
En el maletín de un fotógrafo profesional del siglo XIX y principios del XX, se incluía entre sus herramientas una pequeña cuchara de metal. Parte del oficio consistía en fotografiar bodas, primeras comuniones y eventos políticos, pero los fotógrafos también eran cotidianamente comisionados para participar en un ritual que ha prácticamente desaparecido en el mundo contemporáneo: fotografiar a los muertos.

El apurado fotógrafo arribaba a la casa del difunto con cucharita y cámara en mano. Aplicaba sus habilidades para que el cuerpo se viera lo más vivo posible en el que sería su último, si no es que único, retrato de su existencia. El acomodo de los ojos resultaba indispensable para garantizar la calidad de esa última imagen, y es ahí donde entraba en escena la cucharita, que meticulosamente reacomodaba el órgano visual dentro de su cuenca. Al ajustar la pose de los ojos se dirigía la mirada del difunto para alcanzar un efecto de vida en vez de muerte. La veracidad de la mirada era lo que distinguía a un buen retrato postmortem de uno malo. Si la mirada tenía trayectoria, si el muerto “miraba” en vez de divagar en las estrábicas y caóticas direcciones propias de la muerte, entonces en la foto aparecería más vivo. Tan vivo como en el recuerdo de los que le sobrevivían.
Los ojos de muchos eran imposibles de acomodar, y el resultado era bastante terrorífico para estándares modernos. Luchar contra la naturaleza rígida del cuerpo difunto involucraba torcer dedos que ya no podían ser doblados, masajear músculos que nunca más se moverían. Con el cuerpo posicionado a su gusto, el fotógrafo postraba frente al difunto la caja negra que perpetuaría en papel y plata tanto al difunto como a su muerte. En estos retratos eran los cuerpos quienes dictaban en gran parte el estilo que tendría la foto, y no los fotógrafos o familiares.
Dependiendo de cuánto tiempo llevaba de fallecido, el cuerpo permitía o no que se le posara de tal o cual forma. Un buen fotógrafo de muertos buscaba que el retratado mostrara un gesto de serenidad, de calma, para transmitir la idea de que tras una larga enfermedad, o un accidente, el difunto había por fin encontrado paz. El reacomodo de los ojos era una operación compleja y no todo fotógrafo la sabía llevar a cabo, por eso, uno de los estilos más populares de fotografía postmortem elegía no luchar contra el cuerpo, sino reconocer su nuevo estado y retratar al difunto como si estuviera dormido o en descanso, alcanzando así el ideal del romántico “sueño eterno” de la muerte.
Un ejemplo de la idealización del fallecido se puede mirar claramente en una fotografía neoyorkina de mediados del XIX donde se muestra a una niña recostada sobre una piedra, durmiendo cual hada, con un fondo de árboles pintados que evoca una escena naturalista. Pero así como había fotografías postmortem donde se ejercía el reconocimiento de la muerte, e incluso se enaltecía, había también fotografías que intentaban establecer un simulacro de vida, rehuyendo a la muerte, y presentando al muerto cual si estuviera aún vivo.
Más fotos aquí: http://www.documentingreality.com/forum/f226/19th-century-photos-dead-people-51514/
Desgraciadamente creo que fotografiar a los muertos sigue siendo redituable, claro, sin consentimiento de sus deudos y generalmente para servir como incitador al morbo de los compradores de periódicos sensasionalistas. Me gustó tu post porque lleva a la reflexión: ¿dónde está la línea entre arte y pornografía?