Martes, 21 Mayo 2013
Posturas propias para leer y escribir
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Posturas propias para leer y escribir
Blog | Optográfica | Helena Okón | 18.05.2012 | 1 Comentario

HelenaOkon

Vamos por la vida asumiendo que todo el mundo realiza ciertas actividades cotidianas a la manera de uno. Nuestro inconsciente nos convence que hay una forma específica de comer la sopa; la que nos enseñaron los padres en la infancia. Pero un día, de visita en la casa del vecino, descubrimos que hay quien inclina el plato sopero en dirección contraria al cuerpo, en vez de hacia uno mismo, en el afán de rescatar las últimas gotas de crema de elote. Es entonces que nos percatamos de que la mayoría de la gente es extremadamente rara.

En una situación similar, caminando entre libros usados, descubrí un día que, en ocasiones a José Vasconcelos le gustaba leer de pie. Yo siempre leo sentada, mejor aún acostada. Jamás hubiera pensado en leer de pie, aunque ya pensándolo, lo hago bastante. Leo el periódico de pie, junto al puesto de revistas. Leo libros de pie en el transporte público. Pero ninguno de estos es un gesto voluntario, no surge de una elección propia, sino de las circunstancias. Pero para Vasconcelos el tema no era circunstancial; le dedica un ensayo al tema.

El texto, que con tanto gusto descubrí, se encuentra finamente acomodado en un minúsculo volumen que resultó demasiado caro para mi presupuesto, y el ensayo se quedó así, sin leer. Pero de todas maneras plantó su espina y me dejó pensando. Por lo que pude leer, sin comprar el libro, descubría que la premisa del ensayo es que los libros pueden diferenciarse entre aquellos aptos para ser leídos de pie, y otros que mejor se leen sentado. Si fuera yo también a leer cierto tipo de libros de pie, imagino que éstos sólo podrían ser de poesía o de teatro. Pero entonces me acuerdo, de cómo cuando era niña me sentía orgullosísima de poder leer mientras bajaba las escaleras.

Era un triunfo del malabarismo, y ahora que lo pienso, de una pedantez intelectualoide demasiado prematura para mi edad y mi propio bien. Pero yo me sentía realizada. Mi afición por la “lectura-a-toda-hora” iba contra los esquemas preestablecidos de lo que debía estar entreteniendo a una niña de mi edad. Pero no me importaba. Jamás olvidaré al compañerito guapo de la banca de al lado, que me miró tan feo y con incredulidad, ante mi respuesta de que, en efecto, sí me gustaba leer aunque no fuera parte de la tarea.

En la etapa de la infancia en la que todo niño quiere ser inventor, pasaba mi tiempo diseñando planos para máquinas imposibles. Entre ellas estaba una máquina para prender cerillos automáticamente, y una especialmente ideada para poder continuar la lectura dentro de la regadera. Tal era mi ansiedad en esas épocas por no despegarme del libro (asumo que era la etapa de lectura de aventuras detectivescas de suspenso) que mi frustración resultó infinita cuando la realidad me señaló que tal vez era un poco complicado producir esa caja de vidrio, donde se insertaría cómodamente el libro para evitar que se mojase con el agua del baño. La máquina, casi perfecta, a pesar de ser imposible, incluía una manija especial para poder cambiar de página durante la lectura.

Ambos gestos, mi deseo de leer en la ducha, y mi dominio de la lectura al bajar las escaleras, respondían a mi firme creencia de que uno “no tendría que tener que dejar de leer en momento alguno”. Si el libro era tan bueno que uno “no se podía despegar de él”, entonces poseía un impulso enérgico irreprimible, y por ende merecía ser leído, ya sea de pie o en la regadera. Insisto, que en esta etapa leía muchas aventuras de suspenso, y con ello explico el fenómeno del impulso enérgico que acechaba a mis hábitos de lectura. Hoy en día rara vez una lectura me suscita tal fanatismo, y cuando sucede, sé que encontré un buen libro.

Sospecho que era este impulso enérgico que poseen ciertos libros lo que empujaba a Vasconcelos a saltar de la silla durante la lectura, y continuar la lectura ya de pie sin posibilidad de volverse a sentar. ¿Es posible que esta energía de los libros derive de la postura en la cual fueron producidos? Sócrates sin lugar a dudas incita al peripatetismo, pues sus diálogos se gestaron desde esa postura. Hemingway, a quien a veces creo que leería de pie, escribía de pie, con la máquina de escribir acurrucada en el librero. Quizá si escribiéramos más de pie, los libros se cargarían del gesto mismo de la circunstancia de la escritura, y se cargarían de la energía misma del movimiento a través del cual fueron gestados. En ese caso, sugiero que todos deberíamos de aprender a escribir corriendo.

hemingway escribiendo de pie

Una respuesta para “Posturas propias para leer y escribir
  1. Carmen says:

    Yo también leo bajando las escaleras. Lo que no he podido aprender es a aterrizar sin lastimarme al pie de la escalera

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