a merced de la zozobra. El ocio bien empleado nos vuelve sabios y permite que valoremos la importancia del aquí y el ahora.

El desempleo se ha convertido en epidemia. El crimen perfecto. Es saludable renunciar a todo, excepto a la dignidad, sobre todo cuando poco o nada se tiene. Ahí donde los favorecidos de la suerte se conmueven desde su butaca ante la destreza del equilibrista del empleo, este siempre lucirá estoico en su oficio de tan complicadas maniobras para ganarse el pan de cada día. ~

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