Mircoles, 22 Mayo 2013
Dentro del auto con Humbert y Lolita
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Dentro del auto con Humbert y Lolita
Blog | El Ojo Voraz | Marina Álamo Bryan | 17.12.2010 | 1 Comentario

Reseñar normalmente implica buscar novedades. Pero a mí me gustan los libros ignorados, aquellos que compramos y a los cuales por una razón u otra nunca llegamos. En particular, me gustan los libros que forman camino mientras esperan ser leídos. Aquellos que, una vez que alcanzamos con la lectura, nos cambian el rumbo, como los viajes. Arribo así a un libro que por mucho tiempo arrumbé en el librero, uno que afortunadamente logré leer, finalmente, durante un viaje. Es un libro de caminos entrelazados, permeado de nostalgia por el paisaje de una época irrecuperable y poblado por personajes inigualables. Es el libro que, a mi parecer, posee el comienzo lingüísticamente más esplendoroso de la literatura universal. Lo-lee-ta. Lo. Lee. Ta.

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Primera página de la primera edición de Lolita de Vladimir Nabokov,
publicado en Paris por Olympia Press en 1955.
Fuente: British Library, http://www.bl.uk/onlinegallery/features/amliteuro/lolitalge3.html

Lolita, la obra más conocida de Vladimir Nabokov, es un libro que no sólo emula añoranza por una época pasada, sino que en su trama misma trastoca y subvierte todos los preceptos morales de la época misma en que está situada la historia. En Lolita la seducción irrumpe el concepto de niñez para presentar algunos de los personajes más complejos de la literatura universal a la par de paisajes sociales que se han convertido en clásicos de lo que podría llamarse la literatura del camino.

La trama es bien conocida: Humbert Humbert, un hombre de mediana edad, se enamora de lo que él llama una ninfa, una niña de 12 años, Lolita. A partir de la segunda mitad, la novela se convierte en literatura del camino cuando tras una serie de eventos inesperados, la pareja se vuelve un dúo fugitivo que pasa un año manejando a través del territorio Estadounidense. Habitan en moteles de carretera y se alimentan en restaurantes de paso. Pero quizá desde el principio —incluso antes de que emprendan el camino— se trate ya de una historia de caminos. Un retrato del lento y sinuoso trayecto que conduce a Humbert Humbert hasta el lugar desde donde nos narra la historia. A lo largo de su transitar, aparece un tercer personaje que acompaña al dúo y co-habita con ellos durante los episodios cruciales de la historia, este callado personaje es el paisaje carretero estadounidense.

Los tiempos en que el camino era amenaza y peligro terminaron para los estadounidenses a principios del siglo XX cuando el paisaje carretero se conquistó por medio del automóvil. En otras culturas, a pesar del auto, el camino mantuvo un aire de misterio y temor, un sitio donde todo puede ocurrir, tanto lo bueno como lo malo. Sin duda en Estados Unidos también suceden cosas malas en el camino, pero la gente tiende a entender a la carretera como un espacio de exploración, aventura y posibilidad, más que como un espacio de temor. Pocas sociedades mantienen una relación tan personal con el camino como nuestros vecinos del norte. Ahí el camino se ha consolidado como un espacio colectivo al cual todos los habitantes tienen derecho de acceso, incluso una pareja de amantes fugitivos como Humbert y Lolita. El camino es de todos y para todos, el auto el medio idóneo para su exploración.

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Foto: Lee Friedlander, Alaska, 2007, de la serie America by Car, 1995-2009.
Plata sobre gelatina (38.1 x 38.1) Colección del artista.
Tomada de http://whitney.org/Exhibitions/LeeFriedlander/Images

Dentro del auto el espacio es de propiedad privada, fuera del auto es propiedad colectiva, pero a través de la experiencia del “road-trip”, ambos espacios se amalgaman y el camino se convierte en experiencia individual. Es dentro del automóvil que Humbert Humbert y Dolores Haze observan el territorio estadounidense pasar, es dentro y fuera de él donde viven sus experiencias más fundamentales. Los mapas recargados sobre las rodillas de Lolita son el vínculo entre su mundo interior y el exterior que protege a la pareja, el mismo paisaje que Nabokov, en la voz de Humbert, tan precisamente supo describir.

Para acercarse a cómo Lolita y Humbert absorben el paisaje estadounidense durante a lo largo de su trayecto en la parte medular de la novela, llegamos a la obra de Lee Friedlander, uno de los fotógrafos estadounidenses más relevantes del siglo XX. Conocido principalmente por sus retratos del paisaje social estadounidense y una tendencia por enmarcar imágenes a través de objetos, el hilo conductor de su prolífica obra ha sido la estética de lo cotidiano. Su obra más reciente es “America by Car”, una serie de 192 imágenes que estarán a la vista en el Whitney Museum of American Art de Nueva York hasta finales de noviembre. Para aquellos que no podemos ir a ver la exposición, un fragmento del catálogo puede visitarse en línea en la siguiente dirección: http://whitney.org/Exhibitions/LeeFriedlander/Images.

La serie constituye una exploración de la relación del automovilista estadounidense con el paisaje que lo rodea. Cada fotografía fue tomada por Friedlander desde el interior de automóviles rentados a lo largo de 15 años de viajes. En cada imagen se sobreponen el interior del automóvil a los trozos de paisaje que le rodean. El punto de vista desde el cual fueron tomadas las fotografías transforma la simple representación de un paisaje en la representación de una experiencia.

A través de la superposición de interiores y exteriores, Friedlander presenta no un retrato del paisaje estadounidense, sino un retrato de la relación entre los viajeros y el camino que transitan. A través de su obturador nos sitúa dentro de la experiencia de tránsito que constituye la carretera. El resultado es una visión de aquello que miraron Lolita y su amante durante un año de viaje: Estados Unidos visto desde adentro de un automóvil. Sólo que cincuenta años después.

El mito estadounidense del “road-trip” como rito de paso quizás haya comenzado desde la época de los peregrinos que cruzaron montañas en búsqueda de tierras de que apropiarse. Tal vez fue la épica novela de Kerouac la que fincó la reputación del camino como un espacio de descubrimiento. Viajes con Charley de John Steinbeck es también ejemplo de la literatura del camino estadounidense. En mi propia niñez, cuando no sabía aún nada de Kerouac ni de los peregrinos ni de Charley, las historias del camino ya me fascinaban. De mi primer viaje por el camino estadounidense lo que más recuerdo son los paraderos y restaurantes que trataban de atraer a los comensales con visiones de exotismo. Desde aterrizajes extraterrestres y pasteles de manzana gigantes, hasta dinosaurios sobrevivientes, las carreteras estaban repletas de excusas para detenerse. Un sitio en Montana me salta a la mente. A través de una serie casi infinita de espectaculares a lo largo de la carretera presumían de haber descubierto una especie desconocida: una liebre con alas de buitre y pies de chivo. A mis 11 años insistí en detenernos y no pude evitar mirar embobada a los ejemplares disecados expuestos sobre largas repisas. Mi frustración fue inevitable cuando los adultos con quienes viajaba me indicaron, cínicamente, que los animales no eran reales, sino fraudes inventados para atraer dinero. De ese instante aprendí que el camino es un lugar repleto no solo de lugares extraños, sino de seres extraños también, y que su existencia no puede reducirse a una verdad o una falsedad. Cuando leí Lolita, corroboré esa misma idea. La novela retrata en un mismo plano verdades y mentiras, demostrando que la realidad a veces se compone de la superposición de opuestos. Se trata de una historia verdaderamente humana pues sus personajes superan cualquier polo de moralidad, revelando así situaciones de gran complejidad emocional.

Antes que una historia de pedofilia y obsesiones, Lolita es una historia de amor. Amor torcido, pero amor al fin. En cuanto termina de ser una historia de amor, se convierte en una historia social. Y en cuanto termina de ser social se vuelve una historia de poder. En resumidas cuentas, es una historia multidimensional y extraña. Repleta tanto de lugares como de seres extraños. Y no puedo pensar en un sitio mejor donde Nabokov hubiera podido plantear la médula de su historia, que el camino estadounidense, el cual al igual que los personajes de Nabokov, se erige como un ícono elaborado de capas de emociones reales y ficticias, todas conviviendo en un mismo espacio.

Friedlander sobrepone interiores y exteriores en un mismo espacio, Nabokov monta juicios morales contradictorios dentro de cada personaje. Humbert no es sencillamente un pedófilo criminal. Lolita no es sencillamente una niña, ni una seductora. La verdad es mucho más compleja. Al crear un personaje ficticio todo autor comienza con pequeños gestos, símbolos de lo que habrá de representar en la historia esa persona, pero el siguiente paso exige superar esos estereotipos inicialmente asignados, y complejizar los motivos del personaje. Crear personajes que resultan “buenos” y “malos” a la vez es parte crucial del arte literario. Nos identificamos con ciertos personajes porque se parecen a nosotros, en otras palabras, son muy, muy complicados. A veces hacen cosas que no quieren, o que jamás hubieran pensado serían capaces de hacer. La historia del personaje se vuelve entonces una experiencia compleja para el lector, por ende creíble, donde se palpan varios elementos a la vez, como mirar una foto de Friedlander. Considerando los conflictos morales suscitados por la trama, la complejidad de los personajes salva a  la novela del morbo rosa y la convierte en literatura. En Lolita Nabokov consigue lo que todo autor añora, y lo que pocos alcanzan: personajes tridimensionales, no buenos, ni malos, sino reales. Cada que un autor logra este objetivo, la ficción comienza a convertirse un poquito más en verdad.

FUENTES DE IMÁGENES:

Imagen 1: Primera página de la primera edición de Lolita de Vladimir Nabokov, publicado en Paris por Olympia Press en 1955. Fuente: British Library, http://www.bl.uk/onlinegallery/features/amliteuro/lolitalge3.html

Imagen 2: Lee Friedlander, Alaska, 2007, de la serie “America by Car”, 1995-2009. Plata sobre gelatina (38.1 × 38.1 cm). Colección del artista. En: http://whitney.org/Exhibitions/LeeFriedlander/Images.

Una respuesta para “Dentro del auto con Humbert y Lolita”
  1. Me ha agradado mucho esta pagina que titulas Dentro
    del auto con Humbert y Lolita

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